
MADRID HA DESAPARECIDO
21 de febrero de 2026 ![]()
JOAQUÍN ALBAICÍN
Mientras ceno releo después de varios años un artículo sobre Drieu La Rochelle publicado por Rafael Conte en Mandrágora y el Pirata, una revista literaria madrileña que salió más o menos entre 1979 y 1983… Yo era jovencísimo, aún no había publicado nada y solía comprarla en la Librería Moriarty de Borja Casani, a quien por entonces no conocía y era ya amigo mío, pero del futuro, claro. Era una de esas revistas que se vendían de mano en mano y sobrevivían sobre todo gracias a la publicidad de bares de copas, cafés, restaurantes, alguna librería… Y me sorprende constatar, pasando sus páginas ahora, que prácticamente ninguno de los locales que en ella se anunciaban sobrevive a día de hoy. Uno o dos a lo sumo. Desde ese punto de vista, leer hoy Mandrágora y el Pirata supone lo mismo que leer en un número de Mundo Gráfico de las décadas de 1920 ó 1930 anuncios de La Granja del Henar, el Café Regina y demás veladores a los que tomaban asiento Carrere, Jardiel, Juan Belmonte o el Valle Inclán de sus últimos tiempos.
En esto ando cuando llega a mis manos el Vivir en Madrid de Luis Carandell, una mirada lanzada a las entrañas de la ciudad en 1972, y… tres cuartos de lo mismo, ya te digo. Me doy cuenta de que, cuando vivía en Madrid, la gente, quienes éramos gente, teníamos que asistir a una media de tres homenajes a la semana. ¡Una maravilla, don Manuel, que diría Coto Matamoros en La Emoción del Espanto! Discrepo de Carandell en el sentido de que eso de los homenajes siempre consistiera en el aplauso a un mediocre por otros muchos mediocres que iban semana a semana y por turno subrogándose en la posición del primero, porque yo salí de una de aquellas cenas de agasajo en José Luis -María Dolores Pradera, si viviera, sería testigo- contratado a mis sólo quince años de edad como guionista por El Indio Fernández, que de mediocre… nada. Un genio del Séptimo Arte, señores. ¡Vean Flor silvestre! ¡Vean María Candelaria! ¡Vean La cucaracha!
El caso es que constato la dura realidad de que en Madrid ya no se tributan homenajes, y menos a aquel ritmo, cuando, en una discoteca que luego se quemó, llegué a presidir uno compartiendo mesa con Alexis de Anjou, supuesto bisnieto de S. M. I. el Zar Nicolás II. Aquello, reemplazado por la asistencia a photocalls, que es como dejar por unos instantes de mirar el móvil para convertirte fugacísimamente en fondo de pantalla, ha dejado de existir.
Antonio Díaz-Cañabate y otros ya lanzaban iracundas catilinarias en los años 50 contra las cafeterías, percibidas por ellos como mascarones de proa del americanismo que amenazaban la continuidad de los cafés de toda la vida, únicos establecimientos en que aconsejaba el sentido común echar el rato. ¿Para qué ibas a sentarte de charla con gente que no era José Antonio, ni Bergamín, ni Domingo Ortega, ni Paquita Rico, ni Pedro Luis de Gálvez, ni Conchita Montes, ni Rafael El Gallo ni el doctor Marañón? ¡Menuda gilipollez, en efecto! Y resulta que hemos llegado al insólito punto en que una cafetería, en que aquellas malvadas cafeterías, sí, si acaso queda alguna, son ahora casi un clásico. Aquí en Almendralejo está El Obrador de Santiago, suculento su tocino de cielo. Pero, ¿existen muchas en Madrid? Creo que han cerrado las dos Hontanares, la de la calle Sevilla y también la de Avenida de América donde me citaba con Alfonso López Gradolí, el poeta de Al-Basit y de aquel collage titulado Quizá Brigitte Bardot venga a tomar una copa esta noche. Ya no están ni Hontanares, ni Alfonso ni Brigitte. Ni Galaxia, la de las charlas conspiratorias de Tejero. Ni Manila, en Gran Vía, ante cuyas puertas cayó abatido en el 73 un agente del Mossad. Ni Riofrío, encima del Museo de Cera. ¡Ni California 47! El jugoso libro de Carandell me ha recordado la existencia entonces, digo entonces porque hace años que no veo una, de una pieza de bollería exquisita que entonces proliferaba por Madrid como los hongos en el bosque: la pinca… ¡Lo que daría por saborear ahora mismo una pinca, amigos!
He descubierto, en fin, que vivo en Almendralejo, sí, porque me gusta Almendralejo y me gusta Extremadura, porque quiero a mi mujer, por el cante de Alejandro Vega, por la imprenta de Miguel Rodríguez, por la media tostada de ibérico del Avenida, por la Papelería Castilla, porque de vez en cuando se dejan caer por aquí Jerónimo Maya o Pepe Maya, porque cae cerca de Fuente de Cantos, porque me da la gana… Pero también debido a lo insalvable del obstáculo de que Madrid ha cesado de existir.
Admito que se trata de un fenómeno insuficientemente estudiado, quizá porque sí, es cierto, de vez en cuando hace el paseíllo en Las Ventas un torero mexicano y te sobreviene la impresión de que Madrid aún es Madrid. O se montan las casetas de la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión en Recoletos y, como mis libros vuelven a estar a la venta junto a los de otros grandes como Agatha Christie, Vizcaíno Casas, Len Deighton o el de Charles Berlitz avisándonos de la llegada en 1999 del Fin del Mundo, nos parece, claro, que Madrid todavía existe. Pero son simples y fugaces espejismos. Seguramente todo empezó ya al término del rodaje en la estación de Delicias de Doctor Zhivago, del que me hablaba la otra mañana Manolo Lancharro. El caso es que ya sólo quedan allí Luis Bustinduy leyendo cómics de Antonio Hernández Palacios, Javier de Juan -que se escapa en cuanto puede- y Frank G. Rubio montando guardia en Argüelles. No sé en qué bar podrá echarse ahora un fandangazo Miguel El Rubio. ¡Lo tiene difícil! Desaparición completa, en fin.


