FLAMENCO ASTRONÓMICO Y OTRAS RECETAS DE AUTOAYUDA

FLAMENCO ASTRONÓMICO Y OTRAS RECETAS DE AUTOAYUDA

14 de septiembre de 2026 0 Por Ángulo_muerto
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JOAQUÍN ALBAICÍN

La otra tarde, en el porche, me preguntó un amigo qué era eso que se escuchaba, ese bisbiseo persistente y rotundo. Le expliqué que era el canto de las cigarras, señal de que estaba haciendo o íbamos a padecer, en nada, muchísimo calor. ¡No se equivocaba el sonsonete!

Mas, apriete o no el bochorno, hay que resistir, esforzarse por burlar las inclemencias climáticas o psíquicas propias o ajenas. El flamenco ayuda a ello aquí, en Almendralejo, donde en el sepulcro de Huerta Montero, joya de la Edad de Piedra, va a contar Alba Molina con un fenómeno astronómico que se remonta al Neolítico -estamos ya en la Era Cuaternaria, recuérdese- como luxuario marco para su recital en homenaje al fenómeno no menos astronómico que en los 70 encarnaron Lole y Manuel, cuya música sigue moviendo molino por no ser de ningún modo agua pasada. Otra alegría flamenca nos la da, sin salir de Tierra de Barros, la noticia de que la flauta de Ostalinda Suárez -galardonada en Italia con el Premio a la Excelencia Romaní 2026– sonará a primeros de octubre por tan hermosos pagos, con el grupo de Alexian Santino Spinelli, en la Cattedrale Madonna del Ponte de Lanciano. Y otra haber sabido, aunque sólo de oídas o por las redes, de la dedicatoria este año del Festival Flamenco de Arles a José Reyes, cantaor con duende y de añejas usanzas a quien con tanto placer escuchamos en sus discos y en los de Manitas de Plata.

Ayuda también, o me ayuda a mí a resistir los embates de un mundo hostil, releer las peripecias londinenses de Diaghilev y su compañía y, pues, de mi tía María Dalbaïcin, ya vía Buckle o revisando los recuerdos de Stravinsky, o echar mano de alguna de las jugosas novela-tocho acuñadas por Valdemar, mismamente Camino al Oeste, de A. B. Guthrie Jr., la más reciente del mundo de pieles rojas, confederados, vaqueros y diligencias evocado por esta editorial. O, ahora que se ha estrenado una nueva película inspirada en La Odisea, de otra de mis novelas del Oeste favoritas y de esa misma colección Frontera, Hondo de Louis L´Amour, en gran medida, aunque no recuerdo que nadie lo haya señalado, deudora también de la epopeya de Homero, pues su protagonista femenina es una Penélope que, en ausencia de su hombre, se ve compelida por el gran Victorio a escoger marido entre sus bravos, en este caso apaches de Arizona, y no pretendientes de las costas egeas. O sumergirse -¡también ayuda!- en los ensayos breves e inéditos de Isaac Bashevis Singer que acaba de sacar Acantilado. A Bashevis Singer, adalid de un idioma -el yiddish- que a medida que se incrementa la publicación de libros en él más rápidamente se va extinguiendo, como quizá vaya a suceder con nuestra lengua romaní, hay que leerlo por su culto a la nostalgia, la elegancia de su prosa y su sentido común. ¡Ninguna de estas tres virtudes abunda ya!

O también ayuda -o me ayuda- revisar en Youtube -¡ahora con anuncios, maldita sea!- aventuras como El clan de los sicilianos, una de las mejores entre las consideradas por muchos malas películas, con la belleza intemporal de Irina Demick y Jean Gabin y Lino Ventura bordando uno de los finales con más clase de la historia del cine. O La sombra del Zar amarillo, con un Gregory Peck por el que pasan las chaquetas, pero no los años. O una de las más realistas que conozco sobre servicios secretos: Circuito cerrado, con Eric Bana y Rebecca Hall. Otra es Cortina de humo, con Robert De Niro y Dustin Hoffman, pero esta no hay quien la encuentre en Youtube. Lo comprendo, ojo. En rigor, ya para dar con Circuito cerrado tienes que entrar por tal y cual puerta falsa…

¿Más ayudas? Pues, por muy lejos que me pille, me regocija la colleja propinada por los hutíes a Trump en Bab el Mandeb, qué quieren que les diga. Y disfrutar de vídeos de Litri padre, enorme personalidad, carismático como pocos, brillo del orgullo y de las esperanzas y de los anhelos por salir adelante de una afición muy poco antes devastada por la guerra. ¡Aquellos litrazos estivales que helaban el sudor en la frente de la afición toda!

Lo que de verdad ayudaría en todos los sentidos sería, claro, disponer de una alfombra voladora. Cada vez somos menos -incluso en Bagdad o entre los hutíes, me temo- los que creemos en su existencia. De hecho, ni siquiera acoge el calendario de modo oficial un Día Internacional de la Alfombra Voladora. Pero yo, y no me da vergüenza, me cuento entre ese puñado de creyentes en ellas. ¿Por qué? En un Ajoblanco de 1988 reflexionaba Borja Casani: “O esto es un asco o estoy viejo. Y sin embargo, me pregunto: ¿Por qué todavía juego a mantener viva esa llama en el fondo de mi corazón?”. No lo sé, ni tampoco si Borja con el tiempo lo habrá averiguado, pero me prestan energías para sustentar esa fe en las alfombras persas y con alas sonidos como el de la flauta de Ostalinda Suárez, o que aún me emocione desde el vinilo el eco de José Reyes o la persistencia en la “actualidad” -más allá de en mi particular presente- de Lole y Manuel.

Y es que, sin el arte… casi todos volaríamos muy bajo. ¡Y aquí se trata de ascender!