PELÍCULAS QUE PASAN DESAPERCIBIDAS CON PENA Y CUYA GLORIA SE LLEVAN LOS TRUÑOS DE MODA

PELÍCULAS QUE PASAN DESAPERCIBIDAS CON PENA Y CUYA GLORIA SE LLEVAN LOS TRUÑOS DE MODA

23 de febrero de 2025 0 Por Ángulo_muerto
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Jesús Palacios

Los salvajes galos Alexandre Bustillo y Julien Maury, lejanos ya los tiempos de burradas al interior que nos dejaron lívidos, siguen demostrando su buen hacer dentro del género o, mejor dicho, de los géneros que más nos gustan. Ahora, han abandonado el terror en sentido estricto para abordar una intriga que, sin embargo, bordea los terrenos del folk horror, el psychothriller y el suspense psicológico con «Las desapariciones» (2024), insulso título español del mucho más evocador e inquietante «Le mangeur d´âmes», es decir: el devorador de almas. De hecho, este es el nombre de una criatura mítica, variante local del Hombre del Saco o El Coco, a elegir, a quien se culpa tácitamente de una serie de misteriosas desapariciones de menores y sangrientos crímenes familiares relacionados con ellas, en un aislado pueblo de montaña francés. Para desentrañar el enigma, un torturado capitán de la policía, Franck de Rolan, con un secreto a sus espaldas, ha de formar equipo con la inspectora Guardiano, con quien las cosas no empiezan con buen pie. Basada en una novela inédita en castellano, que yo sepa, de Alexis Laipsker, uno de los nuevos talentos del «polar» literario, «Las desapariciones» transita por caminos de montaña muy similares, obviamente, a los de «Los ríos de color púrpura» y propuestas similares, lo que no impide que su atmósfera rural y fantastique, su retorcida y perversa intriga conspirativa, sus excelentes intérpretes (con Paul Hamy y Virginie Ledoyen a la cabeza, sin olvidar a Sandrine Bonnaire), pero, sobre todo, con sus brutales y sangrientas set-pieces asesinas (marca de la pareja) y no menos espectaculares escenas de acción, funcione como un perfecto mecanismo de entretener y asustar. Sorpresas, las justas, pero un más que agradecido «neo-polar» entre el policial y el terror psicológico, que demuestra cómo los franceses siguen estando en buena forma dentro del género, tanto cinematográfica como literariamente hablando. Si disfrutan de las novelas de Granger, Bernard Minier, Serge Brussolo, Pierre Lemaitre, Franck Thilliez o Fred Vargas, así como de algunas de sus adaptaciones cinematográficas o en forma de serie, no dejen que «Las desapariciones» desaparezcan tragadas por el pozo sin fondo de las plataformas digitales.

Vamos siguiendo paso a paso las carreras de esos nuevos autores de Serie B, modernos artesanos (sin matiz peyorativo alguno) fieles al género, que prosperan gracias al nuevo sistema de producción, distribución y exhibición que constituyen las múltiples plataformas digitales y las multipantallas, el nuevo cine de barrio y videoclub del siglo XXI. El canadiense Lowell Dean, culpable de las divertidas y gamberras «WolfCop» (2014) y «Another WolfCop» (2017) o de la reciente «Dark Match» (2023), entre otras, nos ofrece ahora con «Die Alone» (2024) su película más seria y dramática hasta el momento, sin por ello resultar aburrida, pretenciosa o pesada. Todo lo contrario. En noventa minutos, Deane nos sumerge en un post-apocalipsis zombi peculiar, cuyos infectados vegetales remiten vagamente a la también lograda «Melanie: la chica con todos los dones» (2016), a través de una ingeniosa estructura de thriller psicológico, donde su protagonista, el atractivo y brillante Douglas Smith, es un joven que sufre amnesia recurrente, mientras busca desesperadamente a su novia desaparecida en medio de la catástrofe. Esta condición da pie para crear una narrativa fragmentada, de puzle un poco a la manera de «La noche de los cristales rotos» (1991) o «Memento» (2000), pero sin exagerar, rodeando de extrañeza y sensación de amenaza a sus personajes. Curiosamente, junto al protagonista, nos encontramos con una estupenda Carrie-Anne Moss, que también lo fuera de «Memento». Sin llegar, por suerte, a los extremos del dichoso «slow burning» tan de moda, Deane va construyendo su intriga de forma sutil y paulatina, para alcanzar una explosión de violencia y suspense en su tercio final, seguida por varias sorpresas más (o menos) inesperadas, a la manera de un buen episodio de «Twilight Zone». Melancólica y pesimista, bellamente fotografiada en exteriores rurales naturales, «Die Alone» se distancia pese a las apariencias de la grisura y pesadez de los post-apocalipsis elevados a la manera de «La carretera» (2009) y está a miles de kilómetros de tonterías como la reciente y fallida «Year 10» (2024), gracias no solo a su esforzado guion, sino también a su estilo conciso, luminoso y atmosférico, que no carece de un cierto humor subterráneo, por crepuscular, romántico y nostálgico que sea. Ojo a Frank Grillo en un papel atípico, muy distinto a los que nos tiene acostumbrados. Una vez más, se nota el peculiar y agradecido parentesco que une el cine fantástico canadiense con el australiano. «Die Alone» confirma que el talento de Lowell Dean y su amor por el género van más lejos y más allá que su buen talante para la comedia fantástica y de terror splatter. Seguiremos su filmografía con la atención que merece.