LA SIERRA MORENA DE LOS GOMÉLEZ

LA SIERRA MORENA DE LOS GOMÉLEZ

23 de junio de 2026 0 Por Ángulo_muerto
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JOAQUÍN ALBAICÍN

Toca hoy hablar sobre una novela que jamás se me ha ido de la cabeza pese a haberla leído con catorce años y en una versión resumida, pues no ha sido nunca fácil dar con la completa. Me refiero a Manuscrito encontrado en Zaragoza, del Conde polaco Jan Potocki, quien según la leyenda se suicidó en 1815 con una bala de plata como las prescritas para dar muerte a los hombres lobo. Militar, viajero por Marruecos, España, Egipto o Hungría, residente en París y San Petersburgo, estrenó en 1794 y en la Corte de Enrique de Prusia la obra Los gitanos de Andalucía y fue autor de libros como Historia primitiva de los pueblos de Rusia. Hombre de nada vulgar trayectoria, de su Manuscrito encontrado en Zaragoza nada más se conocían ediciones fragmentarias a partir de una impresa en París y en 1813. Poco más que el rumor daba fe de la existencia de otra petersburguesa y de 1804, que sólo tras adquirir en Argentina un anticuario francés la biblioteca de un ruso en su día huido de la Revolución en 1917 se probó cierta. De hecho, la primera publicación completa del Manuscrito no llega hasta 1989 y en la ciudad de la Torre Eiffel, siempre por delante en tantas cosas. En ella se basa la que, encuadernada por Valdemar, tenemos ahora entre manos.

Era un adolescente cuando fui a la filmoteca a ver la película polaca de 1965 inspirada en la novela, en blanco y negro y con subtítulos y que recuerdo como una obra con toques surrealistas y desconcertante en grado sumo. Además, como no era infrecuente que sucediera en el Doré, el encargado del proyector se equivocó en determinado momento de rollo -también le pasó con El Amor Brujo de Antonio Román- y hubo un buen rato durante el que nadie entre los espectadores entendíamos nada, lo cual incrementó si cabe el carácter enigmático de la narración hasta que una fuerte pitada brotada en el patio de butacas hizo al empleado del cinematógrafo percatarse de su error, cambiar lo antes que pudo la bobina y más o menos volver a empezar. La película, de tres horas y pico, puede ahora disfrutarse con subtítulos en inglés en Youtube, donde también hay colgados algunos trocitos doblados al castellano.

Vástago su protagonista del máximo erudito de su tiempo en todo lo tocante a las normas que deben regir los duelos de honor, es la de Potocki una novela iniciática que aborda temas alquímicos, filosóficos en el mejor de los sentidos y -velados por alusiones a la geometría- también masónicos. Podría entenderse, o me atrevo a sugerirlo, que nos hallamos ante algo parecido a un despliegue de aquel arsenal o sustrato mítico que inspiró a René Guénon su ensayo El Rey del Mundo, pero pasado por el tamiz del Edgar Neville de La Torre de los Siete Jorobados, dicho sea con la salvedad de que hablamos de un relato escrito a finales del siglo XVIII, aquel período de la historia tan fructífero en la búsqueda de tesoros escondidos en tiempo de moros.

El gran secundario de lujo en la novela es Ahasverus, el Judío Errante, de cuya biografía obtenemos en ella -¡y de su viva voz!- apasionantes datos por nosotros desconocidos, como el de que se crió en Alejandría y Jerusalén junto al futuro Conde de Saint-Germain, quien antes de hacerse seguidor de Jesús de Galilea le presentó a su maestro en los misterios de la religión egipcia. ¡Nadie como él para narrarnos la verdadera historia de Cleopatra, de quien su abuelo fue joyero y hombre de confianza, o recordarnos las pretensiones de la hoy olvidada secta jerosilimitana cuyos miembros quisieron proclamar Mesías a Herodes! El principal telón de fondo lo conforma, no obstante, una caravana gitana, como antójase lógico en un mundo de nómadas y como no podía faltar en las páginas debidas a un escritor que estudió un poco nuestros usos y lengua ni, más aún, en todo escritor romántico que se preciara, “obligado” siempre por los cánones novelísticos de la época a presentarnos como un pueblo en alianza con hadas y vampiros. En la suya hay incluso un gnomo -en concreto, se nos precisa, “un genio del orden vigesimoséptimo”– que además es rabino, lo que ya es la repanocha teniendo en mente que, por meras cuestiones cronológicas, Potocki no llegó a conocer a Dalí. Debe, empero, advertirse al cinéfilo de que en la película, tal vez debido a recelos de la industria cinematográfica comunista o, más probablemente, a la versión incompleta de la novela desde la que se compuso el guión, no aparece ni en un solo fotograma el Judío Errante, lo que la torna decepcionante tanto para el cultor de la narración íntegra como para todo seguidor de las caminatas y aventuras de Ahasverus.

