REGRESANDO A MONSALVAT II

REGRESANDO A MONSALVAT II

12 de abril de 2025 0 Por Ángulo_muerto
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Marcos Gimeno

Una redención ético-comunitaria.

Tras introducir en nuestro primer artículo los conceptos elementales que sustentan la actividad creativa de Wagner, intentaremos reflejar cómo se manifiestan operativamente en el Parsifal. Principalmente, haremos referencia al modo en el que se revelan los diferentes sentidos que tiene la palabra redención para el compositor alemán. En esta última obra se exhibe tanto una redención existencial, que afecta a cómo nos relacionamos con quienes nos rodean, como una redención de nuestra condición de seres determinados por el transcurso del tiempo mensurable. Si enfocamos esta cuestión de una manera antropológica, llegamos a la conclusión de que los dos aspectos esenciales de nuestra naturaleza son, por un lado, el hecho de estar atravesados por vínculos que nos trascienden y, por otro lado, nuestra condición de seres finitos y mortales. Ambas consideraciones denotan una perspectiva trágica sobre la condición humana, donde la noción de límite nos define, lo cual no debería sorprendernos si tenemos en cuenta la influencia decisiva que tuvo la tragedia ática en la obra de Wagner.

En esta segunda entrega nos centraremos en la redención existencial o ético-comunitaria, que implica la purificación de los lazos que nos unen al resto de miembros de nuestra comunidad. En este sentido, resultará conveniente el término “lazo existencial” utilizado por Roger Scruton en el libro titulado Wagner’s Parsifal: The Music of Redemption (2020). De los dramas de Wagner se deduce que la interpretación liberal e individualista de la vida humana, según la cual la vida social se articula a partir de una sucesión de contratos establecidos libremente, es una ficción. Es más, los seres humanos estamos atravesados por lazos existenciales que nunca hemos elegido, tales como la relación con nuestros padres, o los procedentes de nuestra herencia cultural y religiosa, que son lo que realmente definen nuestra existencia. No obstante, no todos los lazos existenciales son iguales: debemos diferenciar entre los que conducen a la realización personal y los que producen autodesprecio —la esclavitud y el abuso sexual, por ejemplo.

Siguiendo con este razonamiento, Scruton interpreta el pecado como una existencial pollution (“profanación existencial”) que consiste en establecer relaciones contaminadas e impuras con los demás, en las cuales alguna de las personas implicadas no es tratada como un sujeto soberano, sino como un objeto. No obstante, Wagner tiene la virtud de no ser maniqueo en este punto: en sus obras conecta el pecado y el perdón, el sufrimiento y la compasión, la caída y la redención, en una red de necesidad, uniendo las partes conflictivas de la vida humana de una manera clara y misteriosa por medio de la música. De hecho, en el Parsifal presenta una interdependencia entre el amor, el pecado, el dolor y la compasión, aspectos mutuamente dependientes de una vida plena, así como el anhelo que sentimos por algo que está más allá de nosotros mismos y que hace que nuestro sufrimiento merezca la pena.

Precisamente, el Santo Grial simboliza el descubrimiento de lo que debemos ser nosotros mismos y en relación con los otros, es decir, la respuesta a ese anhelo de descubrir aquello que nos desborda. Podemos hallar indicios de esa bendición o perdón que alivia nuestro sentimiento de culpa en ciertas experiencias liminales, como por ejemplo enamorarse, recuperarse de una enfermedad, convertirse en padre o descubrir con asombro las sublimes obras de la naturaleza. Al dramatizar el conflicto entre el Santo Grial y el pecado, Wagner desnuda, de un modo sublime, la tensión que subyace en el seno de la condición humana entre el anhelo de pureza y el carácter profanador de la dominación, que es la raíz del olvido del amor y, en consecuencia, de la disolución de las comunidades. En definitiva, el Parsifal no es una narración sobre la caballería y el celibato, sino sobre la búsqueda de un antídoto para esa lacerante culpa que nos hiere. El advenimiento de un nuevo comienzo requiere del florecimiento de la compasión; es decir, implica asumir que la salvación del otro depende de ti.

