
REGRESANDO A MONSALVAT I
5 de abril de 2025 ![]()
Marcos Gimeno
La filosofía del arte de Wagner
A raíz de nuestra colaboración en la serie de vídeos que Guillermo Mas Arellano le ha dedicado a la cuestión del Santo Grial en “Pura Virtud: Cine y Literatura”, hemos tenido la oportunidad de profundizar en nuestras investigaciones sobre el Parsifal de Richard Wagner. Consideramos que esta materia de estudio continúa siendo relevante, dado que la obra del compositor alemán permanece rodeada de malentendidos. A continuación, compartiremos el resultado de nuestro trabajo y ofreceremos una guía, dividida en tres artículos, para situar el Parsifal en el marco del pensamiento wagneriano. Con este fin, definiremos primero el contenido de las reflexiones de Wagner, recorriendo su interpretación de los conceptos de redención, arte y religión, y después identificaremos estos principios en la obra donde culmina su trayectoria.
Si nos preguntaran cuál es el eje que vertebra los dramas musicales wagnerianos, tendríamos que señalar, sin ningún género de dudas, que la noción de redención es la respuesta que buscamos. Para Wagner el anhelo de redención constituye la esencia de la condición humana y, en consecuencia, la satisfacción de dicho anhelo es el fin más noble al que puede aspirar cualquier manifestación artística. Incluso ciñéndonos a una lectura literal del argumento, asistimos a un desfile de diversas modalidades de redención, desde la feminidad que transmuta la naturaleza del varón a partir de la entrega absoluta (El holandés errante y Tannhäuser) a la redención frustrada (Lohengrin), pasando por la regeneración que conlleva una revolución (El anillo del Nibelungo), o el alivio que obtiene uno por sí mismo al comprender las razones del sufrimiento (Tristán e Isolda y Los maestros cantores de Núremberg). Sin embargo, el significado que adquiere la redención no se limita a modelar el desarrollo de los personajes.
Antes que nada, hay que establecer en qué dos direcciones opera la redención wagneriana. Por un lado, la redención puede tener un sentido ético o existencial, incidiendo en el ámbito de las relaciones humanas. Por otro, su alcance puede adquirir un tono metafísico y apuntar a nuestra condición de seres limitados y mortales, es decir, atravesados por el tiempo. Ambas dimensiones, como vislumbraremos cuando nos aproximemos al ejemplo concreto del Parsifal, convergen y, en el contexto de la obra de arte, constituyen las dos caras de una misma moneda.
Con todo, la redención que imagina Wagner no apela solamente al individuo, sino que está dirigida a lo colectivo. La idea de una redención colectiva, la cual promete sanar los vínculos que conforman las comunidades, se deriva de una visión peculiar en torno a las cualidades del proceso histórico. Wagner sostenía una postura polémica frente a su presente y, más concretamente, respecto al panorama artístico del que era contemporáneo. Nunca se cansó de repetir que la civilización europea de su tiempo era inauténtica, dado que se basaba en unos valores opuestos a la naturaleza humana. Por tanto, en el caso de Wagner el mal que ha de ser redimido no tiene un carácter ontológico, sino que es un producto histórico. En consecuencia es posible imaginar una futura regeneración de la Historia en la que las condiciones actuales sean transformadas, tal y como Giorgio Locchi ha evidenciado en sus exégesis sobre la obra del compositor alemán.
Así mismo, debemos encuadrar el pensamiento de Wagner en un mundo en el que, utilizando la terminología de Friedrich Nietzsche, “Dios ha muerto”. Esto quiere decir que el nuevo papel que el compositor pretende asignarle al arte responde al colapso de las religiones hegemónicas. Si bien Wagner nunca creyó en la existencia de entes divinos o instancias de vida ultra-terrena, sí consideraba que el anhelo espiritual era algo innato. El error de los hombres radica en que no son conscientes de que se bastan por sí mismos para obtener la purificación que ansían.
Siguiendo a Ludwig Feuerbach, Wagner concebía a los dioses paganos, al igual que el Dios abrahámico, como proyecciones de las ideas más sublimes que los hombres tienen de sí mismos. En cuanto a las narraciones mitológicas y los símbolo religiosos, su valor se debe a que apelan a las profundidades del inconsciente, pero no deben ser confundidos con realidades fácticas. De hecho, Wagner argumenta que esa confusión ha terminado distanciando a las diferentes religiones, pese a que todas ellas comparten un mismo núcleo de sabiduría. Dicha verdad esencial, supuestamente compartida por todas las religiones, sería, por un lado, el conocimiento de que todo lo que conforma el mundo está condenado a perecer, y, por otro, los valores asociados con la abnegación.
