
OPUSCULA SACRA
11 de enero de 2026 ![]()
Miguel Cremona
Reseña de Opuscula Sacra, de Boecio. Ediciones Sígueme, 2025
Esta edición de los «opuscula sacra» de Boecio, término con que parece haberse consolidado en algún momento la serie de cinco breves escritos teológicos, cristianos naturalmente, del corpus de la obra de Boecio que conforman esta edición, fue publicada muy recientemente (septiembre de 2025) por Ediciones Sígueme, y es un pequeño gran acontecimiento editorial. La edición anuncia de sí misma, en la contraportada del libro, que es la «primera vez» que se presentan estos opúsculos «en edición bilingüe», en sus propias palabras. Hubo sin embargo otra traducción ya de estos mismos opúsculos, no bilingüe desde luego, en una edición peruana de 2002; una edición un tanto efímera, por alguna oscura razón editorial o vaya uno a saber por qué, que el propio Luis Javier García-Lomas, responsable de esta nueva traducción, menciona en la introducción general.
El prólogo y la introducción general del libro no exageran en lo más mínimo al remarcar la importancia que tuvo esta serie de pequeños opúsculos en el desarrollo del pensamiento filosófico-teológico cristiano, pese a que la forma de plantearlo de Luis Javier, enmarcada en torno a lo que él denomina una «revolución filosófica del cristianismo», quizá no sea la más adecuada, al evocar los argumentos trasnochados de siempre en torno a la defensa del uso de la filosofía en el cristianismo. Asunto este que cansa y aburre, y del que no hay necesidad precisamente en un caso como el de Boecio, que se justifica por sí sólo. Además, como Luis Javier mismo apunta, la repercusión de algunas de las nociones que Boecio ayuda a definir y perfilar aquí, como la de persona por ejemplo, son herencia común del así llamado «pensamiento occidental» hasta nuestros días, y por ello trascienden el propio cristianismo, en cierta forma.
Una vez dicho esto, debo remarcar que pese a esto, el trabajo realizado por Luis Javier es excelente, tanto en la introducción general, donde se abordan cuestiones referentes a la vida y obra del autor, como en el resto de introducciones independientes anexas a cada uno de los opúsculos (salvo en el caso de alguno al que, debido a su brevedad o por estar muy asociado con algún otro, no se le ha dedicado introducción propia). El contexto que aporta cada una de estas introducciones resulta útil y necesario en cierta medida para entender debidamente algunos aspectos de estos opúsculos. El hecho de ofrecer el texto de manera bilingüe es también un buen detalle, para individuos enfermos como yo a quienes nos gusta cotejar la traducción en algunos puntos (que por cierto también es excelente, al menos hasta donde yo soy capaz de valorar estas cosas), o leerla directamente del original. A continuación voy a limitarme a hablar acerca de algunas generalidades relevantes al texto, aunque desde una perspectiva un poco diferente a la de Luis Javier. Invito a quien tenga interés a hacerse con la edición y estudiarla detenidamente, porque como ya he avanzado, estos opúsculos tienen una importancia fundamental para la historia de nuestro pensamiento, y aparte y por encima de todo, son un rico alimento para el espíritu y para la reflexión interior de carácter filosófico y teológico.
La figura histórica de Boecio es verdaderamente peculiar, y desafía todas las ideas preconcebidas acerca de cómo debía ser un sabio cristiano de aquella época, quizá incluso entre sus propios contemporáneos, dado que Boecio, como se suele remarcar, fue un pensador laico, es decir no integrado en la estructura de la Iglesia como organización «exterior», por así decir. Aunque esto puede que en realidad importe poco, como Luis Javier viene a decir en la introducción general, considerando que a esas alturas de la consolidación cristiana en la mentalidad de la época (principios de siglo VI), la esfera del poder político imperial romano/occidental (o medio «godo» por aquel entonces, qué más da) en que se movía Boecio dependía enormemente de disputas teológicas de carácter más o menos sutil (aunque lo mismo ocurriera en el oriente bizantino, por cierto, y quizá más pronunciadamente de hecho).
