IDAS Y VENIDAS. LA STASI, EL CABRERO, ANTONIO BIENVENIDA…

IDAS Y VENIDAS. LA STASI, EL CABRERO, ANTONIO BIENVENIDA…

17 de mayo de 2026 0 Por Ángulo_muerto
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JOAQUÍN ALBAICÍN

Se ha ido El Cabrero, a quien recuerdo en un mano a mano netamente surrealista con Paco Toronjo, hace ya unos añitos, en un teatro de las inmediaciones de la Puerta del Sol. Fue un farandulero con su personalidad, con su carisma, un aire a Clint Eastwood y letras incendiarias en la canana. Sólo ahora, por los obituarios, me he enterado de que salió de gira por Estados Unidos con Peter Gabriel, y me quedo atónito por que algo así no trascendiera o encontrase mayor eco en su momento ni siquiera entre quienes nacimos y hemos vivido toda nuestra existencia en la pradera del flamenco. Que un día, en fin, estás y al otro ya no, y entonces es cuando la gente nos percatamos de que estuviste.

Mas lo mismo que hay idas, se registran venidas. O regresos, si se prefiere. O vueltas a estar.

Llevo, por ejemplo, diciendo, escribiendo y publicando desde hace mucho que renace el vinilo, y resulta que no ando desencaminado. Mismamente, la otra noche en Madrid tiraron a Eric Clapton uno que casi le da en la cabeza. ¿Vuelve o no vuelve? ¿Llevo o no llevo razón? Y ha vuelto también Antonio Bienvenida, buena venida cuya sonrisa, para nuestra sorpresa, nos saluda el 10 de mayo desde la esquina superior izquierda del crucigrama publicado por diario últimamente tan hostil al toreo como El País y que, a fin de no herir al poder, de tan notorio modo se autoafeita periódicamente las astas. Y, a cuento de la publicación comentada por José Antonio Martín Otín de un microdiario suyo hallado entre sus papeles, no sé si en la maleta de Alicante restituida al final por Indalecio Prieto, ha vuelto José Antonio Primo de Rivera. Dada la luenga cuerda de mastuerzos que desde hace décadas el fundador de la Falange ha tenido que sufrir -y sigue padeciendo- como valedores, es bueno que sea así como reaparezca, descendiendo por la Gran Vía del brazo de Martín Otín, futbolista goleador y serio estudioso de la historia. Porque lo de José Antonio ha sido toda la vida como aquello de con estos amigos, ¿para qué queremos enemigos?

Y vuelven los neandertales, a quienes ya echábamos de menos, al descubrirse que hace casi sesenta mil años uno de ellos practicó a otro, lo más seguro que con ayuda de un punzón de jade, poco menos que una endodoncia. ¡Atrás, negacionistas! Y vuelve Ben-Hur la de toda la vida, la de Charlton Heston y Stephen Boyd, en sesión matinal y de tarde al Teatro María Luisa de Mérida, la antigua capital de la Hispania romana. Lo hace por un fin benéfico, como es propio de un príncipe que se las ha visto de galeote. También a Mérida y a su Escuela de Arte y Superior de Diseño regresa Javier Fernández de Molina, esta vez con Cerámica de Alacena, una exposición de alfarería ornada por sus pinceles, los que retrataron a Camarón. Y vuelve el gran Rasputín, ahora por obra y gracia de la pluma de Anthony Beevor, si bien no entiende uno muy bien para qué, cuando ya Edvard Radzinsky y Oleg Shishkin dejaron, cada uno por su lado, despejadas todas las ramificaciones, escaleras, puertas traseras, lechos, sobornos, violines zíngaros, ritos, alaridos y frascas de vodka que tejieron su vida secreta. A no ser, claro, y va a ser eso, que se persiga apuntalar de nuevo la versión canónica -y falsa- del personaje que, desde hace tiempo, corre riesgo de resquebrajarse.

Y por el canal de Netflix reaparece en las pantallas Starman, que tanto nos emocionó cuando a los quince o dieciséis años la vimos en el cine. No es Ben-Hur, pero no cabe duda de que un mejor encuadre habría logrado que la escena del hombre de las estrellas resucitando al ciervo adquiriese al menos tanta fuerza generacional e icónica como el dedo luminoso de E. T. Y vuelve en formato literario y de la mano de Acantilado la Stasi en la novela Los confidentes, de Charlotte Gneuss, a cuya protagonista imagino, para ponerme en situación y ya que lo francés no quita lo valiente, con los rasgos de Françoise Hardy. Vuelven, sí, las escuchas, la vida de los otros, la RDA, los Villarejos del proletariado. ¿Una novela de espionaje? No diría yo eso. Con esta novela retorna, más que la Stasi o los espías, el horror de la vida socialista, ese coñazo de pasar la vida fabricando entre cuchicheos objetos que no valen para nada, haciendo cosas cuya utilidad y sentido se antojan asimismo tan enigmáticos como tediosos, repitiendo a destajo significantes tan sin significado como el de que Adán y Eva fueron los primeros socialistas y aguantando ser a destajo aconsejado, interrogado y “ayudado” por familiares, amigos, vecinos, funcionarios… que, para más inri, es gente que no tiene nada interesante que decir, pues de por sí su vida no lo es. ¡Ah, la Stasi, ese organismo claramente precursor de la vigilancia que sobre ti empezarían pocas décadas después a ejercer las redes sociales!

Esta rentrée novelística de la StasiLos confidentes de Charlotte Gneuss, anótenselo- es también una ida, porque trata de eso, de que el novio de Françoise Hardy se va, huye al Oeste, a los pútridos brazos del capitalismo, en vez de soñar con pisar la Luna tras descender de una Soyuz. Dice la abuela: “La historia que aprendes en la escuela es la que ponen en la radio y la que sale en el periódico. Todo es mentira”. Claro que eso pasa también aquí y ahora, lo que suscita la pregunta de si no nos habremos ido todos de golpe y en masa para en un flashback, de bote pronto, volver y encontrarnos viviendo en un país socialista. Y es que las idas y las venidas, las partidas y los regresos, todo es un montaje, todo es susurro y buñuelo de viento, todo es un Tik Tok, un bucle, un Día de la Marmota, todo sale afeitado por más Antonios Bienvenida que desde el crucigrama nos lo denuncien con el dedo.

¡No bajemos la guardia! ¡La Stasi ha vuelto! ¡Ojo!