
LA MÚSICA DE LAS ESFERAS
3 de septiembre de 2026 ![]()
JOAQUÍN ALBAICÍN
Musicólogo, biógrafo de gente de tan rabiosa actualidad como Robert Fludd y Athanasius Kircher, Joscelyn Godwin publicó hace ya unos años Armonías del Cielo y de la Tierra, un ensayo en torno a los efectos de la música sobre las múltiples modalidades o estados del Ser, cada uno de los cuales vibraría de acuerdo con las notas de su propio “pentagrama”. Arrancaba aquella faena recordando a la verónica la leyenda de la lira de Anfión, cuyo sonido hizo desplazarse sin impulso de músculo humano las piedras con que fueron alzadas las murallas de Tebas. Aquel suceso, ni mucho menos único en la Historia, guarda relación con la sensibilidad de rocas, animales y plantas hacia la música, cosas de los mitos, esos relatos sin edad que, lejos de ser puras ficciones, sirven como disfraces o coberturas a un núcleo de verdad alusivo, en palabras de Godwin, a “fuerzas secretas que la humanidad actual ha perdido”.
Quizá sea Godwin, en la actualidad, el principal -o el que disfruta de más eco- de los estudiosos y visitantes asiduos de los rastros tanto documentales como feéricos dejados por ese mundo epistolar de René Guénon en el que confluyen hermetistas, rosacruces, rosacrucianos, ocultistas, la Hermandad Hermética de Luxor, sufíes, teosofistas, el Judío Errante, princesas egipcias reencarnadas en burguesas neurasténicas, eruditos del orfismo, ermitaños rumanos, el Conde de Saint-Germain, millonarios judíos en busca de la Verdad suprema entre gurúes indios…. en medio de todo lo cual parpadea con especial encanto propio el mundo del Agarttha de Ossendowski y Saint-Yves d´Alveydre, cuya estela hace años nos condujo, allá en Mongolia, hasta lo que queda de los muros del monasterio de Erdene Dzu, junto a los que el barón Ungern-Sternberg, antes de emprender la invasión de la Rusia ya soviética, reagrupó y arengó por última vez al grueso de su División Asiática de Caballería, una unidad de rusos, cosacos, mongoles, serbios, polacos, chinos, coreanos… danzante al compás de una música difícil de definir.
Siendo ante todo un divulgador cuyo entrecejo no muestra propensión a pontificar, no deja nunca Godwin de regalarnos perlas especulativas -producto de su fascinación por el universo hermético- como la propuesta de asomarnos a la historia de la música tomando como criterio analítico las oscilaciones cíclicas reseñables en las primacías cambiantes en el seno del sistema hindú de castas y sus instituciones occidentales más o menos homólogas, existentes hasta el fin de la Edad Media. En su nueva obra o compilación publicada por Atalanta –Armonía de las esferas– nos obsequia con un capítulo inédito e inconcluso que los editores de Saint-Yves d´Alveydre no llegaron a incluir en El Arqueómetro. Nada pierde ni gana con ello el delirio infantiloide que es El Arqueómetro, pero se agradece que, al cabo de tantos años, se continúe la partida o seánce en torno a aquel cluedo de parisienses decimonónicos que desembocaría en la Fraternidad de los Polares.
Encuadernada por Atalanta con tapas azul verano o magnífico azul agua de piscina bien clorada, Armonía de las esferas es una selección comentada de pasajes debidos a autores que “comparten la intuición fundamental que Platón heredó de la escuela pitagórica: hay algo musical en el cosmos y algo cósmico en la música”. Ese algo -la armonía de las esferas- habría, dice Godwin, sido escuchado por -entre otros- Platón en forma de visión, Cicerón en sueños o Plutarco en el trance iniciático, permitiéndosenos así entrever la música como una vía de revelación y un camino de acceso a la Verdad que, por lo general, se supone que incumbe antes a la ciencia, la religión o la filosofía que a las artes. Lo dijo Aristóteles al señalar que: “El razonamiento lleva al conocimiento de un objeto conocido, pero la música lleva al conocimiento espiritual”. ¿Por qué, si no, tantas imágenes representando el Cielo como Elíseo poblado por ángeles tañedores de instrumentos? ¿Por qué habrían, si no, los astrónomos caldeos intentado hallar las analogías entre las distancias u órbitas de los planetas y las escalas musicales?
La referencia de Aristóteles, como otras de Platón o Alejandro Magno, las extrae Godwin de los fragmentos conocidos de las Máximas de los filósofos, los escritos sobre música más antiguos que conocemos en el mundo islámico. Su traductor fue Hunayn, un cristiano nestoriano. ¡Ah, los nestorianos! ¡Que cerca nos sentimos de ellos, a su vez tan cerca del Agarttha! ¿Que habrá sido de su vieja guardia, la de Edesa, cuyo canto del cisne fue la Carta del Preste Juan? Y ¿qué será de mis libros, que nadie publica porque no imparto clases en un instituto ni me he muerto y, encima, pretendo cobrar? Supongo que habrá algún Joscelyn Godwin que, una vez cumplido por mí el segundo requisito, se ocupará de ellos tratándolos como incunables. Su contenido tal vez suene a sus lectores futuros como ahora sonarán a la mayoría de ellos las consideraciones relativas a la relación de la astrología y la música con la gestación del feto, asunto sobre el que se extendió Censorino a principios del siglo III d. C.
Joan Perucho se encontró un día, en una iglesia de Samos, con el mismísimo San Nicolás de Bari paseando por su interior y que, al verlo entrar, se apresuró a regresar al icono entre cuyos límites se suponía que debía permanecer inmóvil y desde donde lo saludó con magnífica cordialidad llevándose la mano a la mitra. No es una invención. Sucedió así. Libros como los de Godwin nos permiten apreciar que sí, que tales cosas pasan. Por eso son libros no tanto para musicólogos, que desde luego lo son, como para enamorados de la música. No sé qué habría opinado de leerlo Miles Davis, pero a mí me ha encantado…