El maridaje que ensaya el compositor alemán entre las distintas tonalidades del alma se traslada a la acción que contemplamos sobre el escenario. Por citar un ejemplo, el sentido de desolación que transmite el preludio del tercer acto, esa Tierra Baldía que después retomaría T. S. Eliot en el poema homónimo, es el resultado de la compasión que Parsifal ha desarrollado en el acto anterior, así como de la impotencia que siente al comprender que nunca podrá penetrar plenamente en la fuente del dolor ajeno. Sin embargo, el espíritu del Viernes Santo, entendido como manifestación de lo intemporal, enmienda este estado de postración. Por tanto, el argumento de la obra puede leerse como una expresión de la renovación primaveral, de ese milagro que, cíclicamente, devuelve a la tierra baldía su vigor. La regeneración que supone la celebración de la ceremonia eucarística, revivida ahora en el marco del drama musical wagneriano, se convierte en el factor que redime la condición trágica del ser humano. Con todo, nuestra intervención sigue siendo el factor decisivo para que se actualice el sacrificio del Redentor, cuya memoria anima la compasión que vuelve a sacralizar nuestras vidas y renueva el orden del mundo.

De la producción artística wagneriana se deduce que solamente hay un remedio para restablecer unas relaciones salutíferas entre el sujeto y el mundo: la compasión. Pero si para Schopenhauer, gran influencia del compositor a este respecto, la compasión implica una actitud de renuncia por medio de la cual negamos nuestra propia voluntad, para Wagner la compasión supone una confrontación activa con el sufrimiento de otra persona. Debido a ello, la compasión empuja a Parsifal a transitar el sendero del pecado y la desesperación, materializado en el Jardín de Klingsor, no a evitarlo.

La compasión, tal y como la entiende Wagner, se corresponde con ese amor que los Evangelios denominan agapē, tan distinto del eros (“atracción sexual”), la storge (“amor familiar”) o la philia (“amor fraterno”). Así como es posible imaginar una versión abusiva y destructiva de cualquier otra forma de amar, es imposible, por definición, que el agapē conduzca a relaciones de dominación. Lo cierto es que sus características son muy singulares: por un lado, a diferencia de la caridad convencional, el agapē es más una llamada que una obligación social; por otro lado, se asemeja más a una suerte de simpatía (sympatheia, esto es, “sufrir juntos”) que a la caridad convencional, dado que no puede ofrecerse a un número indeterminado de personas, sino que se manifiesta únicamente cuando nos preocupamos por alguien en tanto que individuo, compartiendo sus intereses, necesidades y sentimientos como si fueran los nuestros. En suma, el agapē es un lazo existencial específico y sincero, no accidental, con la persona auxiliada.

No obstante, la compasión de Wagner no solo es un sentimiento, sino una forma de conocimiento muy singular que implica comprender cómo es ser el otro. Esta definición no debe llevarnos a confundir la compasión con la empatía, puesto que tener empatía es, simplemente, una competencia racional que nos permite adoptar el punto de vista de otra persona y comprender sus estímulos y respuestas. Si, por ejemplo, albergamos tendencias sádicas, esa empatía puede ser el combustible que alimente nuestro placer a la hora de infligir sufrimiento a la víctima, tal y como ocurre en el caso del mago Klingsor en Parsifal. En cambio, demostrar compasión es incompatible con el deseo de dominar a otros seres.

Para que pueda manifestarse un fenómeno tan singular como el amor agápico, las comunidades también deben tener unas características muy particulares, similares a las que encarnan los Caballeros del Grial en la obra. Este es el caso de las órdenes religiosas o militares, ya sean cristianas, budistas o sufíes, que surgen para intentar convertir el agapē en un lazo existencial auténtico y demostrar que es el único que verdaderamente necesitamos para instaurar la convivencia. Por ello, cualquier modalidad de amor diferente (erótico, filial, patriótico, etc.) ha de ser restringido o, directamente, excluido. De este modo, quienes aceptan los votos de la orden puedan dedicarse a la realización del agapē sin desviarse de su camino por culpa de la intromisión de cualquier otro tipo de apego.