CÓMICOS EN LA GUERRA CIVIL. Tragedia en tres actos

CÓMICOS EN LA GUERRA CIVIL. Tragedia en tres actos

28 de marzo de 2026 0 Por Ángulo_muerto
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JOAQUÍN ALBAICÍN

El gran bailaor Miguel Albaicín, mi tío abuelo y desde 1930 pareja de baile de Argentinita y Pilar López, así como la propia Pilar, me narraron en su día con pelos y señales la atmósfera de terror rojo desatada en Madrid y con la anuencia de las autoridades por las milicias obreras, inspirándome el artículo al respecto para ABC que tanto gustó a muchos y molestó a bastantes. Aquellos queridos interlocutores míos fueron algunos de los artistas -también Pastora Imperio, Concha Piquer, Sabicas, La Niña de los Peines, Catalina Bárcena, Manolo Caracol, Irene López Heredia, Rafaela Aparicio, Pepe Isbert…- forzados a, si no querían perder la vida por su “desafección al régimen”, actuar gratuitamente “para el pueblo” en festivales recaudatorios de fondos para los hospitales de sangre y, mayormente, destinados a la “financiación” de las cuadrillas represoras. Argentinita y Pilar pudieron pronto escapar al extranjero en virtud de la doble nacionalidad de la primera, como Sabicas a América gracias a un contrato firmado con Carmen Amaya.

En tan angustioso clima de coacción se cometieron las sacas y subsiguientes masacres de presos en Paracuellos y otros enclaves de los alrededores de Madrid, precedidas por un goteo diario e incesante de víctimas -se había empezado con Calvo Sotelo, jefe de la oposición- capturadas en sus domicilios y conducidas a checas o descampados para su tortura y asesinato en base a la comisión de delitos inventados por sus verdugos. Pepe Isbert, el abuelo entonces sólo cincuentenario de La gran familia, lo cuenta a la perfección en sus memorias: “Los registros de casas se sucedían en busca de … un fascismo que sólo existía en la imaginación de aquellos locos, ya que la mayoría de las personas que llamaban fascistas eran sólo gente de orden, con profundas convicciones religiosas y cierta cultura que ofendía a su ignorancia”.

Cómicos en guerra, publicado por La Esfera de los Libros a Pedro Corral, despliega un lúcido y vívido escaneo de los encajes de bolillos que viéronse obligados a idear para sobrevivir, durante la guerra civil y particularmente en la retaguardia republicana, algunos de los representantes más significativos de los profesionales de las variedades, el teatro y el cine de entonces. También de las argucias y celadas de quienes -a veces, colegas de profesión- anhelaban verlos muertos. A mi tío Miguel, por ejemplo, al final pudieron los célebres payasos Pompoff y Teddy, padre y tío de los Aragón de nuestra niñez, salvarlo de ser reclutado para el combate colocándole como intérprete en un ministerio, pues hablaba bien francés e inglés. A ambos clowns, como a Nabucodonosorcito y Zampabollos, hijos de Teddy, dedica Corral un jugoso capítulo a propósito de sus experiencias en actuaciones teatrales y en el frente y, llegada la paz, ante los jueces franquistas.

En mi colección de fotos antiguas encuentro una de Tirso García Escudero, ya en la posguerra, con Mario Cabré -torero, poeta y actor- y otros amigos en El Gato Negro, café por el fundado en la misma calle que su teatro, el de la Comedia. Fue impresionada en 1949, cuando Mario andaba ya medio en capilla con lo del Tenorio de Dalí que llevaría unos meses después a las tablas del María Guerrero. En pleno cerco de Franco a Madrid y con las líneas de frente de ambos bandos estancadas en la Ciudad Universitaria, cuando, mientras con el visto bueno o la vista gorda de las autoridades, los dueños de locales de espectáculos eran secuestrados y “paseados” con laboriosa regularidad por las milicias proletarias, don Tirso tuvo sus menos con Estrellita Castro. Había sido arrastrado ya varias veces de visita a las checas, siendo posteriormente puesto en libertad, cuando una tarde se plantó una patrulla en el teatro exigiéndole, so pena de “desaparecer en veinticuatro horas”, la devolución a la cantante y actriz de una fianza que ésta le había abonado por adelantado a cuenta del alquiler del mismo. Pagó, claro. Y es que Estrellita era una protegida de Ángel Pestaña, líder anarcosindicalista de quien su representante artístico, recientemente fallecido, había sido secretario y tenía, además, un novio en dicho cuerpo de malencarados de mono azul y pistola al cinto. Mientras sus colegas, los propietarios del Teatro Fontalba, del Maravillas, del Frontón Madrid, del Fígaro o del Cine Europa (yerno éste de Jacinto Benavente)… iban siendo asesinados uno a uno en cunetas, andurriales y palacetes requisados y acondicionados como mazmorras, don Tirso se iba librando -y también esta vez lo hizo- del “paseo” por gozar él también del amparo y simpatía de Pestaña, a quien en su día había cedido el teatro para el Congreso de la CNT, como después a José Antonio Primo de Rivera -ganas, por cierto, de leer el nuevo libro Martín Otín sobre él- para el acto de fundación de la Falange. Al anciano empresario le vino Dios a ver con la suerte de que el querido de Estrellita y los demás implicados en la extorsión perteneciesen al Partido Sindicalista. De haber sido miembros del PSOE, el PC u otra facción de la CNT, no lo hubiera contado.