Pero esto no significa que la preocupación de Boecio por definir términos y establecer una cierta metodología con que sentar unas bases filosóficas firmes para el cristianismo, en cuestiones como las de la Encarnación y la Trinidad, que son las que le ocupan principalmente en estos opúsculos, se debiera a un interés meramente político, como muchos tenderían a interpretar hoy en día. Y remarco lo de «meramente», porque al fin y al cabo la política, al menos en el sentido clásico u original del término (el griego, naturalmente), concierne a la filosofía y a la teología directamente, como ya ocurrió desde muy temprano con Platón y Aristóteles, por ejemplo, en tanto forma parte integral de la vida humana y del mundo en general, y en tanto Dios se interesa y es providente respecto a sus criaturas. Por ello, si el trágico final de Boecio tuvo algo que ver realmente con maniobras suyas de alguna clase realizadas con fines políticos (asunto este complejo y nada claro, tratándose de una intriga palaciega de las gordas, y del que esta edición, juiciosamente, no da demasiados detalles), motivadas acaso por su filiación católica, ello no excluye que la motivación para escribir estos opúsculos tuviera también fines espirituales «más elevados», como se suele decir.
Porque la lectura de estos opúsculos deja claro que nuestro autor, formado en el currículum neoplatónico más o menos estandarizado de su época, corriente en los círculos intelectuales de entonces, no emplea la estricta lógica aristotélica con que trató de definir mejor esos términos y esas bases con fines subordinados a cuestiones digamos meramente «terrenales» en absoluto. Además, cabe tener en cuenta que por lo general, en la mentalidad de entonces, mucho más cercana a la realidad de las cosas que la que tenemos ahora, por decirlo claramente y sin ambigüedades (pese a que quien escriba estas líneas tampoco sea precisamente un «nostálgico» de aquellos tiempos, ni de ningún otro en particular), la lógica solía estar subordinada más bien a la metafísica y a la teología (a la teología católica desde luego que sí, invariablemente), o en un sentido más puramente filosófico, se consideraba inseparable de la metafísica y la ética, de manera que el simple hecho de aislar cualquier de estas áreas de la filosofía del resto hubiera resultado inconcebible, o sonado a cosa extravagante y sin sentido.
Si el pensamiento de Boecio tuvo el éxito que tuvo, fue precisamente debido a que se ajustó a estos presupuestos filosóficos dados particularmente bien, y los aplicó a los problemas teológicos más acuciantes del cristianismo de su época, continuadores de una ya extensa tradición conciliar de disputas doctrinales de todo tipo dentro de la Iglesia, de un modo lo suficientemente universal y penetrante como para consolidarse como autoridad a lo largo de los siglos. Y todo ello dejando además bien claro al mismo tiempo, siguiendo fielmente la doctrina católica al respecto, que la filosofía y la razón en general están subordinadas a la fe y la revelación; doctrina justificable precisamente desde un punto de vista lógico y racional, como numerosos pensadores cristianos, Boecio entre ellos incluido en estos mismos opúsculos, han demostrado persuasivamente a lo largo de los siglos.
Pero para que esto no suene a sobada apología católico-cristiana, que no lo es en absoluto, cabe señalar que esto mismo que en el cristianismo conocemos como la fe, tuvo su expresión también en cierto modo en la teología o metafísica pagana ya desde muy antiguo, de una forma progresivamente más explícita (y por ello «paradójica» de un modo aparente, parecido a como ocurre con la justificación de la razón subordinada a la fe en el cristianismo) conforme avanzaron los siglos. Con esto aludo a la noción de lo apofático con que se asumía que, tras la exhaustiva de los predicados afirmativos acerca de Dios y sus atributos, debía pasarse a la negación de esos mismos atributos, en lo que hoy en día solemos conocer como «vía negativa». Y hay paralelos interesantes de esto en filósofos neoplatónicos contemporáneos de Boecio, como Damascio especialmente, que desde la terrible coyuntura del pensamiento pagano de la época, en completa decadencia, inciden como nunca antes había ocurrido en la historia pagana hasta el momento, en ese carácter inefable de Dios y en la imposibilidad de conocerlo directamente.
