CORAZÓN DE GOLONDRINA

CORAZÓN DE GOLONDRINA

25 de septiembre de 2026 0 Por Ángulo_muerto
Spread the love

Loading

JOAQUÍN ALBAICÍN

Imagen de “Antoñete”: JERÔME PRÁDET

El París donde Malotru -nombre de guerra, sí- y Nadja El Mansur han de privarse de pasear de la mano por miedo a los servicios secretos sirios y las más que comprensibles dudas de los amantes sobre la protección real que pueda brindarles una Oficina de Infiltrados cuyos miembros concilian el sueño mecidos por los deliciosos susurros de Annabel, esa canción en la voz de Alison Goldfrapp. Ese sí, ese es un París interesante, a seguir, a frecuentar, un París que te atrapa y cuyo ritmo no hay que perder. Igual que aquel Madrid del que ha quedado un retrato de Manolo Caracol caminando Gran Vía abajo y diríase que como seguido a prudencial distancia por un guardaespaldas…

Porque en la vida real -parisina o no- casi todo son chapuzas. Pendientes como vivimos siempre de monitorizar al dedillo la última semana de Malcolm X, el tic tac de su reloj, la caída del sudor perlando su frente al apartar el visillo con dos dedos y con el subfusil a mano, o de seguir a Bobby Kennedy con la esperanza de que no, de que al final tire por otro camino y no entre en la cocina del Ambassador donde le aguarda la chica del vestido de topos, van y nos dan el sobresalto de que durante las obras de restauración de la Taberna de Antonio Sánchez, en una de sus paredes, ha aparecido bajo un retrato de Lagartijo… ¡otro de Paquiro! ¡Vamos, hombre! El mítico cenáculo inmortalizado por la pluma de Cañabate es, ya lo sabemos, más una mastaba, un lugar de poder que un restaurante propiamente dicho. Pero, ¿no podemos dejar a los muertos descansar en paz, señores? ¿Qué quieren ustedes? ¿Otra maldición de Tutankhamon?

Quietecitos en ese sentido, pues. Sobre todo, habiendo tanto que hacer. Podemos retrotraer nuestro paladar y saborear de nuevo los trigueros de Viña P o la pepitoria de Ciriaco mientras tomamos nota de la visita tan bien narrada por Luis Calvo al Berlín que estrena muro y del teletipo de Henry Shapiro distribuido también hoy por EFE anunciando que el XXII Congreso del PCUS ha dispuesto la extracción de Stalin del mausoleo de la Plaza Roja… ¡pasados ya ocho años de su muerte! Y todo esto coincidiendo con la que hay liada a cuento de la reaparición en Sevilla de Juanita Reina… O también deleitarnos en la lectura de la entrevista publicada por De Telegraf a James Blair Lovell en torno a la aparición de su libro sobre Anastasia. Qué juego daban el 1961 y el 1991, ¿eh?

Pues sí, pero la cruda realidad es que sigue el calendario de fastos ayuno de un Día Internacional de la Alfombra Voladora, algo de lo que ya nos lamentábamos en el anterior artículo y causa de que, año tras año, las celebraciones de los devotos queden siempre dispersas y con poco eco incluso en Isfahan. Y esto, mientras mi ordenador me insiste en que Ciriaco es palabra que, si no quiero que aparezca sobre mi pantalla subrayada en rojo, he de añadir al diccionario. Vamos, que Ciriaco no existe en castellano, que no ha habido ni han pasado Ciriacos por las pilas bautismales… O mientras Sombras en la oscuridad, la gran serie de vampiros de la ABC estadounidense, sólo está disponible en Youtube en la versión en fragmentos y distribuida en su día a la América hispana, es decir, con subtítulos y, además, con innecesarios comentarios de fondo en “español latino”. Todo esto, sin nadie tomar medidas.

Mientras indagas a ver a que pontón de fiar te conviene amarrar el yate sigue el tren blindado de Kim Jong-un dando vueltas, sí, sobre la mesa de su salón de juegos y puedes, sí, hacer un alto en la entrevista de Ángel Casas a Mariví Dominguín contando lo del alto que hizo con Yul Brynner en el affaire con Luis Miguel, y volver a ver a S. M. Don Juan Carlos dando el alto a Hugo Chávez o saludar a Manolo Morán dando también el alto a los coches en Cibeles, al lado de la Cervecería de Correos, aquella de las jarras tan fresquitas. Sí, sí, sí a todo eso… ¡Todos los altos que se quiera! Pero seguimos sin Día Internacional de la Alfombra Voladora.

¿Se trata de dejar en mantillas a cuantos vivimos fundamentalmente de ilusiones? ¿De que renunciemos a nuestros sueños? ¿Se debe acaso esa desidia a la dedicación de las élites a la resolución de candentes enigmas? Que no se escuden tras esa rodela, cuando a estas alturas todavía nadie ha sido capaz de aclarar la razón de que El Fary, en el pasodoble que le dedicó, atribuya a Antoñete tan concreta virtud como la de albergar en el pecho un “corazón de golondrina”. Lo de “alma de gigante” se entiende como metáfora, como licencia literaria justificada por lo épico del arte que cultivó. Pero nosotros salvamos hace poco la vida en el porche a una golondrina caída del nido y en nada nos recordó a Antoñete. Ni en el buche, ni en las alas, ni en el mechón… ¡En nada!

Las grandes cuestiones hay, como aconsejaba Marx, que escudriñarlas desde arriba. Por eso jamás, faltos de alfombra voladora, entenderemos lo del corazón de golondrina. ¡Ya estamos tardando en obtener ese reconocimiento oficial en un mundo donde no hay tonto que no tenga un dron o proclame genio del baile flamenco a un señor que baila y viste como el conejo de Alicia en el País de las Maravillas! Contra unos… ¡Alfombras voladoras! Contra otros… ¡Fidelidad a Schéhérazade! ¡Alcemos ya el vuelo!

.