Acabada la guerra, claro, Estrellita fue, debido a la pertinente denuncia de don Tirso, detenida la noche del estreno de Mariquilla Terremoto en la Gran Vía. Entonces se corrió un tupido velo, pues el Estado de nuevo cuño, observa Corral, contaba con ella para sus propios fines propagandísticos, imponiendo los magistrados a la artista sólo una sospechosa y ambigua multa, pese a lo cual el empresario volvió judicialmente a la carga tres años después, esta vez asociando aquellos hechos al asesinato de Antonio Diéguez Cruz, primer actor de la Comedia y presunto testigo de los mismos, pero cuya muerte fue al parecer perpetrada, en realidad, por las milicias del sindicato de actores de UGT.

Es uno de los episodios más trepidantes de un libro protagonizado por actores, apuntadores, escenógrafos, acróbatas, chicas de conjunto, tramoyistas y faranduleros varios -asesinos y asesinados, acosadores y fugitivos- y entre cuyas páginas huyen, se ocultan, disparan, padecen ataques de ansiedad, se ensañan, imploran piedad o caen muertos la cancionista, vedette y actriz Tina de Jarque, Jardiel Poncela, Jacinto Benavente, Celia Gámez, Moreno Torroba, Juanito Carcellé, Alejandro Casona, Rafael Gil, Joaquín Dicenta, los Álvarez Quintero o Pedro Muñoz Seca, a cuyo asesino -o delator, que viene a ser lo mismo- consigue al cabo de tantos años Corral -uno de los hallazgos de su investigación- poner nombre y rostro: los del actor Avelino Nieto Tormo. .

Evoca y devuelve Pedro Corral a la vida un Madrid entrañable y brutal a la vez y ya espectral. El rodaje en el Retiro de Carne de fieras -con el primer desnudo femenino potente del cine español- y el fusilamiento de su protagonista -Tina de Jarque- junto a quien no está del todo claro si era su novio, su raptor o un poco de las dos cosas. El pasado policial de Valentín Tornos, famoso años después como el Don Cicuta de Un, dos, tres… responda otra vez. La suerte de los componentes de la primera y segunda generación de La Barraca de Lorca, presentándonos -yo no lo conocía- a tan interesante figura como el poeta Germán Bleiberg, que influyera mucho en Dionisio Ridruejo, y olvidando, creo, a Alfonso Ponce de León, estudiante falangista, artífice de los decorados del grupo teatral y martirizado igual que Lorca, sólo que en la otra retaguardia. Otro de La Barraca: Arturo Ruiz-Castillo, que se reciclaría en la posguerra filmando El santuario no se rinde, con Alfredo Mayo, o una taurina de época con éste y mi abuelo Rafael: María Antonia “La Caramba”. El final en combate del hombre en quien Federico pensaba mientras escribía sus Sonetos del amor oscuro. El recuerdo sepia de Carlos Oca del Valle, gerente de la Comedia que, si colocado allí por la CNT, logró empero convertir el teatro en un “nido de actores derechistas” por él protegidos. El vil final decidido para la hermosa vedette Victoria del Mar…

Mucha gente y mucha miga, en fin. Aparecen desde Rosita Díaz Gimeno, novia del hijo de Negrín, hasta Niní Montiam, que logró pasarse al territorio bajo control de los nacionales, detallando Corral muy bien los posteriores pleitos de ésta ante los tribunales franquistas con uno de sus enamorados, meapilas competidor por sus favores con un miliciano presumiblemente más ardoroso que él en el cortejo, pues a tenor de la foto no más guapo. Niní, a quien conocí, inteligente y persistente cultivadora de su aura de espía, me pareció siempre una mujer interesantísima y con una percha muy literaria, pero de credibilidad y memoria muy similares a las de Estrellita Castro (el talón pagado por don Tirso se ha conservado y Corral lo ha visto y sacado muy juiciosas conclusiones a partir de las anotaciones al dorso del mismo).

La lectura del libro de Corral se me antoja complementaria de la de otras dos obras también en el catálogo de La Esfera de los Libros. Me refiero a Vecinos de sangre, también a él debido, y La Quinta Columna, de Alberto Laguna y Antonio Vargas Márquez. Como cuando leí estos dos títulos, ahora que he disfrutado de Cómicos en guerra sigue sorprendiéndome la profusión de conmutaciones de pena, libertades condicionales e indultos concedidos con pasmosa munificencia por los tribunales del nuevo régimen a tantísimos milicianos y colaboradores de éstos en delaciones, saqueos, torturas, violaciones, muertes a sangre fría… A culpables, es decir, de ruines y sangrientos asesinatos que emergieron de la ciénaga de su ignominia prácticamente de rositas, en contraste con el gélido rigor a menudo dejado caer sobre la cabeza de personas sin delitos de sangre en su haber y de tan probada bonhomía como Joan Peiró, Julián Besteiro, Melchor Rodríguez o el mismo Oca del Valle antes citado -a quien, por cierto, también denunció don Tirso- a las que arruinaron la vida.

Y es que los políticos no suelen albergar más sentido del humor, la piedad o la justicia que el dosificado por sus asesores de imagen, que de oficio carecen de los tres. Y en el pasado, cuando no contaban a su lado con esa figura, pues pueden ustedes figurarse las consecuencias. A Carrillo o García Oliver les faltaban muchos años para saber qué era eso de un asesor de imagen, y a Durruti no le dio ni tiempo. Hace ya mucho, por fortuna, que cayó el telón del planteamiento, el nudo y el desenlace de aquella horrenda tragedia matritense. Además, claro, de que, como el otro día les comentaba, ni siquiera Madrid, salvo en el mundus imaginalis de Henry Corbin, existe ya…