Aunque este no sea el lugar para entrar en este tipo de cosas, no puedo resistirme a señalar otro curioso paralelismo que también se da por aquella misma época o un poco antes, entre el desarrollo de la doctrina cristiana de la Trinidad y la doctrina neoplatónica de las Hénadas, atribuida generalmente al filósofo neoplatónico Proclo. Porque al menos en lo que respecta a la función de la primera y la segunda persona de la Trinidad, ambas doctrinas persiguen un fin muy parecido: tratar de salvaguardar la pura y absoluta simplicidad de Dios (de la persona de Dios Padre en el caso de la Trinidad cristiana), que hasta donde nuestro pobre entendimiento humano alcanza a comprender, no puede participar directamente su bondad a las cosas inferiores, dado que por necesidad debe ser totalmente no participable, ya que de otro modo se mezclaría con lo compuesto por debajo (dado que la participación implica diferenciación entre lo participable y lo participante, y por ello composición), y con ello dejaría de ser totalmente simple. Así pues, para que Dios pueda participar su bondad a las cosas inferiores, debe hacerlo a través de un elemento mediador que sea no participable y participable al mismo tiempo, de un modo un tanto paradójico, y que esté por tanto por encima de la esencia o de las cosas inferiores («creadas», en el caso del cristianismo), que son participables y participantes al mismo tiempo. Y la función de ese elemento mediador la ejercen la persona de la Palabra o Hijo en la Trinidad cristiana, y los Dioses o Hénadas en el esquema procleano. 1
Para terminar este excurso quizá un tanto excesivo, agradeciendo a quienes tras este último párrafo no hayan arrojado violentamente al suelo el ordenador o el dispositivo donde lean esto, y hayan decidido continuar con esta reseña un tanto apofática, cabe añadir que hay quienes sugieren, un tanto cínicamente, que la escuela neoplatónica formalizó este tipo de doctrinas de este modo como respuesta o contraataque de algún tipo a la estrella cristiana ascendente del momento y a sus doctrinas. Pero en la irrelevante opinión de quien escribe estas líneas, este tipo de paralelismos tan curiosos son, más allá de lo puramente anecdótico, signo en cierto modo de cómo el espíritu o la dirección que toma el pensamiento en una época dada se manifiesta en todo tipo de corrientes, por enfrentadas que puedan hallarse estas entre sí en lo «contingente».
Hoy en día, contaminados por un sistema educativo aberrante y una degradación cultural e intelectual superlativa, nos puede resultar extraño pensar que doctrinas y controversias de este tipo, especialmente como las que Boecio aborda en estos opúsculos, que giran en torno principalmente a la Encarnación y la Trinidad, puedan haber resultado decisivas en algún momento para cualquier asunto «importante». Porque la complejidad y profundidad de las implicaciones que supone la Encarnación de Jesucristo en el mundo, como segunda persona de la Trinidad, pero una persona de carne y hueso, pasa hoy en día totalmente desapercibida para el individuo «concienciado» medio, que tiende a escuchar estas cosas y decir en voz bien alta para que se le oiga, «jaja, pero cómo podían discutir sobre estas cosas, estos cristianos son ridículos». Efectivamente: esos individuos que todos conocemos bien, y que hablan con esa especie de soberbia y superioridad tan marcadas, como si de alguna forma el universo entero hubiera nacido y fuera a desaparecer con su propia conciencia, emergiendo desde la nada y sumergiéndose de vuelta a la nada, a esa nihil anterior a la creación de la que Boecio nos habla brevemente en el opúsculo quizá más ligero de estos cinco, el De Fide Catholica.
Pero esta cuestión, es decir la de la elaboración de un pensamiento serio y riguroso que abordara debidamente los problemas doctrinales surgidos de cuestiones como esta de la Encarnación, o la de la Trinidad, íntimamente conectada con aquella, no se agota ni mucho menos en un único pensador como Boecio o en un momento histórico particular. Antes bien, se basa en la larga y costosa elaboración, a través de generaciones enteras y de un largo proceso que duró muchos siglos, de una serie de nociones que nuestra mentalidad moderna, heredera todavía de la cristiandad hasta cierto punto (pero sólo hasta cierto punto), ha asumido hasta tal grado que nos resultan absolutamente naturales, aunque empiecen a notarse grietas importantes (boquetes más bien, de hecho) en todo ello.
