UN MATRIMONIO POR CARTA

UN MATRIMONIO POR CARTA

27 de marzo de 2025 0 Por Ángulo_muerto
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JOAQUÍN ALBAICÍN

Antes de El gatopardo, parece ser que Lampedusa escribió más bien poco y, sobre todo, correspondencia, y esta mayormente dirigida a su mujer, Alessandra, conocida en familia como Licy. Parte de ese copioso carteo llegó en su día a manos de Caterina Cardona, que ahora -en Italia lo sacó hace años- lo publica aquí comentado con buen sentido crítico y bajo el sello de la editorial Elba. Escribir misivas extensas era antaño costumbre frecuente, pero acierta Cardona cuando juzga que, en el día presente, escribir, leer y descifrar cartas constituye una labor poco menos que arqueológica, pues es difícil, nos dice, incluso encontrar sellos y los buzones han quedado desfasados. Doy fe de que no le falta razón. Hace poco entré en una filatelia de Badajoz a preguntar por el precio del álbum de sellos de Rusia y el propietario o encargado se quedó como si le hubiese interrogado en chino sobre el número de habitantes de Tomelloso. Sencillamente, no tenía ni idea de qué era eso de un álbum de valores postales asociado a un país. Me pregunto qué venderá a los coleccionistas de sellos o en qué creerá que consiste el negocio filatélico. No entiendo, la verdad, que trabaje en una filatelia un señor ignorante de qué sea el álbum de sellos de Rusia. Pero bueno, tampoco me cuadra que una familia presidencial -como se dice en Estados Unidos- haya echado los primeros dientes profesionales en el mundo de las saunas de chaperos, y tenemos un ejemplo más que próximo hacia el cual dirigir la mirada, ¿verdad?

Mas, haciendo abstracción de las circunstancias y usos de una época, ¿por qué Lampedusa y la baronesa, aquellos dos cultos esposos, se escribían tanto y tan largo?

Pues porque Licy, rusa de la nobleza báltica, vivía la mayor parte del tiempo en su castillo en Letonia y Giuseppe, aristócrata siciliano, en su mansión de Palermo o por ahí. ¿Razón para tanto kilómetro de por medio? Pues residía en gran parte, nos dice Cardona, en que Lampedusa estaba demasiado enmadrado. Y bueno, para cuando la suegra partió de este mundo, el castillo de Alessandra se lo habían quedado los bolcheviques y la mansión de Giuseppe había perecido bajo las bombas de los Aliados. “La amada desaparecida”, la llamó a partir de entonces… Como a partir de que se quedaran sin las respectivas casas de sus sueños empezaron los cónyuges a verse y convivir más, ya pudo él, estimulado -o sanamente envidioso, que se dice- por el éxito de unos primos, tomar la decisión de ocupar menos tiempo en cartas y ponerse del tirón con El gatopardo. La foto de ambos que ilustra la portada de Un matrimonio epistolar debió ser impresionada ya en esta época, pues no parece que antes disfrutasen de demasiadas ocasiones de tomarse otra juntos.

Licy fue una de las pioneras en Italia del psicoanálisis, ese patología que pretende hacerse pasar por terapia. Y es que Giuseppe y ella conocieron la dulzura de vivir -es decir, la vida antes de la Gran Guerra- sólo por los pelos. A partir de ahí -véase, mismamente, en qué jalón de la pendiente nos hallamos ya- lo único que podía llegar era la decadencia… Quizá sea ese punto de caída, el tremebundo trastorno emocional que supuso la Revolución de Octubre con sus consecuencias lo que explique que a una aristócrata rusa le diese por el psicoanálisis. Que por ambiente se hubiese consagrado al espiritismo nos habría parecido hasta cierto punto lógico y -que nos perdonen los espiritistas- nada del otro mundo, pero… ¿psicoanalista? Hay que estar muy mal de la cabeza y llevar una vida muy poco interesante para afanarse con ese ahínco freudiano en revolver y contorsionar las de los demás. ¡Cinco horas diarias dedicadas a torturar al ama de llaves hurgando con un destornillador en sus penas y complejos!

¡Matrimonios! ¡Más cama y menos cartitas!