
UN COLABORADOR DE LA OSCURIDAD EXTERIOR
26 de noviembre de 2025 ![]()
Frank G. Rubio
Soy el escéptico entre los escépticos pero espero no ser un estúpido. En el cielo y en la tierra hay muchas cosas que no tienen explicación, y para las cuales con toda probabilidad nunca hallaremos explicación, esto forma parte de mi filosofía. Y nunca he escrito un relato en el cual cite acontecimientos que yo no crea puedan ocurrir. Admito haber tirado quizás demasiado de la cuerda, pero nunca hasta llegar a romperla. H.R.Wakefield
Herbert Russell Wakefield nació en 1888 en una pequeña localidad del condado de Kent y falleció en 1964 en Londres. Hijo de un clérigo contrajo matrimonio dos veces, no tuvo hijos y ordenó destruir, numerosa documentación personal y literaria, a su esposa. Realizó estudios de Historia Moderna en Oxford y fue un avezado jugador de cricket, golf, hockey y fútbol. Este asunto de los deportes, así como su etapa de editor, se refleja en algunos de sus relatos. En la antología de Diábolo en concreto la narración titulada Los señores Turkes y Talbolt (1932) nos da una visión especialmente descarnada y amarga del oficio de “publisher”. Como escritor produjo cuentos, novelas y ensayos. Pero es recordado fundamentalmente por la plétora de excelentes narraciones, “más de cien” en sus propias palabras, gestadas a lo largo de más de tres décadas, relacionadas en su mayor parte con el cuento de fantasmas.

Sucesor directo de M. R. James (1862-1936), que consideró favorablemente su primera compilación de relatos, publicada en 1928 y a la que se refirió como una mezcla, de la que debería sacar uno o dos que dejan un sabor desagradable, fue bien considerado a su vez por H.P. Lovecraft (1890-1937) que dejó consignado: de vez en cuando consigue alcanzar grandes cotas de horror a pesar de un aire viciado de sofisticación. Dos de las siete antologías publicadas en vida lo fueron por “Arkham House”, gracias al buen oficio de August Derleth (1909-1971) que le valoraba en lo que merecía. Vemos que siempre hay un “pero” y precisamente la razón de ese “pero”, distinta entre los diversos críticos, es la que le hace, lo notará el lector minucioso y atento, un autor especial y valioso. Un autentico maestro de lo sobrenatural y lo espectral. Es preciso señalar con una sonrisa sarcástica, para mejor apuntalar lo que insinuamos, que S.T. Joshi no le tiene en alta consideración y le considera “mediocre”.
Sobre los rumores de que este honesto y muy británico funcionario público, que conquistó el grado de capitán en la Gran Guerra en el prestigioso “Royal Scots Fusiliers”, estuviera cerca o no de “la extrema derecha” recalcar que esa aserción me merece escasa consideración dada la deficitaria cultura de los que mayoritariamente utilizan desde hace tiempo esta expresión en nuestro país.
Strayers from Sheol (1961, Arkham House), la antología que nos ocupa, traducida y anotada por Fernando López Guisado y Alberto Ávila Salazar, que añaden respectivamente un Prólogo y una Introducción, ha recibido en esta edición española el título de uno de sus relatos más destacados: El triunfo de la muerte, publicado originariamente en 1949. Fernando y Alberto informan en sus textos, entre otras cuestiones, de las ediciones en castellano de algunos de los relatos de Wakefield bastante dispersos por lo demás. No es un autor desconocido en nuestra lengua, ni en nuestro panorama editorial, pero puede perfectamente pasar inadvertido por la escasez y el desparrame de los materiales.
Dado que obra en mi poder la otra antología, publicada en castellano con una traducción infame, Las doce campanadas (Vértice 1964), también editada por “Arkham House”: The Clock Strikes Twelve (1946), te comunicaré, lector amigo, que está compuesta por relatos de gran calidad que fueron escritos entre 1932 y 1940 y que esperan la atención de un editor como Diábolo.

No es circunstancial, ni casual, que su introducción a la antología que ocupa esta crítica, que recuerdo al lector español fue la ultima que publicó en vida, se titule ¡Adiós a todos! Se encuentran acá muy acertadas y aceradas intuiciones y pensamientos sobre el destino del cuento de fantasmas al que el autor considera en peligro de extinción. Más aun en un mundo violento y en decadencia, estrafalariamente vulgar, donde la sutileza y el gusto declinan (Ben P. Indick). Este autor de la escuela clásica británica de fantasmas no dudaba, y por ello lo insertaba cada vez que le venía en gana en sus cuentos, de la vinculación de este subgénero literario al campo de las investigaciones psíquicas. Por descontado que para el lector medio español, atiborrado de Stephen King y cosas peores, un merluzo por lo general a caballo del ateísmo y el catolicismo (suponiendo que sean distintos), las palabras inspiradas de H.R. Wakefield le resultarán exóticas, apolilladas o aberrantes, cuando no “machistas” o “racistas”, cayendo consecuentemente en saco roto.
En mi modesta opinión, que comparto con otros críticos, los relatos de Wakefield, un narrador de la talla de Sheridan Le Fanu (1814-1873) o Robert Aickman (1914-1981), para mejor situarnos, ganan intensidad y perversidad si viajamos hacia el pasado. Intensidad: perversidad y gnosis…

Los misterios paganos: El desfiladero de los Chureles (1951); los fantasmas vengativos: La tercera sombra (1950), El cajón del centro (1961) o Cuatro ojos (1961); la naturaleza espantosa y sesgada del universo: Un pliegue en el espacio tiempo (1948) o lo más viscosamente psicogeográfico y mortífero, trazado en la genial fantasía: El estudio del señor Ash (1932) hablan de horrores clásicos. El autor, que no es precisamente un optimista, tiene muchas veces ramalazos del más tenebroso humor, como en el radiofónico: Caza de fantasmas (1948) Otro, más cercano de los asuntos basados en motivos de catacumba (reales) como El sepulcro de Jasper Sarasen (1953), o metafórico-psicologicas vinculadas a ese oficio de tinieblas que es el narrar desde el abismo de las profundidades del inconsciente: Los regimientos monstruosos (1961) ahondan en “asuntos internos”. Por descontado que en estos relatos el lector avezado y sin complejos atisbará, sin peligro, los despliegues arácnidos de todo tipo de malas pécoras, siendo absolutamente irresistible la lilitiana que aparece en este último relato citado.
El pasado nunca muere y con el tiempo ganan fuerza sus más tóxicas resonancias: el apetito de venganza de los muertos crece. Los fantasmas, queridos lectores, en cierto modo una imagen recurrente, trastocada y universal del “temor de dios”, deben ser evitados. Como debe hacerse con muchas “costillas de Adán”.
Bibliografía:
El triunfo de la muerte y otros delirios espectrales H.R. Wakefield (Diábolo Novelas, 2025)
Las doce campanadas H.R. Wakefield (Vértice, 1964)
H. Russell Wakefield: The Man Who Believed in Ghosts Ben P. Indick en Discovering Classic Horror F Fiction 1, edited by Darrell Schweitzer (1992)
EL TRIUNFO DE LA MUERTE
y otros relatos espectrales.
H.R.Wakefield
Diábolo Novelas. Colección Fantasmas.
2025