La consolidación y asimilación de nociones realizada de esta forma puede apreciarse por contraste, comparando el asunto con otras épocas en que nociones como la de persona no estaban asimiladas del modo como nosotros la hemos heredado. Así ocurría en la antigüedad, donde pese a que este término tuviera uno o varios significados concretos, no consistían en el mismo que elaboraría posteriormente el cristianismo con la ayuda de Boecio. Y esa es la razón por la que hoy generalmente nos resulta como mínimo curioso oír hablar a filósofos o a autores diversos de la antigüedad con total naturalidad acerca de cosas como la tortura, la esclavitud, el infanticidio, etc. Cosas de las que no sólo se hablaba, naturalmente, sino que sucedían y se aceptaban con normalidad como si tal cosa, y que de alguna forma mancillan la propia definición de persona como «sustancia individual de naturaleza racional», que Boecio elaboró en el más extenso de los opúsculos de esta serie, el Contra Eutychen et Nestorium. Definición esta de persona en que lo individual (y lo dado incomunicable que hay en ello, como más tarde añadiría Santo Tomás de Aquino), en el sentido aristotélico de «sustancia primera», como cosa o persona concreta, en este caso; la naturaleza, entendida como principio intrínseco que in-forma o da forma a cada cosa y la hace ser lo que es, en este caso un ser humano o persona (se sobreentiende que persona concreta, considerando el punto anterior; aunque ello pueda referirse también en segundo plano al ser humano en general); y lo racional, como propio de seres dotados de intelecto, como corresponde a la naturaleza o definición de ser humano («animal racional») o persona, conforman una noción de nosotros mismos que tenemos asumida e interiorizada hasta tal punto, que ese tipo de cosas recién mencionadas acerca de la antigüedad nos suenan, querámoslo o no, poco aconsejables.
Y digo «querámoslo o no» porque hoy en día, precisamente, otra serie de ideas que han venido desarrollándose a lo largo de toda la modernidad hasta nuestros días, vienen erosionando cada vez más esta noción de persona, hasta tal punto que muchos han empezado a ver con total naturalidad, e incluso a querer deliberadamente, ideas y realidades propias de lo que ha venido a llamarse «post-humanismo», que evocan en ciertos aspectos los tiempos antiguos, aunque por otro lado sean muy diferentes al mismo tiempo. Es decir, ideas de un individuo que no es un individuo exactamente, sino una especie de monstruo de Frankenstein compuesto de pedazos dispersos de aquí y allá, que se supone uno mismo puede escoger a su gusto, haciendo y deshaciendo conforme le viene en gana. (Con esto aludo a cosas como que hoy me hago protestante adventista, y mañana me hago hare krishna, sin despeinarme un pelo y sin ver contradicción alguna en ello; este tipo de cosas.) Un «individuo» basado además en externalizar todo lo interior, toda su naturaleza o lo que le hace ser lo que es (externalización que en sí misma desnaturaliza dicha naturaleza por definición, si se me permite la expresión), y que ha machacado y mutilado su intelecto, en el sentido más propio en que se entendía este término en la antigüedad y el medievo, hasta dejarlo irreconocible. Y todo esto atenta obviamente contra esos tres componentes esenciales de la definición de persona recién mencionados, y es otra buena razón para leer a Boecio en esta oportuna y en cierto modo providencial edición.
En estos opúsculos Boecio contribuyó también al pensamiento del medievo, aparte de en todo aquello más propiamente referido a las nociones de relación y persona relativas a la Trinidad, en cosas como la famosa doctrina de los trascendentales, y en la distinción entre ser y lo que es (esse e id quod est). Aunque en estos casos no lo hizo por una cuestión de definir los términos, como en cambio ocurre con su definición de persona, sino por formular estas nociones de tal modo, con ese rigor y densidad lógica que caracteriza estos escritos suyos, que los pensadores posteriores del medievo pudieran desarrollar dichas nociones hasta formularlas con precisión de un modo más o menos explícito. Esto ocurre sobre todo en el opúsculo De Hebdomadibus, aunque también haya elementos notables de esto en el De Trinitate, donde además Boecio contribuyó a otro gran rompecabezas medieval: el de la división de las ciencias especulativas. El comentario inacabado de Santo Tomás a este opúsculo resulta especialmente interesante para esta cuestión, así como para ciertos aspectos de la doctrina de los trascendentales, tal como él la formularía. Y aparte, la distinción entre ser y lo que es, formulada en el De Hebdomadibus, sentaría también las bases en buena medida para una de las mayores y más conocidas contribuciones del aquinate: la de la distinción entre esencia y existencia o acto de ser, fundamental para todo su pensamiento.
