
VIEJA EDUCACIÓN PARA UNA RUSIA NUEVA
23 de abril de 2026 ![]()
JOAQUÍN ALBAICÍN
Se hallarán muchos de quienes me leen al tanto de la existencia en Fuente de Cantos de la única embajada de la Rusia zarista aún en activo en el mundo. Abrimos sus puertas en 2018 cuando los últimos reductos todavía operativos de la emigración blanca en, fundamentalmente, París y Berlín resolvieron no seguir desperdigando recursos ni efectivos y concentrarlos todos aquí, en la comarca de Tentudía, escenario en el Medioevo de una célebre batalla donde combatió el apóstol Santiago a lomos de su blanco corcel y el relato de la cual aún ameniza las veladas al calor de la lumbre.
Mantenemos la biblioteca y hemeroteca de la legación lo más al día que podemos. Así que nos ha congratulado a todo el personal diplomático, así como a la comunidad zarista de la zona y nuestros homólogos de Tíbet, instalados en su consulado en la cercana y hermana Bienvenida, la incorporación a nuestros anaqueles de La educación soviética, la novela que Acantilado ha publicado a Olga Medvedkova. No porque nos suscite simpatía alguna el temario estudiantil de la URSS, sino porque, pese a narrarnos Medvedkova la vida cotidiana de una quinceañera moscovita de 1980, el año de las Olimpíadas, podría perfectamente haberla escrito una de las nuestras, es decir, una exiliada blanca de 1922 creyente en la Gran Duquesa Anastasia, leal a los Barones Wrangel y Ungern, devota del Zar y de San Serafín de Sarov, bailarina de Diaghilev o melancólica hija de un oficial combatiente en la Campaña de Hielo de Kornilov. De hecho, el padre y la madre de la protagonista -no importa que la segunda trabaje en la revista Artes Soviéticas– leen a escondidas Doctor Zhivago y otros samizdat, escuchan La Voz de América y prohíben a su hija comentar fuera de casa nada de ello.
Les repugna la momia de Lenin, les desagrada el omnipresente rostro abotargado de Breznev, no pueden soportar una vida basada en la declamación constante de consignas para retrasados mentales, del tipo: “¡El pueblo soviético respondió positivamente a la petición de ayuda del pueblo hermano de Afghanistán!”. O: “¡Los jóvenes artistas respaldan a los koljosianos en su lucha por la cosecha!”. O, como unos años atrás, cantar: “¡Gracias, camarada Stalin, por nuestra feliz infancia!”… Delirios, se apreciará, muy similares a los del Occidente de hoy, vociferante en su traducción simultánea de los asesinatos en masa como actos en defensa de los derechos humanos o colectas benéficas en pro de la “liberación” de las mujeres iraníes
El padre de la protagonista de la novela ha, de hecho, emigrado a Estados Unidos, es decir, es un ruso blanco tardío, como nosotros. Y la madre es de origen noble. No en vano la prosa de Medvedkova nos recuerda a la del bolchevique Bujarin. No nos llevemos, no, las manos a la cabeza, pues Bujarin era de aristocrática prosapia y no podía sino desenvolverse con buen estilo literario, al menos antes de trastornársele la mente con la distopía roja. ¡No es de desdeñar una pluma que nos recuerde las melodías de la empuñada por Bujarin!
La educación soviética es, como hemos apreciado en Tentudía, el escaneado del proceso mediante el cual una madre se esmera en formar a su hija de acuerdo con los modales, las lecturas y la arquitectura mental del pretérito, según las formas de los buenos tiempos, y de tan inteligente modo que el resultado consiga pasar por propio de la época en la que todo eso es oficialmente demonizado. Y es que pese al desastre civilizacional quedan, esparcidos, espíritus libres aún conscientes de que, como dice uno de los personajes de la novela: “Es lo colectivo lo que vuelve las cosas infectas. ¡Las masas!”. Resiste, sí, gente sin doblegar, pues sabe tener la eternidad por delante y vive, por ello, de espaldas a un régimen con fecha de caducidad en el que los sacrificios realizados por el bien del pueblo son en realidad un eufemismo para referirse a los suplicios sufridos por el mismo para sufragar los apartamentos, dachas, queridas, queridos, coches y frascos de perfume Moscú Rojo de sus dirigentes.
La madre atesora mérito, pues ha crecido -como toda su generación- en el miedo, aunque su buena voluntad no le impide ocultar a su hija cosas esenciales, forzándola a descubrir exclusivamente por sí misma quién -más o menos- es en realidad, dejándola un poco a la intemperie, a merced del viento ululante entre los abedules que no pueden faltar en las novelas rusas, ajena al riesgo de que se ponga a jugar en el bosque a las constelaciones familiares, una disciplina psicológica que con sus asesinatos, delaciones, confinamientos secretos y chantajes emocionales, la URSS tanto propició.
Caliente el samovar junto a la cama, Lida Goulesco girando sobre el plato del tocadiscos, imagino ver un cohete ascender hacia las lunas ausentes de los mapas de Roskosmos, en particular hacia las de las noches blancas de San Petersburgo, que yo diría que eran la genuina Luna, la Tierra de los Antepasados, y no la circunvalada días atrás por la misión Artemisa II… Y es que ya no pueden dárnosla con queso. ¡Estamos ya en Luna Nueva! ¡Y en otra novela! Porque, como dicen tanto Elías como Harold Finch en Person of Interest: “El mundo ha cambiado”. Ya no vivimos, por desgracia, en aquellos tiempos de S. M. I. Nicolás II, cuando toda la vida real cabía en un huevo de Fabergé.
¡Tomen nota de ello así la emigración rusa en Tentudía como los afectos a la narrativa eslava!

