
PELÍCULAS QUE PASAN DESAPERCIBIDAS CON PENA Y CUYA GLORIA SE LLEVAN LOS TRUÑOS DE MODA
24 de marzo de 2025 ![]()
Hoy la cosa va de cazafantasmas a la inglesa. No se trata de películas espectacularmente buenas ni de las supuestas obras maestras generalmente improbables e indeseables que persiguen hoy los fans del género, sino de dos discretas producciones para televisión que se ven con agrado y entretienen una noche tonta, de esas en las que quieres ver algo reciente pero sin prestarle demasiada atención ni ser muy exigente.
HARRY PRICE: GHOST HUNTER (2015) de Alex Pillai, se basa en una novela de Neil Spring que convierte al auténtico investigador psíquico Harry Price en antihéroe de whodunit, con tintes desmitificadores y atormentados. De hecho, lo mejor de su adaptación televisiva es la interpretación bien temperada de Rafe Spall como Price, que dota de ambigüedad y carácter a un antihéroe que pasa de espiritista y psíquico fraudulento a desenmascarar fraudes espirituales y esotéricos. Su talento y talante serán puestos a prueba cuando sea llamado para investigar el comportamiento errático de la esposa de un político liberal, que dice estar acosada por el espectro de un niño en su nueva mansión. Ambientada en la Inglaterra de los años 20, en plena fiebre espiritista posterior a la Primera Guerra Mundial, el argumento marea convenientemente la perdiz aunque se huele el melodrama gótico a distancia, sin demasiadas sorpresas pero con buen ritmo y ambientación. Al final, Price se hace con una atractiva ayudante sufragista, un colaborador negro de las colonias que practica el (falso) vudú (o la obeah, a saber) y la cosa queda abierta a nuevas aventuras. De hecho, hay segunda novela, pero de momento ninguna versión televisiva o cinematográfica más. En resumen: un detective ocultista escéptico, con toque sobrenatural sin excesos, buena ambientación y correctamente empaquetado.

Por su parte MISS WILLOUGHBY Y LA LIBRERÍA EMBRUJADA (2021) de Brad Watson, ni adapta el clásico «The Haunted Bookshop» (1919) de Christopher Morley ni los «misterios de Miss Willoughby», popular serie de novelas detectivescas victorianas escritas actualmente por varios autores y autoras. Nada tiene que ver ni con uno ni con otras, salvo aprovechar descaradamente el sonoro nombre de su protagonista, una Nathalie Cox que es entrenada desde su tierna infancia como huérfana aristócrata por su «tío» americano Robert Windsor, estupendo e inevitablemente entrañable Kelsey Grammer. Vemos cómo desde niña Miss Willoughby aprende artes marciales, se convierte en experta ajedrecista, lectora culta y erudita, jinete de primera y conductora atrevida. Lo único que no vemos es cuántas operaciones de cirugía estética se ha hecho hasta convertirse en la elegante, alta y poderosa señorita Willoughby que, siguiendo los pasos de Miss Marple pero en guapa, se entretiene resolviendo casos criminales. Aunque la época es contemporánea, la intención es la de unos «cozy mysteries» en toda regla, dignos de Midsommer pero más amables, con más té y pastas, pero sin que falten las marujas británicas aviesas, cotillas y malvadas. Buena banda sonora, grandes mansiones, pueblo inglés y librería embrujada (aparentemente al menos), se conjugan para una trama que se adivina a los cinco minutos sin necesidad de entrenamiento intelectual alguno ni grandes dotes deductivas. Es lo único malo del telefilme, que por otro lado es ideal para señoras y señoros como quien suscribe, con sus ambientes rurales elegantes, fantasmas falsos (o no, Henry James me libre de hacer spoilers), en una sobremesa aburrida o una noche de insomnio.
Lo dicho: ninguna de las dos descubre las sopas de ajo (o el porridge), pero ambas son agradablemente entretenidas. Harry Price supera a Miss Willoughby en complejidad, trama y ambiente de época, pero Miss Willoughby tiene mejores malas y a Kelsey Grammer. Curiosamente, ambos casos tienen más de un punto en común y son aggiornamientos actuales del viejo leitmotiv de la «luz de gas». Eso sí, sobre todo la primera, poseen toda la inclusividad que se pueda desear, sin que ello resulte demasiado forzado o molesto. Ninguna, a pesar de que ambas lo merecen, ha tenido secuela o serie derivada, lo que no me disgustaría en absoluto. Solo para quienes quieran disfrutar de un visionado «cozy» sin pretensiones cinéfilas ni intelectuales. Que pretender, por cierto, no es conseguir.