Este asunto de que Boecio ayudara a formular de este modo más explícito esta serie de cosas suena muy bien en principio, desde luego, pero lo cierto es que también tiene su lado oscuro. Porque cuando todo este tipo de nociones, como la de los trascendentales por ejemplo, que durante toda la antigüedad y buena parte del medievo se dio como algo por hecho, totalmente implícito, como un presupuesto asumido en la mentalidad de la época, pasan a formularse de un modo explícito o incluso a recibir un nombre propio, resultan más fáciles de tergiversar e invertir. Que es lo que precisamente empezó a ocurrir poco después de explicitarse esto, de un modo sutil o casi imperceptible al principio, como por ejemplo en los planteamientos de Duns Scoto acerca del trascendental del ser como concepto unívoco, y no como acto o realidad metafísica. Punto este además en que se divide claramente y de manera seria y problemática la lógica de la metafísica, cosa inconcebible hasta el momento, como he comentado antes. Y este tipo de inversión fue además lo que empezó a ocurrir de forma generalizada y sistemática en la modernidad con todas las ideas heredadas del pasado, y lo que en definitiva siempre tiende a ocurrir cuando lo que antes se diera de un modo implícito o natural, luego se hace «consciente», como suele decirse ahora, y se encapsula en un concepto o una definición precisa, por así decir.
Algo de esto ocurre con Boecio, al menos en lo que respecta a la definición precisa de nociones como persona; porque pese a lo apuntado arriba referente a lo positivo de esta noción, una definición tan precisa de este tipo también da pie a que, una vez consolidado esto en la mentalidad común, se lo pueda manipular de un modo parecido a como nos han acostumbrado la demagogia y la sensiblería baratas de la modernidad, dirigidas a manipular al personal con la excusa de las «buenas intenciones», lo «políticamente correcto», y todo este tipo de cosas. Aunque el hecho de que ocurran cosas como estas sea al fin y al cabo hasta cierto punto inevitable, en nuestro «mundo sublunar». Por otra parte, y en lo que concierte al resto de nociones que Boecio trabaja en estos opúsculos, pese a que todavía esté lejos de esa forma de explicitar las cosas, hay ya esa semilla del futuro ahí, en el modo en que aborda estas cuestiones, con esa precisión quizá excesiva incluso, por las razones apuntadas. Un buen ejemplo de ello es otra noción que también se dio por sentado de forma implícita desde siempre, pero que se encuentra expresada de un modo particularmente claro en una sección del De Trinitate, donde Boecio dice que Dios no puede «depender de nada» para añadir a continuación que «tampoco puede ser sujeto, ya que es forma, y las formas no pueden ser sujeto».
Esto, que como digo forma parte de un presupuesto muy básico asumido generalmente en toda la filosofía antigua y medieval, puede parecer de nuevo un detalle sin importancia, pero del modo en que lo plantea Boecio en todo este pasaje, resulta una formulación bastante clara y explícita de lo opuesto completamente (¿o complementario?) a una idea con implicaciones muy peligrosas que ha hecho estragos en la modernidad hasta nuestros días. Es decir, la idea de que el ser o la existencia propia de Dios, entendido a modo de sustancia spinozista, implica que Dios es un sujeto que, como el propio término indica, está sujeto a un fundamento de oposición suyo que funciona a modo de sustrato de la sustancia de Dios, o incluso a un in-fundamento (Ungrund en alemán) de indiferencia ante los opuestos situado por debajo, y que según implica esta idea englobaría dentro de sí a ambos opuestos (existencia y fundamento de o en Dios). Quienes conozcan aunque sólo sea de oídas este tipo de cosas, habrán reconocido ya en este galimatías el conocido planteamiento de F.W. Schelling en su Investigaciones filosóficas, inspirado por diversas fuentes, la mayoría de ellas modernas realmente, y que luego influiría de manera decisiva en Martin Heidegger y en su diferencia ontológica, con graves repercusiones que llegan directamente hasta nuestros días. Aunque con esto no pretendo decir que estos filósofos formaran una especie de cábala de magos negros cuya abyecta necromancia tuviera efectos en el mundo entero, sino que, como por otro lado ocurre con cualquier filósofo, su pensamiento simplemente refleja en términos filosóficos el espíritu de su época; e incluso de nuestra época aún, en alto grado.
