SOÑAR CON RAMÓN

SOÑAR CON RAMÓN

17 de junio de 2025 0 Por Ángulo_muerto
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JOAQUÍN ALBAICÍN

Foto de portada: Óleo de Gene García

Hasta su Extremadura, donde desde hace unos años vivo, nos trae el ave en el pico la dolorosa nueva de la partida de Ramón El Portugués. ¿También Ramón? ¡Quisiéramos que no! Pero si. ¡También Ramón!

Nació, me contaba él hace ya tanto, en La Posada del Agua, un alojamiento en Mérida donde en aquella época solían parar muchos gitanos en los días de la Feria Chica, si bien era en Badajoz donde vivían sus padres y se crió él. Sus primeros pasos artísticos allí, como luego en Madrid, su ciudad desde muy joven, los dio de la mano de su tío Porrina. Pero bueno, esto lo sabe todo el mundo. Ya en la capital, esbelto y cetrino, desde el primer día se mandó cortar los trajes en Celso García y no tardó en revelarse prolífico en la grabación de singles. De sus intuiciones bebió con deleite un Camarón algo más joven que él y del que fue inseparable en aquellos dorados años madrileños de los tablaos.

Leo que si los cantes extremeños por aquí, que si los cantes extremeños por allá… Por supuesto que fue un intérprete genial por jaleos y tangos, pero también una de las voces más subyugantes que he escuchado por siguiriyas y Levante. Tocado por el Duende, burilaba un cante muy meloso, plagado de meandros y susurros de los que emergía radiante, con valentía y arrojo inauditos. Poseía un lamento muy hindú y, de hecho, fue en los restaurantes de Benarés y de Delhi, al perfumarme con los ecos de los cantantes de las orquestinas que animan las cenas, donde de más cabal modo comprendí de qué precisos y ocultos palacios nacía el paladar con que redondeaba la soleá y la cabal. Cuando siendo ya mayor fue operado y perdió la voz, trataba no obstante de cantar haciéndose compás en la mesa y a todos nos parecía seguir oyendo pese a todo aquel eco suyo que llevábamos grabado a fuego en la cabeza y el corazón, aquel timbre percibido por Carlos Lencero como de cristal.

Yo he soñado mucho con Ramón y, en los tiempos en que nos veíamos casi a diario, ya de madrugada, cuando nos encontrábamos le contaba esos sueños, que él escuchaba con atención allá en la barra del Cardamomo o del Patas. Un día imaginé, y así lo escribí y publiqué, cómo sería escuchar cantar a Ramón El Portugués, aquel rey de las noches bohemias, en la Estación Espacial Internacional mecida, allá en lo alto, por la Música de las Esferas, con los astronautas arreándose un pelotazo de anís y rasgándose las camisas en la atmósfera sin gravedad. O en las soledades antárticas, con un elefante marino convertido en esfinge, en lo alto de un promontorio helado, como única audiencia. Adivino ahora que aquel artículo fue, de algún modo, producto también de sus frecuentes apariciones en mis sueños.

Seguro, querido Ramón, que seguiremos encontrándonos en sueños. Y por descontado que la emoción que nos regalaba el fuego purificador de tu cante me acompañará para los restos…