PICASSO Y ÉL

PICASSO Y ÉL

15 de diciembre de 2025 0 Por Ángulo_muerto
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JOAQUÍN ALBAICÍN

Picasso hizo una tarde a mi tía María Dalbaïcin -ante Olga Khokhlova, su mujer, que, como ella entonces, había sido figura de los Ballets Rusos de Diaghilev- un retrato precioso en un café de París. Picasso había diseñado los decorados para Cuadro Flamenco y Le Tricorne, por ella protagonizados. Dalí no llegó a inmortalizarla al óleo, pero, de no ser porque falleció a los veintiocho años, estoy seguro de que hubiera terminado por hacerlo, por más que nunca picoteara por los ambientes de Diaghilev. Pero sí le fascinaba el mundo gitano, como da fe su atracción magnética hacia La Chunga o Manitas de Plata. Así que sí, la habría pintado, si bien al estilo y en el aire en que pintó a Raquel Welch.

Un poco lo de Picasso cuando una dama que, tras serle mostrado el retrato salido de sus pinceles, se quejó:

-¡No me parezco nada!

Y Picasso, a su reproche de no encontrar similitudes entre ella y la señora del lienzo, le respondió:

-No se preocupe. ¡Ya se irá pareciendo!

Lo explica Dalí en un pasaje de Picasso y yo, ahora lanzado por Elba Editorial en edición de Víctor Fernández, al advertir de que: “Lo absoluto ha sido devorado totalmente por lo accidental; la realidad ha sido reducida a inestable apariencia de lo más fugitivo y confuso de sus aspectos”, así como de que “de la objetividad se percibirán, únicamente, las mas leves resonancias”. Llevaba razón. No en vano es la suya una apreciación, en el fondo, muy guenoniana y en la línea de esas querencias de Breton hacia Guénon. Me gusta mucho una foto de él en que, sin Gala a la vista y desde su barrera probablemente de Barcelona o Figueras, alza el pañuelo para pedir la oreja. La imagen ha adquirido con el tiempo matices acusatorios. Y es que hemos alcanzado un punto en el que casi nadie sabe ya pedir una oreja, ni cuándo ni cómo ni por qué hacerlo. Hemos llegado, en efecto, a un mundo sin orejas, rabos ni patas. A un sinsentido institucionalizado. Se ha normalizado el aplauso a la inanidad.

Esto, de hecho, venía desde hace mucho barruntándose, pues ya la corrida surrealista celebrada en Figueras en el 61 no salió como debía, quizá porque, pese a llegar Dalí a la plaza con una hogaza de pan en la cabeza, lo hizo precedido por gigantes, mas no por cabezudos. Lo de los cabezudos es especulación mía, admito ignorar hasta qué extremo su presencia habría afianzado el logro de los objetivos crítico-paranoicos del festejo. El caso es que al final no pudo contarse con el helicóptero que debía portar por los aires al último toro sacrificado y hacerlo caer al mar. Algo parecido sucedió en el 65 con el intento asimismo fallido de Vinaroz. También creo que lo suyo habría sido confeccionar los carteles con espadas gitanos y mexicanos, que -con excepción de El Platanito y El Cordobés– han sido los únicos toreros destiladores de un arte afecto al surrealismo. Haber, sí, traído como fuese desde su retiro en Texcoco a Silverio, o al Procuna aún en activo, o hacer reaparecer para la ocasión a un Rafael Albaicín entonces a caballo por los spaghetti-westerns de Almería o a un Gitanillo de Triana al frente de su tablao madrileño. Y llamar a Yul Brynner para pedir la llave de la plaza… Y Manitas de Plata tremoleando desde un palco. Pero no se hizo. No pensaron ni en Luis Miguel, quizá porque éste aún no había estrenado su vestido picassiano. El clima y las fechas ya fallaban, ya embestían a contraestilo. Se veía venir el desastre actual.

Cuenta Dalí en Picasso y yo cómo una noche lluviosa en que el segundo salió a comprar tabaco en pantuflas él extendió a sus pies su abrigo de alpaca adquirido en Manhattan para que el fumador cubista no se ensuciase ni mojase el calzado al pisar los charcos. La imagen me hace evocar la de un torero ofreciendo su capa a los morros del toro al que intenta descabellar. Y es que ya en las postales incluidas en el libro, remitidas por el autor de El gran masturbador al del Guernica, se percibe o intuye una admiración demasiado trémula, algo tartaja, un poco entre charcos, no sé.

No hay duda de que la alusión de Dalí al “clima de confusión ideológica y moral en que tenemos el honor y el placer de vivir en este momento” es válida hoy, solamente que, en mi caso, más que de asuntos ideológicos o morales, hablaría de incompatibilidad directamente antropológica entre mi persona y lo que hay. Estoy también de acuerdo en que “las criaturas que pueblan la superficie de las telas y el mundo de la poesía obedecen y tienen condiciones de vida bien diferentes de las criaturas que pueblan la superficie de la Tierra”, asunto sobre el que ya escribió Alexandra David-Neel a propósito de ciertos paisajes salidos de los pinceles de Tagore, otro ejemplo -como Dalí- de artista en funciones de médium.

Que aquí, Salvador, seguimos unos cuantos que, en fin, también nos consideramos y sabemos caviar. Y que escuchamos a Manitas de Plata. Así que… ¡Estáte tranquilo!