
ARTE Y SOCIEDADES SECRETAS
16 de marzo de 2026 ![]()
Alba Hidalgo Alguacil
Nos encontramos en el París de la Belle Époque, una época marcada por el auge de los salones oficiales del Museo del Louvre, donde los artistas exponían lo más relevante del arte del momento. Era un tiempo en el que se disputaba el buen gusto artístico y en el que las altas esferas rechazaban corrientes emergentes y efervescentes como el impresionismo. La historia del arte tradicional suele centrarse en esta lucha entre el academicismo y las nuevas corrientes pictóricas como principal eje del periodo. No obstante, existía también el surgimiento de otro París: un París interesado en un arte representativo de un mundo suprasensible, el mundo de las ideas, es decir, el simbolismo. Este movimiento estaba estrechamente vinculado con una nueva espiritualidad propia de la época, marcada por el resurgimiento del ocultismo y el auge del esoterismo. En un contexto donde la teoría de Darwin cuestionaba el relato del Génesis, la revolución industrial sacudía la estructura socioeconómica y el surgimiento del socialismo alimentaba la noción de la “muerte de Dios”, surgió una nueva búsqueda espiritual de carácter pararreligioso, junto a una renovada mirada hacia la Antigüedad en busca de principios con los que sostener una nueva espiritualidad. En este ambiente destacaron figuras importantes del esoterismo como Éliphas Lévi, Walter Pater o Joséphin Péladan, figura central en el libro Arte y sociedades secretas de Pedro Ortega. Asimismo, se menciona cómo, entre los siglos XVII y XVIII, surgieron textos fundamentales para el desarrollo del movimiento rosacruz. Péladan, profundamente ultracatólico pero en contacto con el ocultismo por influencia familiar, continuó interesándose por estas corrientes hasta introducirse en diversas órdenes esotéricas, como la de los martinistas, donde conoció a otros apasionados del esoterismo. Junto a ellos fundó la Orden de la Rosa-Cruz del Templo y del Grial. Posteriormente, debido a su marcado ultracatolicismo, la orden sufrió una escisión y Péladan fundó la Orden de la Rosa-Cruz Cabalística. Para Péladan, la estética ocupaba un lugar central: la belleza debía revelar aquello que se encuentra más allá de lo tangible, y los conceptos sagrados solo podían manifestarse plenamente a través del arte. En este contexto, y en paralelo al auge del simbolismo, surgieron los Salones de la Rosa-Cruz organizados por él mismo, donde exponían pintores simbolistas bajo normas muy estrictas. Lo que distinguía esta propuesta era su intento de enseñar creencias espirituales y filosóficas a través de una misma gesta estética. Estos salones fueron un éxito y reunieron a artistas simbolistas de gran renombre, así como a músicos aún hoy mundialmente conocidos, como Erik Satie. Sin duda, se trata de un libro breve, conciso y de lectura fluida, que permite comprender con claridad el vínculo entre arte, espiritualidad y sociedades esotéricas en el fin de siglo. Muy esclarecedor y una excelente elección como introducción a la relación entre arte y ocultismo.



