
CUANDO EL MUNDO SE QUEDÓ SIN CABINAS TELEFÓNICAS
11 de marzo de 2026 ![]()
JOAQUÍN ALBAICÍN
Hablábamos en nuestro artículo previo sobre el modo en que, cual víctimas de una venganza tardía -casi póstuma- de los cafés antaño por ellas suplantados, las cafeterías están cayendo como moscas, víctimas de una pandemia similar a la que acaba -casi ha acabado ya- con las cabinas de teléfono.
Seguimos, sí, leyendo cómics de Mac Coy o Manos Kelly, escuchando discos de Django y de Camarón con Paco o viendo películas y series de espías como si no pasase nada, pero claro que pasa, y mucho. Porque si las cabinas telefónicas desaparecen, ¿dónde van a cambiarse de ropa los superhéroes en el meridiano de sus misiones? Era la pregunta que me formulaba la otra tarde, ante unos chupitos de vodka, Javier Rodríguez Viñuelas, Cónsul de Tíbet en Bienvenida y dícese que legítimo y real propietario, aunque no le guste alardear de ello, del Pazo de Meirás. Hacía poco había visto, me contó, una aún en pie en Trujillo. Pero con una suelta, por ahí perdida en el quinto pepino y, encima, sin López Vázquez dentro… ¿Qué hacemos?
Y es que escuchar discos de verdad, igual que cruzarte en el curso de tu paseo con una cabina telefónica, te depara alegrías. Cathy Claret, por ejemplo, ha sido para mí todo un descubrimiento. Por supuesto que desde hacía años sabía de ella por el Bolleré grabado por Raimundo, quien por cierto ahora ha empezado gira. Que es del sur de Francia, que mueve por ahí con éxito su museo itinerante del flamenco pop… Pero sólo hace poco, tras adquirir y escuchar un disco suyo, he descubierto a algo así como una Norah Jones que se hubiese criado musicalmente a caballo entre la Camargue y las Tres Mil.
Dediquemos, pues, señoras y señores, y con mayor motivo ahora que Cathy acaba de grabar con Emilio Caracafé, una ovación cerrada a lo genuino, a lo de siempre, a la verdad. ¡Sigamos rastreando y utilizando cabinas y pinchando discos, a ser posible de treinta y tres revoluciones por minuto!
¡La cabina! ¡Eso sí que es un medio de comunicación! Porque el recurso a las redes sociales, que es lo que prima, no se nos antoja, en cambio, que ande aportando nada salvo más y más confusión al ritmo dislocado a que que los días pasan. Autenticidad… poquita, por no decir que cero. En su momento, cuando Twitter pasó a ser X, un montón de usuarios abandonaron ese escaparate, pues ¡no iban a permanecer como si nada en una red controlada por un malvado oligarca opresor de la Humanidad! Y se pasaron en bloque a otra red propiedad, claro, de otro oligarca que, en este caso, debe tratarse de una bellísima persona, sensibilísima a las inquietudes de todos ellos. Y poblada por suscriptores que, como buenos bostonianos woke, mayormente se expresan en inglés y dudo sinceramente que alienten especial interés por leer los tuits -o como se llamen en esa red- de autores, editoriales o, en general, bípedos de España que los escribimos, además, en castellano. No digamos por los de quienes los redacten en catalán o gallego. Esto dice mucho, por supuesto, en favor del espíritu desinteresado de los tránsfugas y poco en favor de lo rugoso de su encefalograma.
Consciente de las limitaciones idiomáticas de mi obra, he continuado sin reparo alguno atrincherado en X. Ello no significa que no me dé cuenta de que, si se te ocurre denunciar -no me gusta la palabra- una publicación denigratoria contra el pueblo gitano, el analista, androide o lo que sea a cargo de dirimir el asunto en la susodicha plataforma te responde invariablemente que no encuentra en ella nada censurable ni contrario a las normas de la red, porque claro, los gitanos no pertenecemos a la minoría -¿minoría?- LGTBHQRST. El tonto soy yo por esperar otra cosa, evidentemente… Además de que tampoco antes de Elon Musk el tema funcionaba de modo muy distinto. Dicho esto, uno de paso se pregunta cuántos internautas quedamos en X manejando cuentas en las que aparezca nuestra foto, nuestro nombre, nuestra ocupación real… y que, además de no dejarnos arrastrar por furias y malas babas xenófobas, lugares comunes malsanos y faltones y el compulsivo vaciado de cubos llenos a rebosar de incultura, no sólo no posteemos “a sueldo de” o, directamente, no seamos robots puros y duros, mecánicos difusores de vídeos e imágenes producto de la inteligencia artificial y de cuya veracidad o no somos informados por una empresa que, no se olvide, tiene -como todas- un dueño, sirve a unos amos y mide la veracidad o falsedad de unas imágenes a tenor de lo que a éstos interese. Como decía el otro día El Roto en un chiste en El País: la realidad no está garantizada.
El irónico dictamen no me suscita, la verdad, apenas dudas ante la constatación de cómo tantas personas a las que he respetado por su inteligencia, cultura y criterio se han convertido en X en farfollantes cruzados de las causas más paletas -por no decir ignominiosas- que imaginarse pueda o, en el mejor de los casos, en caricaturas de sí mismos. No hablemos ya de los judíos que lo son sólo en el ciberespacio, las seductoras beldades -en realidad, señores de cincuenta años y en el paro- o los pretendidos disidentes – venezolanos, iraníes, rusos…- que sirven de máscara a eternos adolescentes españoles cuya voz, a través de un teléfono de cabina, no engañaría a nadie.
Y es que, al quedarse sin cabinas, el mundo se ha llenado de cubiles.
Teletrabajo, lo llaman.