Pero a Boecio obviamente no puede culpársele de esto en absoluto, ni en general de querer definir las cosas lo mejor posible y formularlas del modo más racional y explícito a su alcance; porque si fuera así, habría que condenar la historia de la filosofía casi por entero, como nos han tenido acostumbrados anti-filósofos de la modernidad como Nietzsche o Heidegger, de modo que concluyo aquí con una epojé ante esta cuestión concreta. No obstante, no me negarán que este tipo de oposiciones 1:1 tan exactas no dejan de resultar curiosas, y uno no puede evitar notar que sólo pueden darse una vez bien formulada explícitamente una noción dada, siguiendo acaso una serie de condiciones que a mí desde luego se me escapan, y que de todos modos creo que se encuentran fuera del limitado alcance de nuestro entendimiento como seres humanos, pese a la confianza que se ha tenido (y que siguen teniendo muchos) en lograr esta clase de entendimiento en la modernidad. Porque además, la inversión en este tipo de oposiciones es tan perfecta, como si de un negativo exacto se tratara, que parece como hasta hecho aposta, aunque asumir esto seriamente sería realmente llevarse a engaño; justificable no obstante hasta cierto punto, teniendo en cuenta esto tan curioso que sucede. Ahora bien, si algo de eso sucede realmente, es decir si hay algo intencional en todo esto, ello sin duda no es obra del ser humano, sino de inteligencias (o de una inteligencia suprema en última instancia: la de Dios) muy por encima del entendimiento humano, y cuyos designios acerca de cosas tan oscuras y perniciosas para el ser humano como estas mencionadas, resultan por tanto inescrutables.
Termino esta reseña un tanto desparramada y como escrita por un chimpancé anfetamínico, con unas palabras más acerca de la cuestión de la lógica aristotélica, anexa por tanto a la metafísica tal como el propio Aristóteles ya asentó, y que Boecio ayudó a desarrollar y difundir en siglos posteriores a su propia época; no sólo en opúsculos como estos, sino en sus traducciones y comentarios sobre obras lógicas de Aristóteles y del Isagoge de Porfirio, fundamentales para los inicios y el desarrollo posterior de la escolástica medieval. Porque el modo en que la modernidad (o lo que queda de ella), sobre todo a partir del siglo XX, nos ha acostumbrado a pensar acerca de la lógica y el lenguaje, está tan lejos del entendimiento apropiado y natural con que se entendía esto en Aristóteles o en la antigüedad en general, como lo está la cocina de quien lea esto de la luna, por así decir (a menos que uno sea un astronauta). Y este tipo de filosofía moderna tan centrada en el lenguaje y tan anti-metafísica ha tendido a proyectar su propia imagen en la filosofía del pasado, considerando que, como este mismo tipo de filosofía moderna considera (es decir, la así llamada «filosofía del lenguaje»), toda la filosofía del pasado trata únicamente sobre palabras, como si de un «juego de lenguaje» se tratara, sin considerar el modo en que esas palabras se relacionan con las cosas que expresan.
Pero esto no podría estar más equivocado y lejos de la realidad, porque tal como Aristóteles diría por ejemplo acerca de sus célebres categorías, estas representan los modos en que las cosas son dichas, remarcando el hecho de que sean dichas de tal o cual forma, y no de que nosotros las digamos de tal o cual forma, incluyendo en ese «nosotros» a esos peculiares especímenes de «filósofos del lenguaje», que por supuesto suponemos que forman parte de la especie humana, como todo hijo de señora.2 Categorías aristotélicas que por cierto Boecio trata de ajustar aquí, en el De Trinitate, a la predicación acerca de Dios, especialmente en lo que concierne a la categoría de relación, adaptada aquí convenientemente para la relación entre personas trinitarias, muy determinante desde el punto de vista teológico. Tema este en general, es decir el de las categorías y su relación con Dios, que influirá también luego en la doctrina de los trascendentales, en tanto lo que se predica acerca de Dios y los trascendentales, como he apuntado ya antes acerca de Dios en otro contexto, no se refiere a sujetos o sustratos, y por tanto ello trasciende las categorías y los géneros y las especies, abarcándolas por entero en su simplicidad, de tal modo que sólo puede hablarse correctamente acerca de ello por analogía, como más adelante formularía Santo Tomás de una forma particularmente clara.
