KIRAN DESAI Y LA VIDA DE VERDAD

KIRAN DESAI Y LA VIDA DE VERDAD

8 de junio de 2026 0 Por Ángulo_muerto
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JOAQUÍN ALBAICÍN

La lectura de El legado de la pérdida de Kiran Desai -búsquenla en el catálogo de Salamandra– me devuelve recuerdos de ilusiones y días coloridos, de las películas de Sridevi, Manisha Koirala, Shah Rukh Khan u Om Puri, de cuando yo era joven y guapo, de los relatos calcutíes de Eliade, de Guénon y de su El hombre y su devenir según el Vedanta entonces leído sólo siete u ocho veces, de las pinturas de Roerich sobre las paredes húmedas del museo de la Benares Hindu University, de los pakoras y samosas friéndose en la esquina, del Kanchenjunga al atardecer, de una sopa de tomate en el Volga de Connaught Place, del destartalado zoo de Delhi, del kathak, del autobús tintinesco de Siliguri a Darjeeling y que seguía hasta Gangtok -en Sikkim- pasando por Kalimpong, de los monos en los templos, de la voz de Lata Mangeshkar, de la lectura del Hindustan Times… y del descubrimiento, ya de vuelta, de la obra de Satyajit Ray en el Cine Doré.

Me regala además, por añadidura, el regreso a mi pituitaria de una India tan vieja -tan maravillosa, hermosamente vieja- como siempre, de fragancias y aromas de la vida normal, de los sentimientos y gustos y gestos normales, de R. K. Narayan, Gita Mehta y demás escritores normales en un tiempo en que en la literatura -por estos pagos- arrasa -es un decir- la autoficción, mejunje para cuyo guiso el “literato” se esfuerza y lo da todo en el atragantón tremendista de “desnudarse” y “descender a los infiernos” ante el lector, si es que lo tiene, en la descripción lo más escabrosa posible de una infancia marcada por disfunciones familiares, alcoholismo y sexo turbio, es decir, de la porquería de vida que le ha convertido en el triunfador -a su pesar, subraya o quiere que sobrentendamos- que hoy es.

En Kiran Desai reverbera otra cosa, una escritora con duende, eso que se porta en -o se vehicula a través de- la sangre. Y en estos tiempos, quien no lleva o vehicula eso ahí tiene que apelar, claro, a lo antedicho, al arrimón en calzoncillos agitando un trapo sin lustre ante un lector tan indiferente como apregonao.

¡Gran vecindario el que puebla las calles, montañas y casas de esta novela! El gato Mustafá, la perra Canija, un hijo -el del cocinero- trabajando de incógnito como camarero itinerante y poco menos que esclavizado en Nueva York y una hija -la de la señora Sen- locutora en la CNN, dos princesas afghanas asiladas por Nehru en los días en que Kalimpong y Darjeeling -no podía esperarse otra cosa de la encantadora niebla que las baña- eran enclaves con un más que alto porcentaje de espías -indios, chinos, rusos, británicos…- entre sus residentes. Y todo el almario del lugar pringado, claro, con la mermelada o la herencia pegajosa y a menudo ridícula del colonialismo y las taras psíquicas que a su paso siempre va dejando.

Y nos rapta también la referencia en blanco y negro a aquel idilio indosoviético propiciado por las cumbres de los No-Alineados, la música clásica hindú, el ballet ruso y la exaltación de los cosmonautas, como el Rakesh Sharma que merced al programa Interkosmos practicó yoga en ausencia de gravedad en una Salyut. Un romance del que, de mis tiempos de coleccionista filatélico, conservo aquella hoja bloque en que aparecen Indira Gandhi y Breznev hablando por teléfono a través de la línea directa entre Teen Murti House y el Kremlin. Lo que queda de aquel amorío no se reduce a las cenizas de Nehru junto al zoo de Darjeeling o la estatua olvidada y descuidada -veo y leo en las redes- del cosmonauta Komarov en un campamento infantil moscovita abandonado y que a alguien, seguramente, se le ocurrirá pronto adecentar. No, perdura mucho más que eso, como prueban las actuales aventuras tanto indias como rusas por los confines del Cosmos.

¡Y las guerrillas himaláyicas! Aquí se trata de insurgencias chapuceras en pro de la independencia de una tierra propia y extramuros de India para los gurkhas. Pero nos hacen evocar otras, como la tibetana entrenada por la CIA y con India como base desde los días de Nehru -traicionada desde el principio por la agencia, afirma el hermano del Dalai Lama- y hace unos años disuelta. U otra en la que -con todas las reservas de rigor- depositamos ahora esperanzas, en este caso el maquis o pequeño fermento de tal que es de esperar cuaje entre los muchos partidarios de la restauración de la monarquía en Nepal, devolviendo al averno al mindundismo democrático indigno de tan antiguo Reino.

Claro que desde que cesó de existir la última guerrilla seria, la de Masud, El León del Pandjshir, sólo apuesto por partidas -como los autobuses a Sikkim- tintinescas, no vaya si no el montaje, como en esta novela de Kiran Desai, a degenerar en guevarismos y horrores varios, en borracheras de matones, en muestrario de horrores de uno de esos mundos nuevos y felices en los que te libras por el canto de un duro de ser asesinado por tu vecino o tendero de toda la vida, descubridor de repente de que formas parte del “bando equivocado”. Son las cosas del nosotros primero o nosotros segundos o terceros, de las querellas étnicas, de castas, de diputadillos… Que ello suceda en la factoría de psicóticos que es Occidente, donde ya en 1911 un hombre como Emilio Salgari tuvo que suicidarse, pues vale, pero no se entiende bien cómo alguien nacido o residente en tan maravilloso enclave como Kalimpong pueda perder cinco segundos de su tiempo en sentirse inferior o superior a nadie. Son, sí, lo sabemos, pescadillas y pesadillas que se muerden la cola incluso en países sin mar donde echar la red con que atraparlas. ¡No hay arreglo!

¡Pero hay que levantarse de la cama con el pie derecho! Siempre lo intento y, por ello, tengo claro que esta historia de pérdidas de Kiran Desai es para mí, ante todo, una experiencia de devoluciones, de reencuentro con la normalidad, de cálido abrazo de reconocimiento con ese clima de afectos, manías, rutinas y espejismos con buena sombra hoy tan ausente, de no ser por mi mujer y mis amigos, de la pseudovida en curso.

Menos mal que, como se aseveraba en aquel programa de Fernando Sánchez Dragó, todo está en los libros. ¡A veces terminan, como en este caso, por ser la vida de verdad! Y no sólo los libros. También las confesiones a corazón abierto, como la de Antonio Banderas ayer ante el Papa, que a tantos nos emocionó. Lo que les decía… ¡Qué gratificante -lo mismo en clave india que malagueña- es la normalidad!