Gracias a otro de los personajes de la novela nos enteramos, además, de que el profeta Henoch, regente del Cuarto Cielo -el del Sol- ¡tiene barba! Admito no haberme nunca parado a pensarlo, y quiero alegar en mi descargo que, puesto que Henoch ascendió a los Cielos habiendo cumplido sólo trescientos sesenta y cinco años, lo que en los días de los Patriarcas era una edad más bien de mozo, ni siquiera me había planteado el particular. Mea culpa, pues ya en el siglo XVIII en que está ambientada la trama Gerard Hoet retrató a Henoch con trazas de no haberse rasurado las mejillas en toda su vida terrenal. Pero no he visto, lo reconozco, su grabado hasta ahora…

Mas la razón de que nunca haya olvidado esta lectura de mi primerísima juventud reside, además de en sus trasfondos “gitanistas” más que gitanos, en el seductor halo de dos de sus caracteres principales: las hermanas Emina y Zibedea, primas lejanas por parte de los Gomélez del protagonista que “cogidas de la mano, vestían con un gusto raro” y que a ratos son hijas de Salomón y la Reina de Saba, a ratos dos gitanas errantes y lectoras de la buenaventura y a ratos dos princesas musulmanas en el exilio. Y maestras siempre, en todo caso, de la magia erótica y de los espejos, criaturas del mundo onírico y centro de una conspiración urdida para, desde un reino subterráneo regido por un monarca de su linaje -los Gomélez, rama de los Abencerrajes- instaurar un día en la Tierra el gobierno de la descendencia de Alí, yerno del Profeta.

Es maravillosa esta Sierra Morena de los Gomélez y las Gomélez, con su Venta Quemada (“seguid vuestro camino y no paséis aquí la noche bajo ningún pretexto”), con ese Los Alcornoques donde los arrieros se refugian del frío y los aparecidos, con su Valle de los Hermanos tendido “allá en el lugar en que el Guadalquivir se derrama en la llanura”… Esta Sierra Morena, sí, gobernada en secreto por un jeque que cada noche, en el sótano donde, en su palacio, descansan los Siete Durmientes charla con el Duodécimo Imam de los shiíes, poblada por espectros, criptomusulmanes, bandoleros, cabalistas, romaníes, genios de la lámpara y ermitaños, versados todos ellos en el Corán y el Libro del Esplendor y pródigos con naturalidad, exentos de pedantería, en citas a Jámblico, Apolonio de Tiana, Platón, Descartes y Filón de Alejandría y en la que, llegada la hora de la cena y de compartir sabrosas raciones de olla podrida de la que se excluyen las carnes impuras, no se cesa de engarzar historias al modo de Las Mil y Una Noches. Resulta obvio el paralelismo -en términos geográficos- de esta Sierra Morena de los Gomélez con la Gasta Floresta, es decir, ese universo sutil, mundo intermedio o paisaje de duermevela en el que transcurren las novelas del ciclo del Grial, sin que nos quepa duda de la influencia de las enseñanzas herméticas sobre un Potocki interesado en los Rosacruces y en los diálogos con los ángeles de su contemporáneo Swedenborg.

El viajero por esta Sierra Morena en la que trance y vigilia apenas se distinguen cobra al caer dormido a la vera de sus primas, y con razón, “conciencia de abrazar algo más que un sueño”. Y saldrá de la aventura fortalecido en su creencia de siempre en el valor intrínseco del respeto a los juramentos: “Nunca”, le instan Emina y Zibedea, “traicionaréis nuestros nombres, nuestra existencia ni cuanto de nosotras sabéis”. ¡Y no viola su promesa! ¡Se lo raspa como un tío! Porque dormir sin Emina y Zibedea es casi como no dormir de verdad o como alimentarse, tal que el Judío Errante, a base sólo de castañas.

Libro raro, sui generis, sin la cortedad de miras o el poco vuelo o el demasiado a ras de tierra -aunque con su encanto- de las narraciones “gitanistas” de Starkie sobre los “asuntos de Egipto”, es además este Manuscrito un subyugante testimonio de la cuando menos curiosidad sentida por la aristocracia de la época hacia el esoterismo y un abigarrado compendio de los principales iconos que, a entender del pueblo, encubrían o simbolizaban entonces el seguimiento o recorrido de una vía iniciática. Mucho más, pues, que una película polaca proyectada un poco de aquella manera una tarde en el Doré. Y es que… ¡Estas Gomélez son mucha mujer, señores!