
JUAN RAMÍREZ Y EL GENIO DE LA LÁMPARA
6 de enero de 2026 ![]()
JOAQUÍN ALBAICÍN
Esto va muy deprisa. O es la sensación que invade a uno. Ahora, en víspera de Reyes y como el año pasado a La Chunga, su Ángel de la Guarda se ha llevado de la mano hasta el Paraíso de los Antepasados al gran bailaor Juan Ramírez. Nacido en Mérida, no se formó como artista en Extremadura, pues era muy joven cuando su familia emigró al Levante, convirtiéndose desde entonces Benidorm en su ciudad para toda la vida. Allí en la playa le recuerdo, con sus botines, taconeando un día tras otro sobre una roca. No es de extrañar que después, bailando sobre las tarimas de los simples mortales, le sonaran los pies como no sonaban a nadie. En Sevilla tomó clases del gran Farruco y otros bailaores, pero creo que su gran fuente de inspiración fue, de todas todas, La Chana. Y siempre me habló como de su verdadero maestro de un nada célebre bailaor alicantino llamado El Duende -cetrino, delgado, con gafas y un aire al Güito– a quien una noche me presentó en Candela.
Hace unos años me llamó para quedar, formulándome apenas pedimos los cafés una propuesta exótica en grado sumo. Se sentía entusiasmado con poder llevar a los escenarios una versión flamenca del cuento de Aladino. Él iba a encarnar al genio de la lámpara y había pensado -más bien, decidido- que yo hiciera el papel de sultán. Como hija mía había pensado en Karime Amaya, elección que juzgué de lo más acertada.
-Pero, ¿tengo que bailar o cantar? -pregunté.
-No -me aclaró-. Sólo accionar y, a lo mejor, hablar un poco. Alguna frase.
Como me acordé de mi abuelo, que siendo torero hizo muchas veces en el cine, sin problemas, de jefe piel roja o rey moro, me dije que la cosa no debía de ser tan difícil y, temerariamente, acepté. A aquello siguieron semanas y semanas de reuniones y conciliábulos en la Plaza de Santa Ana hasta que, como tantas veces acaece, el proyecto quedó aparcado para siempre y, con él, mis esperanzas y las suyas de catapultarme como estrella teatral.
Él ya era desde hacía mucho un triunfador a ley en los tablaos madrileños y en las más importantes citas flamencas, conociendo sus temporadas de mayor popularidad en los tiempos de sus giras primero con el sexteto de Paco y con Tomatito después. Como tantas veces resalté en mis crónicas, los pies de Ramírez sonaban a gloria y su danza ascética y de extrema sobriedad, en ellos basada casi en exclusiva, explicaba a la perfección por qué en India la percusión es a menudo instrumento solista en conciertos en los que son sus hermanos de viento y cuerda los que acompañan.
Le faltó quizá dar con el hombre adecuado para dirigir su carrera, alguien con fuerza en los despachos y, a la vez, con la torería, mundología y tablas apropiadas para encajar dentro de los márgenes de su compleja personalidad, pues era de natural tímido, reservado y un tanto receloso del mundo en general. Pero él y Antonio Canales han sido, a mi humilde entender, los bailaores de su quinta que más han influido para bien en los de las dos generaciones siguientes. Ambos, no por casualidad, solían llevar a sus espaldas a dos guitarristas para el baile tan emblemáticos como Ramón Jiménez y El Viejín, este último también en las miras de Juan como eventual compositor de la partitura de su Aladino.
Siendo hondamente tradicional, su baile no se parecía al de nadie. Y la musicalidad y las fantasías rítmicas -ejecutadas sobre un palmo de terreno- características de su juego de pies quedarán para siempre ahí, inmortalizadas en el Potro de rabia y miel de Camarón y en el frontispicio del templo del baile gitano. Es lo menos que merece quien, como él, eligió servir siempre con fidelidad y coherencia, sin la menor concesión a la galería, a los valores fundamentales de la línea artística que con tanta pasión y tesón hizo suya.
Como bien saben quienes lo vieron bailar… ¡Se ha ido un grande!