Ante la incompetencia que han demostrado las religiones tradicionales a la hora de cumplir su misión, debe ser el artista quien involucre a los espectadores para que, como un colectivo orgánico, se purifiquen. Las obras de Wagner aspiran, en última instancia, a superar la escisión entre el espectador y la obra, o dicho de otra manera, entre el arte y la vida. No obstante, para que la redención sea efectiva y sane los lazos que establecen los sujetos dentro de la vida en común, el arte debe emanar de las necesidades estéticas y espirituales del pueblo. Esta es la razón por la cual Wagner toma la mitología y las leyendas populares para inspirarse, rechazando el material historiográfico y novelado, que se presta más a los convencionalismos y a la arbitrariedad de las modas.
Wagner recurre al mito porque considera que su contenido es inagotable, por lo que puede actualizarse en todas las épocas sin perder su capacidad de interpelar al mismo pueblo del que, orgánicamente, ha surgido. Dicho de otra forma, para el compositor alemán las verdades que subyacen encriptadas en los mitos no remiten al pasado, sino a un presente eterno —permanecen in illo tempore, si seguimos la terminología de Mircea Eliade. A partir de los símbolos y personajes que, objetivando la psique humana, canalizan el mito, sus obras intentan acceder al misterio de la existencia.
Del mismo modo, el arte debe devenir en un acontecimiento prácticamente ritual, como si se tratara de una ceremonia de consagración. El rito y el mito vertebran el arte redentor que Wagner buscaba, tanto en el proyecto de la Gesamtkunstwerk (“obra de arte total”) como en el Bühnenweihfestspiel (“festival escénico sacro”) parsifaliano. La pregunta que nos asalta entonces es: ¿qué trasfondo común intuye Wagner en ambos fenómenos? Pues bien, siguiendo el razonamiento que hemos fijado al comenzar nuestra exposición, sostenemos que el rito y el mito establecen un tiempo sin tiempo, es decir, un tiempo sagrado (kairós). Aproximarse a esta temporalidad de lo sagrado supone una transformación ontológica, un acceso a un estado del Ser diferente en este mismo mundo material, tanto para el individuo como para la comunidad.

El tercer ingrediente del arte wagneriano es la música. No en vano, Wagner desarrolló un sistema compositivo innovador para lograr sus fines. La música cumple, en el contexto de la necesaria integración armoniosa entre las distintas disciplinas artísticas, la función de superar los límites de la expresión verbal y gestual, accediendo al núcleo del símbolo mítico, donde se encontraría lo puramente humano. Dicha valoración de la música se acentuará todavía más cuando lea Die Welt als Wille und Vorstellung (1819) de Schopenhauer en 1854. A partir de entonces, el escenario deviene en la representación del mundo de los fenómenos, mientras que la música expresa la Voluntad, la cosa-en-sí que está más allá del mundo fenoménico. Nietzsche asumirá esta idea y planteará que el drama musical, al igual que la tragedia ática, implica la reconciliación de lo apolíneo y lo dionisíaco, las dos polaridades de la existencia.
Para alcanzar estas cumbres expresivas, Wagner se sirve de la unendliche Melodie (“melodía infinita”), un discurso sinfónico sin solución de continuidad que transgrede la estandarización de las formas musicales operísticas. El devenir de la melodía infinita no es aleatorio, sino que se deriva de la dinámica que establecen los leitmotivs (“motivos conductores”). El leitmotiv confiere a cada uno de los presentes que se manifiestan en la escena un carácter pluridimensional. Es decir, a cada uno de ellos se le confiere su determinación semántica en base a su interacción con el texto poético o la acción escénica. Simultáneamente, la música dinamiza los significados y hace avanzar el drama. Esta operación puede generar recuerdos o premoniciones, desarrollar ideas complejas mediante la adición o sustracción de notas en la armonía, crear disonancia entre la acción y la música, etc.
En suma, la experiencia ritual, el discurso mítico y la expresión musical confluyen en la dimensión metafísica de la redención wagneriana, que supone la transmutación, en el plano existencial, de las relaciones humanas. La anulación del transcurso lineal del tiempo, manifestada en el contexto del drama musical, abre la posibilidad de volver a purificar los vínculos que nos unen con los miembros de la comunidad a la que pertenecemos, satisfaciendo las aspiraciones que Wagner atribuía al arte.


