BAJO EL ALBA ESTRELLADA

BAJO EL ALBA ESTRELLADA

21 de agosto de 2026 0 Por Ángulo_muerto
Spread the love

Loading

Frank G. Rubio

No todos los besos oscuros los otorga el mismo ángel.

No había tenido ningún valor hasta que Ella le trajo su tremendo plan…

Un guión de cine inconcluso perpetrado en colaboración con C.B. Owings, personaje del que me ha sido imposible encontrar información alguna dentro y fuera de la red, constituye el punto de partida de la novela de Maurice Moiseiwitsch (1914-1972): Besa al ángel de las tinieblas. Publicada en el Reino Unido en 1963, en formato de bolsillo por Gorgi Books, con el título Kiss the Dark Angel, fue traducida al español por Mario G. Iglesias y editada en Argentina en 1966 por EMECÉ en su prestigiosa colección “El Séptimo Círculo”. El traductor ya había puesto al alcance del lector en lengua castellana los Trópicos de Henry Miller (1891-1980) en la mítica y artesanal edición de Santiago Rueda. Y es que muchos aspectos de la novela de Moiseiwitsch, casualmente, están bien surtidos de erotismo, humor y homenajes a la vida bohemia.

El título me atrajo sinuosamente y me incitó a separarlo del grupo de libros que estaba guardando en una caja de cartón para su posterior traslado. Cuando inicié la lectura finalmente su comienzo trepidante, que supo prolongar a lo largo de sus casi 200 páginas de letra pequeña y apretada la irradiación originaria, hizo el resto.

Moiseiwitsch, cuya carencia de articulo específico en Wikipedia le hace aun más relevante y valioso, sí lo tiene, aunque magro, en Internet Movie Database. Fue un autor de género de mediados del siglo XX cuya obra literaria ha quedado prácticamente sepultada por el paso del tiempo, sobreviviendo casi en su totalidad gracias a sus vínculos con la industria del cine y a la inmortalidad de las adaptaciones cinematográficas de sus textos. Hay cierta poética, meliflua o extraterrena, en estas aseveraciones de la IA de Google que percibe lo fílmico como más duradero que lo literario. Aunque bien es cierto que el universo para algunas cosmogonías extrañas, hoy en auge, procede de algo así como un “guión inconcluso” que aún se rueda.

Maurice M nació en Odesa, por entonces el Imperio ruso, en 1914, muriendo en 1972 posiblemente en Londres. Según una pequeña nota biográfica incluida en la novela inició estudios incompletos de abogacía en la ciudad del Támesis (como el protagonista de su novela), se casó, tuvo dos hijos y vivió en Hartsfordshire. Fue autor de la novela y el guión en que se basó la película de Joseph Losey (1909-1984) El tigre dormido (1954). También fungió como responsable, entre otras realizaciones, de la idea de la película dirigida por Roy Boulting (1913-2001) y protagonizada por Peter Sellers (1925-1980), Camas blandas, batallas duras (1974). Activada esta última, como puede comprobar el lector atento, de modo póstumo. Escribió también libros infantiles…

La crítica no fue excesivamente benévola con esta novela, se la consideró una lectura de ritmo ágil, entretenida, pero con desarrollo de personajes algo limitado. Más de medio siglo después, en nuestro tiempo profundamente desolador, repleto de subproductos de una vulgaridad temática y una tosquedad en el manejo de los recursos narrativos básicos: personajes, trama, atmósfera…, constituye una lectura muy recomendable.

Cito otra muestra de desdén: una pieza de entretenimiento funcional y menor dentro de la literatura de intriga sin llegar a capturar el gran reconocimiento de la crítica académica o masiva.

No creo que la buena literatura, escasa por lo demás, sea un maligno juego de simulación pero sí afirmo la carencia de valor de más de la mayor parte de lo denominado “critica”. Con escasas excepciones puro marketing promocional. Haberla publicado en formato de bolsillo y su desaparición paulatina del mercado, como ser sobrino de un gran pianista: Benno Moiseiwitsch (1890-1963), artista de renombre internacional sobre el que escribió un libro, situaron a Maurice y su obra en la rampa del olvido.

Pero hay cosas ocultas con relación a esta novela, la perspectiva nocturna, que bien podemos probar a descifrar. El número 187, con el que es publicada en la colección que Adolfo Bioy Casares (1914-1999) y Jorge Luís Borges (1899-1986) dirigieron desde 1945, no entra desde el punto de vista convencional bajo su ardiente sombra. Se sitúa en la etapa del profesor Carlos V. Frias, del cual curiosamente también hay escasos datos digitalizados, incluso las fechas de su nacimiento y muerte nos son desconocidas. Hay quien dice que Bioy y Borges llegaron al 120… otros afirman que el 139. Pero en cualquier caso 187 es un número con una intensa tonalidad cabalística.

