
JUERGAS EN EL ESPACIO
31 de julio de 2026 ![]()
JOAQUÍN ALBAICÍN
El 29 de abril de 2003 hubo celebración en la ISS. La víspera, desde la Tierra y a bordo de una Soyuz, habían llegado a la estación espacial el cosmonauta ruso Yuri Malénchenko y el americano Edward Lu para encontrarse allí con sus colegas, los estadounidenses Ken Bowerson y Don Petit y otro ruso, Nikolai Budarin. Era el momento, decidieron, de pegarse una fiesta para festejar tanto los cumpleaños de Budarin -y el reciente nacimiento de un nieto de éste- y de Petit, que había caído sin pena ni whisky nueve días antes. Ni la prensa de entonces especifica en qué consistió el cochoflo eslavo-yanqui ni contamos con referentes sobre lo que pueda caracterizar a una juerga con su correspondiente pleamar en un habitáculo orbitante en el espacio exterior y en cuyo interior no rigen las leyes de la gravedad. No ignoramos que ya en 1998 se estaba intentando renovar los menús de la ISS con mousse de maíz y vinagreta de brotes de mostaza, que podían obtenerse en la misma estación a base de cultivos hidropónicos, sin limitarse a las pastillas de eso llamado biomasa comestible. ¿Se puede, entonces, hablar de una zambullida orgiástica en la piscina del exceso, de una transgresión a lo Keith Richards digna de ser consignada en el ensayo dedicado por Luis de León Barga a los soberanos del vicio?
No se sabe, mas debió de reinar un ambientazo allá en lo alto, porque el 6 de agosto, venido más que arriba, Malénchenko comunicó desde el espacio que se iba en breve a casar por poderes -él en la ISS, ella en la Tierra- con una súbdita norteamericana, e invitó a sus jefes de Rosaviakosmos a la formalización terrestre del enlace y al lógico banquete en el restaurante Villa Capri de Houston. Pero no bastaba con la ilusión, hacía falta la autorización especial de Putin, cuyo corazón era esencial conmover. Y hubo, claro, tiras y aflojas no por parte de la novia, sino de los superiores del galán, por considerarse poco recomendable el matrimonio con una nacional de Estados Unidos de un ruso conocedor de secretos de Estado. De hecho, Sergei Gorbunov, portavoz de la agencia espacial rusa, anunció una semana antes de la boda que el cosmonauta había cambiado de planes pese a haber ya recibido en la ISS el anillo, así como una pajarita con la que figurar simbólicamente un smoking. No pasa nada, se comprende, yo me hubiese mosqueado igualmente.
Mas por fin el Kremlin dio el visto bueno, triunfó el amor y la boda tuvo lugar el 10 de mayo. Edward Lu, pieza esencial en la juerga anterior y testigo formal del enlace, pudo a la postre cantar desde el espacio algo de Mendelssohn al tiempo que la novia, por su parte, hacía su entrada en el Centro de Control de Vuelos de la NASA en la ciudad texana, donde se celebró el rito, al compás de Absolute Beginners de David Bowie.
Se conocen, sí, de antes fotos de Andrew Thomas, astronauta de la NASA, tocando la guitarra en el Discovery en 1998, cuando aún se mantenía operativa la legendaria MIR, estación soviética “antepasada” de aquella ISS. Mas entonces hubiera resultado impensable semejante despiporre, algo así como imaginar -como los asesores geopolíticos de Trump- pingüinos en Groenlandia. Así que este enlace supone un antes y un después inequívocos en la historia de los amores cósmicos.
A muchos que salen al espacio les pasan cosas raras, desde luego. Hace poco, de vuelta del sobrevuelo de la cara oculta de nuestro satélite, el astronauta Reid Wiseman, quien antes de salir de la Tierra era, según unas notas de prensa, ateo y, a tenor de otras, simplemente no demasiado creyente, ha experimentado al parecer una súbita y emotiva conversión, rompiendo a llorar tras, superados los preceptivos días aislamiento, encontrarse cara a cara con una cruz, como Marco Vinicio en Quo Vadis? ¿Sienta al alcohol distinto allá arriba que aquí? No creo. Y, ¿por qué sospecho que no? Pues porque todas las declaraciones a la prensa de empleados de agencias gubernamentales responden rigurosamente a instrucciones recibidas, sí, de lo alto, pero de una cadena de mando nada sobrenatural. Las de Wiseman deben, pues, leerse en principio con la misma impasibilidad que aquellas de Titov cuando afirmó no haber visto ni un sólo ángel en el espacio. Lo mismo las de Gagarin, Armstrong… Se limitaron a recitar un guión. De cualquier modo, parece claro que de una juerga y su resaca de recibo no se sale diciendo esas cosas, lo que invita a sobrentender que ningún tripulante de Artemis II cruzó allá arriba ninguna línea roja etílica.
¿Qué añadir a esta evocación festiva y nupcial, a este eco de sociedad amable y rosa de la vida extraterrestre? Que no todo es jolgorio en la carrera espacial. El tremendo y recentísimo incendio forestal madrileño se ha llevado por delante el Complejo de Comunicaciones de Espacio Profundo de la NASA en Robledo de Chavela, sucesor o prolongación de la vecina y mítica estación espacial de Fresnedillas, primera en captar la voz de Neil Armstrong e inspiradora de El astronauta, película con Tony Leblanc y López Vázquez que ha sido el máximo logro hispano en la conquista del Cosmos, dicho sea sin intención de restar méritos a los recientes lanzamientos de los cohetes Miura-1 y Miura-2. Y es que aquella película y aquella estación eran netamente yeyés, sin nada que envidiar en tal sentido a Gagarin, El Cordobés o Espacio 1999. ¡Nada que ver con las bravatas de ahora! ¿O acaso décadas antes del despegue de los Miura no había ya Tony Leblanc alunizado en Almería y sido rescatado allí por un destacamento de caballería de los Estados Unidos y una patrulla de pieles rojas de pura cepa de Caño Roto?
También bajo las llamas del terrible incendio han ardido a lo bestia secciones importantes de Sotillo de la Adrada y Santa María del Tiétar. En la carretera que unía ambos pueblos abulenses había una finca que fue propiedad de mis padres y en la que de niño pasé no sabría decir si mucho o poco tiempo, pero un tiempo desde luego que esencial. Muchos de los moradores de ambos pueblos, leo, buscaron refugio en Brunete, escenario de la célebre y sangrienta batalla. Seguramente aquella finca -la vaquería, el gallinero, el sembrado de fresas, las ovejas- que no era nuestra desde la separación de mis progenitores, que ya ha llovido, no existe ya. Habrá quedado por allá, como en Brunete, algún casquillo de bala del fusil con que yo cazaba búfalos y me defendía de los ataques de la caballería. La finca, en efecto, no estaba en el espacio exterior, pero sí en mi espacio interior. Y, con o sin juergas en la órbita lunar… ¡ahí seguirá siempre!
¡Seguimos hacia Marte!
