
LOS ILEGALES
1 de marzo de 2026 ![]()
JOAQUÍN ALBAICÍN
Tranquilidad, amigos, que para nada estas lineas versan sobre la inmigración, pues no alberga su autor animadversión alguna en contra de la misma. Ni siquiera, en principio, contra la definida como ilegal, así a grosso modo, en plan entre monstruo reptante de Lovecraft y mesnada invasora. ¡Mucho menos en contra de la que goza de las bendiciones del registro civil y, por tanto, de los patriotas defensores de la civilización occidental! Y es que ya lo vislumbró Raimon Panikkar: quienes tienen tanto miedo a perder su identidad es que hace mucho que por méritos propios, y no por tener un vecino que come con palillos en vez de con cuchillo y tenedor, ya la han perdido.
Así que lo que van a leer, si lo leen, guarda, pues, relación con un turismo subterráneo diferente, otra clase de polizones y pateras, en fin.
Un titular del Hoy de Badajoz nos ponía en situación en noviembre de 2021: “El CNI”, rezaba, “alerta de que 20 millones de españoles pueden ser víctimas de campañas de desinformación”. No precisaba la fuente en cuestión que entre tales mareos de la perdiz habría que contar los bulos activados por el propio CNI o los medios de comunicación catalogados de oficio como “serios”, ya que, por motivos unas veces comprensibles y otras inconfesables, cuanto se publica sobre espionaje o terrorismo está casi por norma “tocado” -o “editado”, si se prefiere- por manos ajenas a la redacción.
¿Acaso no nos suena el Ecuador de Putin, ese donde hay que ir a buscar la rana dardo para extraer de su organismo un tóxico con el que envenenar a Navalniy, un poco al Laos de Belloch y Paesa? Sólo los muy imberbes en la lectura de periódicos pueden, en rigor, tragarse cosas como esta. O como que el Servicio Secreto estadounidense, con Obama en el Despacho Oval, habría recurrido a Jeffrey Epstein para intentar encubrir que un grupo de sus agentes se había ido una noche -perdón por la expresión- de putas, como si una agencia especializada precisamente en el encubrimiento -por eso se llama secreta– necesitase contratar a nadie para sustituirla en el cocinado de su plato fuerte. Pero quizá el ejemplo más notorio del componente de hipocresía característico de la labor de los soldados de la Guerra Oculta lo encarnen los agentes encubiertos desplegados sin credenciales diplomáticas por el Kremlin desde la fundación de la URSS hasta nuestros días.
La de los operativos soviéticos -y hoy rusos- que permanecen en estado larvario durante años, llevando adelante en un país remoto una vida falsa y cuya auténtica historia -nombre, orígenes y demás- desconocen incluso sus hijos es peripecia existencial ficcionada en su momento por la imprescindible serie The Americans. Sus protagonistas, el matrimonio formado por los Jennings, son dos de mis héroes sobre todo por lo poco comunistas que en el fondo son. Es curioso que el marxismo haya dado nacimiento a dos tan atormentados defensores, contra viento y marea, de la familia tradicional. Debo decir que no les va a la zaga la pareja -aunque alemana y del BND- protagonista de Unfamiliar, la nueva y excelente serie de espías de Netflix. Por lo menos, antes de darte cuenta de lo mala perra -y de cuidado- que es ella. Casi tan mala perra como la Carrie Mathison de Homeland.
La investigación de Shaun Walker –Los ilegales, publicada por Salamandra– iniciada a raíz de la detención en 2010 y en Massachussets de un matrimonio ruso que llevaba dos décadas pasando por canadiense incluso ante su descendencia -él impartía clases en la Universidad- pone de manifiesto en las distintas historias en ella recogidas, entre otras cosas, el deterioro psicológico soportado por unos individuos abocados a simular durante años ser quienes no son, pensar como no piensan, no expresarse en su idioma ni aun en privado, recordar un pasado que nunca han vivido, criar y educar a hijos ignorantes de quiénes son en realidad sus progenitores y que acaban a menudo en las gándaras del alcoholismo o con la salud mental hecha papilla.
Cuando en una cafetería de Moscú Walker conversó sobre su proyecto con Elena Vavilova, media naranja femenina de aquel equipo, ésta le explicó que: “Un espía es un actor que no necesita público ni escenario”… Y que, en caso de haber de encarar la tesitura de regresar a Rusia sin haber sido desenmascarada, la pareja habría fabricado automáticamente otra mentira -total, una más…- que endilgar a sus hijos, lo cual deja claro que incluso ante Walker continuaba esta fanática comunista, sin duda, actuando. Y que sus superiores, seguramente porque asimismo ante ellos representaba un papel, no se habían percatado de que, como a otros en su día, también a ella le convenía recibir urgente tratamiento psiquiátrico. En una entrevista concedida a La Vanguardia dice Vavilova añorar la -a su entender- maravillosa seguridad social soviética, cutres prestaciones de las que en su vida real, la de una estadounidense de clase media alta, jamás tuvo opción de disfrutar. Es obvio, sí, que tiene un golpe dado…
“Espiar es esperar”, dice el protagonista de la novela de Charles Cumming En un país extraño, que es justo donde operan o permanecen incubados los durmientes en cuestión. A veces hay que esperar mucho, mucho tiempo. Tras desaparecer la URSS, algunos ilegales se mantuvieron durante años en la inopia y a la expectativa de recibir mensajes u órdenes que no volvieron a llegar hasta transcurridos dos lustros. Varios de ellos habían asumido, desde el principio de su instrucción, la identidad de niños -estadounidenses, franceses, austríacos, británicos…- muertos a cortísima edad y sin parientes próximos aún vivos, aprovechando las puertas falsas facilitadas por una burocracia que, hasta hace no tanto, carecía de archivos digitalizados o centralizados.