187, según la Gematria, remite a las “ruedas vivientes” plenas de ojos, que aparecen en la Visión del Carro de Ezequiel (“merkabah”). Son los Ophanim, entidades angélicas de fuego y luz a las que el cristianismo se refiere como “Tronos”. También expresan la suma de todos los capítulos de los cinco libros de la Torá (50, 40, 27. 36, 34) Moiseiwitsch significa “hijo de Moisés” y 195, el número de paginas, remite cabalísticamente al “Deleite de Sión”.

Moisés tuvo dos hijos en la tierra de Madian, uno de ellos, Gershom. Cuyo nombre significa “forastero en tierra extraña”. Pocas cosas se sitúan al azar en un engranaje…

El Gran Reloj, la Traza de los Observadores, los Días de la Estrella Negra, Vuelta a Empezar…

No voy a contar la novela al lector, no sería higiénico ni aconsejable, pero sí voy a describir la trama básica para mejor atraerlo a su lectura. El protagonista, Dave, es un estudiante de Derecho extremadamente bohemio, entregado a una vida desenfrenada que suele culminar en melancolías intensas. La novela se inicia con un nuevo intento de suicidio. Subido a una cornisa y ante numerosos testigos, amenaza con arrojarse al vacío. En periodo de recuperación, habiendo iniciado sesiones de psicoanálisis para determinar su malestar y ponerle remedio, es contactado por una bella joven: Frieda. Esta le ofrece un peculiar trato: el hombre amado por Frieda ha sido detenido por colaborar en un asalto y va a ser condenado a la horca, con casi completa seguridad. Le endosan una muerte que ha tenido lugar durante la comisión del crimen. Frieda le ofrece al suicida frustrado, Dave, una importante cantidad de dinero que le permitirá a este vivir durante un mes disfrutando de todo tipo de placeres. Pasado este tiempo deberá presentarse a la policía y declararse responsable de la muerte que achacan al amado de Frieda. Esta ha ido acumulando pruebas suficientes para ello. Dave acepta y vive, durante una luna con Frieda, una aventura permanente de bacanales y viajes en un entorno londinense fuertemente mundano y epicúreo. Visitaremos el interior de losmejores clubs y restaurantes de moda y degustaremos los mejores manjares, vinos y licores.

La ausencia de registros específicos sobre muchas cosas en las bases digitalizadas de datos provocó que decidiera consultar más a fondo con el daimon artificial abierto de Google. Y “ello” me envolvió con sus membranosas alas… Cito a “la Cosa dormida que Ahora despierta”:

La novela, caracterizada por su estructura circular, inicia y concluye en el mismo punto, transformando el espacio en un bucle temporal donde el lector experimenta la trama como el giro de una rueda. A través de la perspectiva del protagonista, Dave (DAVID), y los eventos desplegados, la obra presenta múltiples miradas que acceden la luz de distintas formas, desde los testigos hasta la perspectiva del propio lector como observador. Esta configuración convierte el suspenso en un engranaje donde principio y fin se unifican.

Y prosigue:

Esa descripción evoca de manera extraordinaria la simetría perfecta de un mecanismo que se muerde la cola: la rueda que completa su giro y regresa al punto de partida pero transformándolo todo a su paso.

En “Besa al ángel de la tinieblas”, esa estructura circular no es un mero adorno. Al arrancar y concluir en la misma cornisa elevada, con el protagonista Dave contemplando el vacío, las autobombas de los bomberos y los megáfonos abajo, Moiseiwitsch transforma el espacio físico en un bucle temporal. El lector es arrojado al inicio a una situación límite sin contexto; luego el transcurso de la novela opera como el giro de una rueda, desplegando los hechos que justifican el desenlace.

Todo esto suena bien, incluso especialmente profundo, imbuidos como estamos por la noción de “eterno retorno” que desde Nietzsche sintonizan todas las emisoras filosóficas e ideológicas del desbarajuste en que habitamos. El problema es que no hay dos cornisas, una al principio y otra al final, en la novela. Y por ello no es posible encontrar tal estructura circular. Arranca en una cornisa, cierto, y esta es una escena genial que va a enganchar al lector, pero la novela acaba cuando salen, el protagonista y Frieda, que ha devenido por entonces su Amada, del Palacio de Justicia tras el juicio.

Las puertas del Templo se abren a un espectáculo luminoso, similar al del amanecer en el mar abierto, y David (el Amado) y la Shejiná (Frieda, significa paz) se inician al escenario espejeante y glorioso de una Nueva Vida.