UN TRATADO SOBRE LOS FANTASMAS

UN TRATADO SOBRE LOS FANTASMAS

2 de febrero de 2025 0 Por Ángulo_muerto
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JOAQUÍN ALBAICÍN

Mi generación pegó el estirón muy familiarizada con las almas en pena, pues de nuestro mundo formó parte esencial Exin Castillos, cuya caja incluía las figuras de un fantasma y una bruja. Una relación mucho más estrecha con espectros mantuvo, claro, el Príncipe Félix Yusupov, quien recuerda en sus memorias cómo en su palacio de Moscú, en una salita de estar contigua al dormitorio de su madre, mucha gente escuchaba a menudo misteriosas voces de origen desconocido llamando por sus nombres a quienes se encontraban en ella. También haber visto, junto a otros tres testigos, una noche pasar a gran velocidad un tren por un lugar boscoso por donde jamás había sido tendida una vía férrea.

Esa generación mía creció también muy en comunión con las novelas de Walter Scott. Con Ivanhoe, figura articulada lanzada con las facciones de Robert Taylor por la casa Mego, jugué mucho. Y leí, claro, la novela urdida en torno a su convalecencia y hazañas, primeramente en la versión de Joyas Literarias Juveniles pensada para mi edad y para que nos enamorásemos de la bella judía Rebeca, no de Lady Rowena, sin caer en ese punto flaco -hoy diríamos que pijo- acusado por Ivanhoe.

Pero Walter Scott, quien con total seguridad hubiese dado su visto bueno a aquel muñeco con armadura de plástico, no sólo fue un literato cantor de las virtudes caballerescas del mundo medieval, sino también hombre educado -no sé si será pertinente decir que como buen escocés- en la intimidad con los fantasmas. Lo primero que hay que anotarle es lo bien que escribía. Era otra época, claro. Hablamos de 1830 y, para publicar, se exigía eso. No había lo de hoy, en que se ficha como novelista a quien tiene, sí, “una idea”, pero a quien, como carece de arte y talento, ha un equipo de “negros” de “editar”, es decir, reescribirle la novela o el ensayo que salen luego al mercado con su nombre en la portada. A Walter le sucedía como a mí, que lo que firmaba era por haberlo escrito él. En su época los fantasmas vivían en los castillos, no en los catálogos de las editoriales.

En sus Cartas sobre demonología y brujería, que circulan arrastrando sus cadenas por el mercado gracias a Alba Editorial, se centró en el estudio de lo que conocemos como fantasmas, pero extendiendo su campo de observación por un lado a los elementales, es decir, hadas, elfos, ondinas… y, por otro, a la nigromancia. Y sin descuidar campos a menudo relacionados por diversas razones con el mundo sutil como la duermevela, los trastornos psicosomáticos, el curanderismo, la política, la astrología, la picaresca o el derecho eclesiástico o civil. Así que encontramos ululantes estantiguas en estas páginas, fantasmas en la línea del residente en Canterville, pero también a Thomas El Rimador, compositor de un famoso poema sobre Tristán e Isolda cuya historia era el más antiguo caso conocido por Scott de un hombre que adquiere facultades sobrenaturales tras haber visitado el reino de los elfos en compañía de la Reina de las Hadas. Y nos reencontramos con el reverendo Robert Kirk, autor de El pueblo del secreto y raptado por las hadas en 1692 en Aberfoyle. Y leyendas artúricas, pues Merlín, por si no lo sabíamos, fue un elfo. Y a los gigantes antediluvianos. Y a Diómedes en combate, cruzando su espada con la de Marte. Y a Snorro, druida islandés -poco después, paladín del cristianismo- instructor de un juicio penal por desahucio contra estantiguas a las que llamó a testificar. Y furibundos calvinistas. Y a Juana de Arco. Y actas de procesos penales por brujería. Y puntas de flecha de elfo a porrillo, que en tiempos la gente recogía a puñados por el campo… Y es que en Inglaterra, como Scott nos recuerda, la ley estipulaba antaño que el cadáver de un suicida fuese, por si las moscas, atravesado por una estaca.

No faltan, además, interesantes reflexiones acerca de cómo, a partir de la mutación del cristianismo en religión imperial y la condena a muerte por Constantino de quienes tratasen de adivinar el porvenir, pudo -al menos, en ciertos momentos y situaciones- tejerse la mezcolanza de ritos precristianos y cristianos en poblaciones recientemente bautizadas. Un mundo, en suma, harto más interesante que el actual, pese a que en ciertos personajes de las festividades extremeñas -como los ramiros de Fuente de Cantos o las carantoñas de Acehúche- continúe siendo perfectamente reconocible la impronta de los elfos.

Es la de Scott al afrontar estos asuntos una postura no tanto escéptica como prudente ante la reacción que pudieran suscitar en las autoridades algunas de sus afirmaciones. De hecho, declara no pretender “ni combatir la visión de quienes me precedieron ni promover ninguna otra de mi creación”, y sus consideraciones de orden teológico le llevan a explicar la mayoritaria incomprensión del carácter de los fenómenos sobrenaturales y de los que hoy llamaríamos paranormales por el “apartamiento de las esencias celestiales” sufrido por la humanidad tras la expulsión del Paraíso. Sin duda pensaba sinceramente que la creencia en hadas, elfos o almas en pena estaba desapareciendo “en los países bien instruidos”, aunque la realidad es que donde principiaba a extinguirse era en Occidente, es decir, en los países oscurantistas obnubilados por la superstición del progresismo.

Hoy la situación es en este sentido más o menos la misma, con la salvedad de que el occidental medio, fundamentalmente ateo, al haberse interrumpido sus contactos regulares y digamos que normales con los universos sutiles, ha reducido estos a los registrados en el ámbito de lo más o menos diabólico. De ahí la frecuencia de sus encuentros no con hadas o elfos, sino con los denominados y percibidos por él como “extraterrestres”. En cuanto a los cazadores de brujas calvinistas, católicos o luteranos, han sido reemplazados por los afectos a las ideologías, construcciones mentales de tipo patológico indisociables de la manía persecutoria. Así que cuanto Walter Scott, padre de Ivanhoe, escribió al respecto en 1830 goza hoy de absoluta vigencia.