TACONES. CONFUNDIENDO ELEGANCIA CON PROVOCACIÓN.

 Pilar Baselga

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Robert Mapplethorpe, Melodía Zapato, impresión en plata, 1987, Nicholas Métiver Gallery.

 

Decía una feminista americana que si los tacones fueran tan buenos, los hombres no hubieran dejado de usarlos. Algunos hombres siguen usándolos, pero lo ocultan, como Sarkozy, porque hoy es percibida como una prenda exclusivamente femenina.

Si diferenciamos entre tacones y plataformas, los primeros tacones los llevaron los hombres: Luis XIV, bajito pero con un ego inconmensurable, fue el inventor del tacón, es decir un alza en el talón, dejando el resto del pie en el suelo.

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Zapatos de terciopelo rojo y bordados con seda y plata, son zapatos masculinos, de finales del siglo XVII, en Francia, semejantes a los que calzaban en la corte del Rey Sol.

¿Por qué nos ponemos tacones si son incómodos, dolorosos, deforman el pie, dañan las lumbares, en otras palabras, si perjudican la salud?
La respuesta es que no nos podemos imaginar la cantidad de tortura que estamos dispuestos a aceptar con tal de seducir, se ducere, de atraer hacia nosotros la mirada, el deseo, la atención. Cada mañana sufrimos al colocarnos las lentillas, irritamos nuestra piel al afeitarnos, ajustamos aros metálicos a nuestro busto, enfundamos incómodos pantalones para marcar paquete, apretamos cinturones a nuestro talle, aguantamos trajes con corbata, calcetines y zapato cerrado en pleno verano, soportamos dolorosas sesiones de depilación y tatuajes e infecciones varias por los piercings, sesiones agotadoras en los gimnasios y fitness, horas en la peluquería aguantando tintes abrasivos, secadores de pelo que achicharran la sesera, rayos UVA cancerosos para estar morenos... la lista es mucho más larga de lo que queremos reconocer.
Y todo eso lo aceptamos por el apego a la aprobación y el miedo a no gustar, a menoscabar nuestra imagen pública o a ser rechazados por los que queremos seducir:.. Todos tenemos miedo al rechazo, a estar solos, a no conseguir la atención del ser deseado, a ser apartados del grupo al que deseamos pertenecer, a perder nuestro estatus, nuestra imagen, nuestro trabajo, nuestra pareja....
Existe la convicción de que los zapatos de tacón siempre existieron porque, por ejemplo, los griegos utilizaban coturnos en los escenarios teatrales. Pero no podemos calificar los coturnos como calzado, sino que son parte de la indumentaria teatral, del mismo modo los zancos medievales tampoco se pueden considerar calzado habitual de los campesinos. Egipcios, griegos y romanos siempre usaron zapato plano.

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Chapines españoles del siglo XIII e italianos del siglo XVI.

Y antes, ¿qué nos poníamos las bajitas? Pues unos chapines, cuya plataforma podía alcanzar los 20 cm. Parece ser que fue un calzado de origen español pues la primera noticia de su existencia aparece en España a mediados del siglo XIII. A pesar de su incomodidad, eran muy populares tanto en España, como en Italia, y las mujeres elegantes gustaban lucirlos, especialmente las venecianas. Cumplían varias funciones: alzar la figura y alejarse del frío suelo y de la suciedad de las calles. No olvidemos que el caminar deprisa y cómodamente es una preocupación actual de este mundo de las prisas y del Time is Money. Caminar con pasitos cortos y lentos se consideraba una cualidad de dama refinada y elegante. Aunque la plataforma era de madera ligera forrada de cuero repujado, no era un calzado cómodo, pero por lo menos el pie no estaba deformado.

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Chapines del XVI, Museo del Traje, Madrid.

Los primeros zapatos de tacón femeninos aparecieron en Europa por influencia china en el siglo XVIII, -como ya dije, el tacón masculino ya existía- y fueron ni más ni menos que la adaptación occidental de la estética de los pies vendados de las chinas. Sorprendente, ¿no?

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Zapatos de 1730 de ante verde y seda, con cristales engarzados como diamantes, suela de cuero, Museo del Traje. Madrid.

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Zapatos chinos para pies vendados, principios de siglo XX.

