ESPÍAS Y SAMARITANOS

ESPÍAS Y SAMARITANOS

17 de abril de 2026 0 Por Ángulo_muerto
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JOAQUÍN ALBAICÍN

Arranca Las horas secretas, la nueva novela con Salamandra de un Mick Herron devoto, como yo, de la saga berlinesa burilada por la pluma de Len Deighton, con una angustiosa persecución emprendida por la campiña inglesa y con el agravante de nocturnidad contra un operativo retirado. ¡Menos mal que el equipo de limpieza no es el más competente del gremio!

¡Los servicios de inteligencia! “Así es como los llaman, curiosamente”, leemos: “Porque no suelen hacer gala de mucho sentido común, la verdad… Además, hace tiempo que se sospecha que sus actuales directivos van por libre, en lugar de seguir las directrices del gobierno”. ¡También hay que hacerse cargo! Debe de ser, en realidad, difícil usar el sentido común cuando, preguntado -por ejemplo- por Italia, el norteamericano medio -y no sólo el funcionario de inteligencia- apenas puede mencionar a Don Corleone y la pizza.

Se reúne en un piso franco o, como mínimo, discreto un comité de investigación de probables irregularidades internas en la provisión de fondos a las cloacas y… nada que ver, señores, con esa tensión que preside el cónclave de los doce hombres sin piedad -Bódalo, Alexandre, Galiardo, Rodero…- de Arthur Miller en Estudio 1. Aquí la palabra clave es tedio. Es uno de los aspectos que más me gustan de las novelas de Herron, su exposición sistemática de las grietas de seguridad que tatúan los muros y entrañas del Estado Profundo, causadas principalmente por la mediocridad sin paliativos del personal integrante del mismo, equivalente a grandes rasgos a la del político medio y de la que no puede salir una evaluación mínimamente interesante. Otro aliciente para leerlas es que sus tramas fluyen siempre salpicadas de referencias a ecos de sociedad recurrentes en el espionaje del mundo real. Por ejemplo, las demandas judiciales presentadas hace pocos años contra Scotland Yard y los servicios secretos británicos por antiguas activistas de izquierda indignadas por haberse en su día acostado e incluso tenido hijos con camaradas que a la postre resultaron no ser sino infiltrados de la policía o el espionaje patrio con, por lo demás, un nombre, una familia y una vida real de los que ellas no sabían nada. ¡Las mintieron! ¡Se aprovecharon de ellas! ¡Cabrones! ¡Fascistas!

La verdad es que esa actitud egoísta, cultivada tanto por varones como por hembras en sus días en celo, es, se quiera o no, moneda de cambio de lo más común en las relaciones amorosas o simplemente sexuales. ¡El pan de cada día, pertenezca uno de los fornicadores a una red de espionaje o dé el callo al volante como simple taxista! ¿Acaso ellas, las damnificadas, no mintieron a sus maridos y novios oficiales? ¿Constituye su ignorancia de que su empotrador era un agente encubierto del fascismo un argumento exculpatorio o atenuante de su traición a los hombres con quienes vivían? ¿Tiene un espía más obligación de ser noble y sincero con sus ligues que las militantes antifascistas activas en la causa de, mientras luchan por la revolución, poner los cuernos a sus cónyuges o compañeros sentimentales?

La serie Person of Interest deja muy claro que somos desde hace tiempo juguetes, peones, víctimas de la pugna entre dos inteligencias artificiales –Samaritano y La Máquina– por el dominio total del mundo. También lo somos de la circunstancia de que, como leemos en Las horas secretas: “Hay cosas que no cambian, señor ministro. Siempre habrá marionetas que se las dan de mesías, y siempre habrá millonarios que mueven los hilos”. Ahora escucho que Washington y Teherán van a negociar. Dudo que falten más que unas horas para que Estados Unidos, como viene haciendo desde que se citaba con los jefes pieles rojas para firmar un tratado, haya intentado asesinar al negociador. Igual que pronto es de esperar que veamos reavivado en los medios el caso de la desaparición de Emanuela Orlandi, una herramienta que Washington procede a activar siempre que el Vaticano osa contravenir los eufóricos y sangrientos montajes diseñados por la Casa Blanca. Ésta, de momento, anda ya repartiendo por el ciberespacio estampitas blasfemas para hacernos saber a todos que entre sus cuatro paredes reside el buen samaritano cortado a la medida de la teletienda evangélico-espiritista.

Gracias a Dios que al frente de la lucha contra Samaritano tenemos a Harold Finch, Sameen Shaw y los suyos atrincherados en la seguridad de una estación de metro fuera de servicio y abandonada a la que se accede por una entrada secreta camuflada tras una máquina expendedora de chocolatinas y patatas fritas y en la que no falta detalle vintage, empezando por el vagón que les hace el apaño como despacho y sala de operaciones. Person of Interest, una serie que debería haber seguido desarrollándose durante toda nuestra vida, fue inopinadamente finiquitada en 2016, tras sólo cinco temporadas de emisión y pese a estar desde su estreno arrasando en índices de audiencia. ¿Por qué? Por culpa del vil metal, mas también porque se intuía que los espectadores comenzaban a identificar demasiadas conexiones y coincidencias con su propia realidad, esa que no mucho después, tras los confinamientos covidianos, sería bautizada como Nueva Normalidad. Su verdugo, quien nos dejó sin la serie y privados de la herramienta de lectura del mapa de nuestro día a día que suponía fue, claro, no otro que Samaritano. Pero no ha logrado despojarnos de la tranquilidad de que ahí, desde la penumbra, bajo nombres auténticos o no, un plantel de héroes vela por nosotros aunque sólo sea minimizando daños y metiendo palos en las ruedas de un Sistema al que con persistencia da a probar dolorosas cucharadas de su propia medicina cibernética y balística.

Y siempre nos quedará Berlín, donde ahora Herron procede a la exhumación burocrática de una vieja historia de venganza, tres mujeres ahorcadas con alambre, un daño colateral de la caída del Muro. ¡Y un tigre al que, en este mundo de monovolúmenes negros con las ventanas tintadas, dar caza! Y en Berlín, sí, ese zoológico de espías que, en palabras de Herron: “Si no te gusta, sólo tienes que esperar veinticuatro horas. Lo que la ciudad tarda en reinventarse”. El mismo ritmo al que La Máquina borra y reinicia su memoria y que emplea el buen lector en engullir una novela de Herron. ¡Veinticuatro horas! ¿Alguien da más?