Los ilegales pioneros, los precursores, los bolcheviques, los revolucionarios profesionales a quienes Walker dedica los primeros capítulos de la obra, como aquel Dmitri Bystrolyotov que campó a sus anchas por París y Londres bajo la identidad de József Perelly, noble húngaro venido a menos, eran más aventureros viviendo a salto de mata que asumían falsas identidades de modo sólo puntual, sin que estas llegasen a configurar lo que en el argot de la guerra oculta se llama una leyenda, aunque uno de ellos se recicló, ejerciendo incluso como embajador de Costa Rica en Italia. Y es que, por aquellos días, la relevancia mediática no se medía por parámetros idénticos a los de hoy. En un mundo sin internet y en el que los diarios apenas publicaban fotografías no era muy probable que fueses a cruzarte por una calle de Boston o en el cóctel de una galería de arte de París con el compañero de pupitre con quien, durante los recreos, te peleabas en el patio del colegio, en un quinto pepino de Siberia, entre clase y clase de marxismo-leninismo.
En el capítulo dedicado a Josifas Grigulevitch, aunque en él se alude a su papel en la planificación del asesinato de Trotski, echamos de menos el subrayado de que, cuando no era aún tanto como un ilegal, sino sólo un oficial de los servicios secretos soviéticos que, sin ocultar su posición, usaba por razones prácticas un nombre espurio, fue en 1936 y en Madrid el brazo derecho de Santiago Carrillo en la organización de las sacas de presos políticos, sacerdotes y militares de las cárceles y checas y el principal artífice de su ejecución en Paracuellos y demás fosas comunes cavadas por el comunismo y sus aliados del momento. O, unos meses después, uno de los raptores, torturadores y asesinos en Alcalá de Henares de Andreu Nin, dirigente trotskista. De todo ello dan fe los documentos del KGB consultados por Boris Volodarsky, ex capitán del GRU, para su obra El caso Orlov. Grigulevitch, es decir, no fue sólo un hombre habilidoso en asumir con soltura falsas identidades o -después- vidas ficticias. También un carnicero en serie y sin escrúpulos pese a que, al parecer y en perfecta sintonía con las variedades de trastorno mental suscitadas por la patología comunista, él se considerara sinceramente “un romántico”.
-A veces creo que estoy toda hecha de mentiras -dice Meret Schäfer en Unfamiliar a su hija (que, además, no lo es).
¡De esas maleables pastas hay que estar hecho! Los perfiles evocados por Walker son muchos y jugosos. Un rico heredero con acceso al Despacho Oval. Secretarias que sin entender nada pasan años a espera de la reaparición de su “novio” que salió por tabaco o, directamente, se arrojan por la ventana al descubrir el despiadado juego urdido con sus sentimientos. Andropov, en modo pánico ante la rebelión húngara del 56 y la del 67 en Praga, sus vinilos de jazz, su corte de gerontócratas… El camarada que se hace pasar en Berlín por hijo del Barón von Hohenstein, supuesto dirigente de una cofradía secreta de nazis en el exilio. Un covachuelista del Ministerio de Exteriores británico que resuelve también poner por sí mismo fin a su vida. Diplomáticos residentes en una burbuja construida en Washington a semejanza de un bloque de apartamentos soviético, con tiendas, clínica y cine a fin de que sus ocupantes no “necesiten” poner un pie en la calle para nada. La militancia del Partido Comunista estadounidense, afanosa colaboradora -no faltaba, pues, razón a McCarthy- en el funcionamiento de la red de espionaje tejida por Moscú. Bellas ilegales que, tras su detención y canje, lo primero que hacen de vuelta en Rusia es posar para Playboy…
Por supuesto, los espías rusos juzgados y conducidos a chirona nunca son intercambiados por otros espías occidentales, pues, de creer a la prensa sabia en el asunto, a la que aludimos en la antesala de estas líneas, los colaboradores de la CIA o el MI6, por más que hayan sido cazados con las manos en la masa hurgando en un buzón muerto o posteando mensajes encriptados en internet, son siempre “periodistas”, “turistas”, “trabajadores de ONG”, “empresarios”, “feministas”, “disidentes”, “blogueros”… ¡Nunca espías, por favor! En cuanto al espionaje cibernético, parece ser que, excepto los de Rusia o China, todos los servicios de inteligencia del mundo tienen estrictas órdenes de ni por asomo caer en la tentación de practicarlo.
Resulta obvio que la carrera nuclear soviética sólo pudo arrancar y coagular gracias a las informaciones proporcionadas por Rudolf Abel y otros emboscados -como Isjak Ajmétov, éste con línea directa con el laboratorio de Los Álamos– en la sociedad estadounidense. ¿Lograron los topos con falsos papeles más que Los Cinco de Cambridge, que nunca dejaron de operar en su país natal y bajo sus propias identidades? No es fácil calibrarlo, pero ello no hace que la lectura de su aventura resulte menos trepidante. Muy oportuna, por cierto, la mención de Walker a Diecisiete instantes en una primavera, serie televisiva de espías impulsada por Andropov de la que aquí sólo podemos disfrutar unas migajas -encima, sin doblaje- gracias a Youtube. ¿Sería algún ciberpirata ruso tan amable de colgarla íntegra y en condiciones? Porque… ¡No todos hablamos la lengua de Tolstoi, como Shaun Walker, de cuyo libro -gracias, Salamandra– sí tenemos la suerte de disponer en castellano!


