LOS EXCESOS SE COBRAN

LOS EXCESOS SE COBRAN

17 de enero de 2026 0 Por Ángulo_muerto
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JOAQUÍN ALBAICÍN

Los excesos se pagan, se ha dicho siempre. No menos cierto es que los excesos, ya se cometan en Gaza o en una orgía en una granja de pollos, a menudo también se cobran, convirtiéndose en cheques al portador hacia la riqueza, la impunidad o la fama para sus perpetradores.

¡Quizá por ello nos gobierne hoy el exceso! A la vista está esa omnipresencia de las redes sociales, sobrecargadas de individuos que, sin ser una referencia en nada para la gente en general y ni siquiera para la gente en particular, nos bombardea sin cesar con microepisodios de su vida: chistes, insultos, estados de ánimo, opiniones, gustos sexuales, complejos, odios políticos… traducido todo ello en una indigestión global de inanidades. Súmense a tal potaje psíquico el exceso de sumisión, el exceso de sentimiento de indefensión ante el Estado y la Banca, el exceso de facturas, el exceso de televisión, el excesivo y cargante recurso a los paletismos de la neolengua…

El exceso tiene tirón, qué duda cabe. Nadie -en calidad, como mínimo, de daño colateral- escapa a su voracidad.

El nuevo y enjundioso ensayo de Luis de León Barga –Excesos femeninos. Delirios masculinos, con Fórcola– es en estas circunstancias no sólo un libro cuyo título encarna por sí solo todo un incontestable lema del talante rector de nuestra época, sino un libro, además, ideal para degustar justo acabada la Navidad, Fiestas en las que todos nos pasamos tres pueblos en el orden gastronómico y etílico. Su lectura viene, pues, que ni pintiparada para lavar la conciencia regocijándonos con la idea de que nuestros atracones -langostinos, champán, vino, cordero, cigarrillos, whisky, cañas, tapas, comidas y más comidas familiares y de amigachos- son desmesuras completamente sanas, frugalidades de asceta benaresí en comparación con las cometidas a diario y durante años por un montón de gente famosa hoy considerada cimiento de la civilización occidental. Un vistazo superficial a dicha civilización, abigarrada sobrepoblación de patos mareados, debería bastar para entender, sin necesidad de profundizar en el asunto, por qué esta considera venerables iconos de su sacrosanta laicidad a gente que llevó una vida más porcina y atragantada que otra cosa.

Excesos femeninos. Delirios masculinos es la historia -o las historias- narradas con la agudeza y buen ritmo característicos de la pluma de Luis de León Barga de individuos triunfantes en la música, el arte moderno, la universidad, las pasarelas… pero cuya peripecia personal fue de principio a fin un verdadero desastre. Asistimos en sus páginas a la festiva tragedia psicosomática de gente nacida en familias de deprimente perfil, amamantada en entornos de suicidas, de amargados, de sobones de niños, de cónyuges unidos por el odio mutuo, de alcohólicos de sexualidad difusa y de adictos a conductas y sustancias que no les convertían en modelos muy deseables a seguir por sus hijos… En hogares destiladores de esquizofrénicos y paranoicos que a partir de los quince años consideraban emborracharse, fornicar a mansalva y por doquier y meterse heroína no sólo algo muy divertido, lo cual no es necesariamente discutible, sino lo primero y principal en la vida, lo cual ya conduce hasta donde conduce… No hicieron sino -indumentados de celebridad- dar continuidad entre aplausos de admiración y polvos tan lodosos como agridulces al barrizal donde se criaron, elevándolo a la categoría superior de estercolero.

¿De quién hablamos? Por ejemplo, de Timothy Leary. Como jamás me ha interesado el LSD, tampoco Leary me ha hecho nunca tilín salvo en algún momento, y sólo debido a que fue el “gurú” de Mary Pinchot-Meyer, amante de Kennedy, iniciadora del presidente en los viajes de ácido lisérgico y misteriosamente asesinada poco después de lo de Dallas. La vida de Leary relatada con contundente ironía por León Barga ejemplifica un cabal compendio de todo cuanto nunca quisieras hacer ni que te hiciese nadie, mucho menos teniendo a todas horas que sonreír a la prensa y a los universitarios californianos como si tu desgracia molase mucho mientras te persigue la policía y vas engrosando tu lista de compañeras de cama psicóticas. ¿Qué decir de Foucault? ¿Dedicarte a la filosofía para que te arréen latigazos en las nalgas en saunas como las de Sabiniano? ¡Otra modalidad más que peculiar de éxito en la vida! As de ases en esto del exceso -venéreo en su caso- fue también Catherine Millet, que en el terreno del sexo a granel nada tuvo que envidiar a los méritos en producción fabril atribuidos a Stajanov en la Unión Soviética.

¿Y Lennon? Hace muy poco colgué en mis redes mi artículo publicado en Pozuelo IN a propósito del encuentro fortuito de mi tío Mario Escudero, gran guitarrista flamenco de concierto, con Yoko Ono, quien un buen día y al doblar una esquina, en plena calle y a la puerta del Dakota, se echó del más inesperado modo a sus brazos llorando mientras John Lennon yacía asesinado a pocos metros de ellos… Lo curioso es que sólo unas horas después de compartir en línea mi escrito me enteré, debido a la publicación de otro internauta, de que justo en ese día se cumplían cuarenta y cinco años de aquel suceso. Podría haberlo posteado quince días antes o cuatro después, pero no. Lo hice en el día del aniversario y sin ser consciente de ello. Como es normal, me quedé a cuadros.

Lennon apenas aparece en un cameo en este ensayo dedicado por León Barga a los cultores del desparrame, probablemente porque, pese a su mala fama entre la gente bienpensante, debió de ser un angelito en comparación con Warhol y su tribu, residentes las veinticuatro horas del día en el retrete. Otro cantar son las páginas dedicadas a la Movida madrileña, porque tampoco de ella salieron tótemes sagrados al estilo y con la proyección de los estadounidenses. Quienes en ese ambiente lograron hacerse más o menos millonarios fue precisamente por no cometer apenas locuras más allá de lo anecdótico, es decir, derrapes calculados con sumo cuidado y sólo cuando convenía. La mayoría se excedió mucho y a fondo, pero a modo de incongruente oda a la destrucción de la salud, o sea, para nada. Ya lo ha dicho bien claro Javier de Juan, hace poco, en una entrevista: sencillamente, eso de ser artista por las tardes o los fines de semana… no existe.

El otro día se refería en sus redes sociales Luis, que además de escribir ensayos es director de la revista Libros, Nocturnidad y Alevosía, a la Brigitte Bardot despedida hace nada por los Gipsy Kings por rumba como Rafael de Paula por los gitanos de Jerez por bulerías como: “Inmoral hasta el tuétano y sublime al mismo tiempo” y “encarnación pura de la belleza y el exceso”. Es, sin embargo, significativo que sólo le dedique en su libro una mención, pues los excesos de Brigitte Bardot quedaron a mi juicio, y creo que también al suyo, reducidos a su exceso de belleza, es decir, a una leve pátina de escándalo impresa a cuento de amoríos por aquí o por allá, algo que va siempre un poco prendido de oficio a la cola de pavo real de casi todas las grandes estrellas, y más de las que pasean por nuestras ensoñaciones con unas piernas como las de ella.

Esos excesos, los encarnados por piernas como las de Brigitte Bardot… ¡Esos sí que me resultan comprensibles… y loables!