LUNA COMANCHE

LUNA COMANCHE

12 de enero de 2026 0 Por Ángulo_muerto
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JOAQUÍN ALBAICÍN

Hace un tiempo me quedé frustrado cuando, en el desenlace de la última temporada de The Americans, un alto oficial del KGB que me resultaba simpático era capturado por el FBI y quedaba recluido en una celda, creo que de paredes acolchadas, decidiendo los guionistas abandonarnos en la ignorancia de no saber si algún día saldría de ella. ¿Sería canjeado? ¿No? Ni idea. La productora echó el cierre y despidió al equipo artístico y técnico sin preocuparse de en qué estado de frustrante incertidumbre nos dejaba sumidos a los enganchados a aquella intriga por capítulos.

La drástica decisión me marcó a fuego, por lo que trato de no volver nunca a pasar por un trance de tal índole. Así, el otro día y tras una charla con Luis Bustinduy en Casa Manolo, rescaté de nuestro piso de Madrid un álbum del teniente Blueberry. Había olvidado que la aventura en él recogida no acababa en su última página, al pie de la cual Charlier y Giraud nos remitían a la próxima edición si deseábamos saber si el gran jefe Gerónimo y el insubordinado Blueberry con él encarcelado conseguirían escapar o no. En estos casos nunca te resuelve la duda la historia oficial, que es no sólo distinta, sino que a menudo está más manipulada que la del cómic, por lo que procedí a localizar en el mercado de segunda mano el episodio en cuestión de Blueberry, que al poco la cartera me trae hasta la puerta de mi mansión extremeña al tiempo que la nueva novela de la colección Frontera de Valdemar, titulada Luna comanche.

Y es que para mí nunca ha habido Navidad sin indios. La gente vincula emocionalmente estas Fiestas, y es lógico, al portal de Belén, los pastores, Papá Noel, los alces de su trineo… Pero, como su cenit es para mí la Noche de Reyes, yo la asocio de modo instintivo a pieles rojas, piratas, juegos de mesa… ¡Y maquetas! No en vano se me saltaron el otro día las lágrimas al constatar que en la calle Desengaño, detrás de la Gran Vía madrileña, existe aún y sigue abierta Reyna, la tienda de modelismo a la que cada viernes, tras recogerme en el colegio y antes de ir a merendar tortitas con nata y fresa a Galerías Preciados, me llevaba mi abuela. ¡Aquellos jeeps y tanques de Tamiya y aquellos bloques de madera de balsa en los que tallar galeones! Y, por supuesto, una Navidad sin el fuerte de Comansi no es bajo ningún concepto, y lo repito cada año, una Navidad en condiciones.

Larry McMurtry, autor de la novela y de quien habíamos ya disfrutado La jornada del muerto, fue pluma prolífica y galardonada y además proclive al tocho, lo que te garantiza bastantes horas de placentera lectura. La luna comanche, explica en el prólogo Alfredo Lara López, es la luna llena de otoño, bajo cuyo influjo los caballos relinchan ya bien alimentados y dan comienzo las incursiones por granjas y ranchos de sus jinetes, los comanches y kiowas que galopan tanto en el mundo de la vigilia como en sueños. Era así llamada “por la vieja ruta de la guerra”, ya que: “Durante más tiempo del que nadie podía recordar, había sido siempre bajo la generosa luz de la luna de otoño cuando los comanches se adentraban más profundamente en México para matar, saquear y llevarse cautivos”. Alumbrados por esta luna, ¿con quiénes nos topamos? ¿Quiénes se unen a nosotros como compañeros de viaje?

Un capitán de rangers, cornudo complacido al que llaman Viejo Clavo por su costumbre de limpiarse los intersticios dentales con un clavo de herradura, devoto de Aníbal y del paso de los Alpes de su ejército a lomos de elefantes, lector de Jenofonte y dueño de un caballo de rasgos y fama similares -a escala regional- a los del Bucéfalo de Alejandro. El jefe Joroba de Búfalo a quien ya encontramos en La jornada del muerto y a quien se une ahora Lobo Pateador, gran cuatrero, guerrero no menos temible y enreciado, como él, en la dura e implacable vida de las praderas y desiertos de México y Texas. La pareja de rangers protagonista ya de aquella otra novela -así como de Lonesome Dove– que son Woodrow Call y Gus McCrae, a quienes imagino con los portes y andares de, respectivamente, Robert Redford y Lee Marvin. Las dos eternas pseudo novias de éstos. El mundo de las esposas de adalides pieles rojas como los antedichos o el ya anciano Árbol Lento. Zapatos Famosos, explorador kickapoo, tribu con la que, la verdad, nunca me he parado mucho pese a ser sus integrantes -me entero ahora- los primeros seres humanos a quienes, cuando en nuestro planeta sólo había búfalos, permitió el Padre Búfalo abandonar el mundo subterráneo y vivir en la superficie de la Tierra. Y Ephaniah, conocido tanto por el Anciano como por el Señor del Último Día, uno de los primeros cazadores de castores llegados a tierra comanche, bebedor en su día de agua del nacimiento de un río que da la vida eterna… ¡Magnífico el pasaje en el que Joroba de Búfalo hierve una cabeza de ídem para fabricarse un buen escudo, operación de la que se obtiene, además, un suculento caldo salpicado de pelos! Los jóvenes, por desdicha, empiezan a perder las viejas tradiciones y no todos aprecian en lo que vale y sabe ese manjar.

Y bueno, un viejo profeta que no descarta, gracias a su gusto por la carne de armadillo, desarrollar un día una coraza similar a la de tan simpático animal. Y es que: “Se suponía que los comanches eran primitivos, pero la inteligencia con la que luchaban era mucho mayor que la que los rangers eran capaces de desplegar”. ¡Ah, amigos! Es por ello que la aventura da para muchas ramificaciones y se prolonga hasta las montañas mexicanas donde reina Ahumado, un sádico bandido. Mas, sobre todo y para nuestro deleite, McMurtry nos dibuja y regala una caracterización de los comanches como individuos inmersos en el océano del surrealismo cuyas acciones, reflexiones, decisiones y gestos no habrían alcanzado ni de lejos, en fidelidad al método crítico-paranoico, los de un Dalí o un André Breton. París, pues, poco inventó en ese sentido. ¡Antes estuvo Texas!