Los chinos no querían que las mujeres fueran más altas, buscaban otras cosas. Desde el siglo XII, a partir de los 5 años las niñas de las clases sociales altas eran sometidas a la tortura de vendar sus pies doblándolos para que, enfundados en los zapatos, parecieran tener unos pies diminutos. Nos puede sorprender que esta deformación sea percibida por los chinos como sexualmente atractiva pero la silueta femenina en forma de rombo, es decir pequeña cabeza, caderas anchas y pies diminutos, es parte del ideal de belleza femenino en épocas antiguas de muchas culturas, basta recordar las Venus del paleolítico.

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Zapatos chinos para pies vendados, siglo XIX.


Varias razones poderosas, aparte de la estética, hicieron que esta costumbre se perpetuara durante 800 años. Primero, una mujer con los pies vendados no podía trabajar, sino estar sentada la mayor parte del día. Tener los pies vendados significaba pertenecer a una clase social elevada, y no necesitar trabajar y mancharse las manos para ganarse la vida. Al mismo tiempo una mujer con los pies vendados no se puede ir muy lejos, aunque no desee estar en esa casa, con ese marido espantoso que le han impuesto. Tener los pies vendados es como ser hemiplégica pero sin el engorro de la silla de ruedas. Por mi parte sospecho que, además, también existía en esta estética, como sigue existiendo, un gusto por las mujeres que parecen niñas.

Finalmente la razón más impresionante es que el intenso dolor provocado por la atrofia y deformación del pie a lo largo de tantos años mantenía la vagina contraída y pequeñita para mayor placer sexual del hombre.

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Como podemos apreciar en esta impresionante fotografía de un pie deformado, el vendado permite deformar el pie replegando los cuatro dedos debajo de la planta, el talón se hiperdesarrolla en un grueso muñón para compensar. El resultado es un pie diminuto que parece tener incorporado el zapato de tacón y se apoya tan sólo sobre el pulgar y sobre el talón hipertrofiado. Los zapatos del siglo XVIII muestran un cierto parecido estructural con el perfil de los zapatos chinos para pies vendados: los pies descansan prácticamente sobre el pulgar, de manera que la mujer parece caminar de puntillas.
Mao prohibió el vendado de los pies, no tanto por el dolor infligido sino porque era una marca clasista de diferencia social y porque las mujeres debían trabajar a la par de los hombres. Una vez más se vende la idea de la “liberación de la mujer” como un logro del socialismo, cuando lo que subyace es hacer de la mujer, como del hombre, ante todo una pieza trabajadora del sistema.

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El tacón tiene un carga erótica sadomasoquista implícita.


Por tanto, y aunque las mujeres que usan tacones en la actualidad no lo quieran saber, el zapato de tacón está relacionado directamente con el juego del poder erótico, un importante elemento de sumisión/seducción en la compleja relación del hombre y la mujer.
Los tacones son una parte interesantísima de la indumentaria porque por un lado, al parecer que caminamos de puntillas, parecemos ángeles desafiando la gravedad, pero por otro lado son una poderosa arma fálica de seducción. Yanguinizan nuestro yin1.
A pesar de los dolores que provocan, las mujeres los siguen utilizando porque no quieren renunciar al poder que estos objetos fálicos les otorgan. En nuestra cultura, el zapato de tacón es un elemento indispensable en la indumentaria de la seducción femenina, y vemos inevitable llevarlos para estar elegantes. Sin embargo esto es más una convicción cultural que una verdad absoluta, porque la moda actual confunde estrepitosamente elegancia con provocación.
Una mujer puede ser muy elegante sin querer que su atractivo esté dirigido a seducir sexualmente. Pero esta elegancia es muy difícil de lograr pues depende en gran parte de que la mujer haya tomado conciencia de que su personalidad tiene un atractivo en sí mismo, independientemente de que provoque interés erótico en los hombres.

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Esto me reafirma en mi convicción que el momento de ponerse los zapatos de tacón es .....al acostarse. Yo me los pongo para que me lleven en brazos. Caminar por la calle con ellos es una vulgaridad, pues es un reclamo a cualquiera que nos vea, una promesa de cama en un lugar poco apropiado.

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