Pues bien, este pequeño «detalle» mencionado acerca de las categorías, es decir el de que haya de remarcarse el hecho de que las cosas sean dichas de determinada manera, y no que seamos nosotros quienes las digamos, tiene de nuevo implicaciones casi inabarcables; porque significa que aquello que se expresa es verdadero en sí mismo basado en su propio principio de inteligibilidad, en aquella forma o acto que lo hace real y ser lo que es. Y por ello, no necesita de ningún sujeto humano para ser verdadero; porque la filosofía moderna (incluyendo por supuesto esta variante tardía más centrada en el lenguaje) está basada en el principio de la división de sujeto y objeto, mientras que en la antigüedad se consideraba, correctamente, que no se necesita de ningún sujeto humano para hablar acerca de las cosas, o para crearlas mediante el habla, como en cambio se asume hoy que puede hacerlo el ser humano, en cierto modo.
Porque la creación mediante la Palabra sólo corresponde a Dios de hecho; no sólo como esto se hallaba ya implícito en la lógica y la metafísica antigua de Aristóteles y compañía (sobre todo en Platón, donde la lógica estaba mucho más implícita e integrada en la metafísica que en Aristóteles), sino como así lo entendemos también nosotros de forma explícita desde el Antiguo Testamento, en lo que concierne a nuestra «civilización». Mientras que el misterio de la Encarnación de esa Palabra entre los hombres, en la persona de Jesucristo, forma parte de aquello que pensadores cristianos como Boecio trataron de desentrañar, hasta donde puede alcanzar el entendimiento humano, a lo largo de siglos de agitadas controversias; controversias que sacudieron imperios enteros, y que consolidaron los cimientos de nuestro mundo actual, que ahora amenazan con desmoronarse, aunque de un modo silencioso, curiosamente. Y esa Encarnación, esa persona de Jesucristo como la Palabra viva, representa en cierto modo la expresión más alta y paradigmática de aquello que estos filósofos del lenguaje han tratado torpemente de expresar, sin darse cuenta siquiera de ello al trabajar con una imagen totalmente invertida del asunto, y al estar por otro lado ellos mismos completamente obnubilados: el papel o la finalidad del ser humano en la creación de Dios.
Por ello, entre otras cosas, vale la pena tener en cuenta este tipo de cosas acerca del lenguaje, la lógica y la filosofía en general a la hora de acercarse a textos como estos de Boecio. Aparte de que conviene más leer a filósofos genuinos como Boecio, y no a esa extraña mutación genética de «filósofos del lenguaje» dedicados, esta vez sí de manera más o menos consciente y deliberada, a destruir la filosofía, y que encima tienen la desfachatez de vivir de ello; una verdadera contradicción en términos y una cosa extremadamente nociva y peligrosa para nuestro presente y nuestro futuro. Porque ello representa muy bien esa especie de tendencias disolutivas o auto-destructivas que asolan nuestra sociedad, y que nos están llevando a asumir ideas aun más peligrosas, como las referidas anteriormente respecto al post-humanismo, que atentan directamente contra la persona, en un sentido que deberíamos entender casi de un modo literal, para poder considerarlas en todas sus implicaciones con la debida seriedad.
Lean a Boecio y no sean gilipollas.
1 Este planteamiento de Proclo en torno a la noción de participación en lo que concierne a las Hénadas o los Dioses, situados en la hipóstasis neoplatónica más elevada, el Uno o el Bien, puro y simple por definición, y su relación con la hipóstasis del mundo inteligible situado justo por debajo, donde ya existe composición, se basa en la distinción realizada por su predecesor neoplatónico Jámblico entre no participable, participable, y participante. Ya me disculparan las excelencias académicas que lean esto y que pueblan nuestras decadentes universidades por no poner referencias de ningún tipo, pero es que se lo ha comido mi perro.
2 A menos que ellos prefieran definirse de otro modo, en cuyo caso según lo que implican sus propios presupuestos (pese a que ellos siempre se negaran en redondo a reconocerlo), dejarían de ser humanos y se convertirían en cerdos o cinocéfalos, de un modo parecido a lo que Platón expone acerca de la doctrina de Protágoras en Teeteto 161 C.


