
ENTRE LAS SOMBRAS DEL MAÑANA
21 de febrero de 2025 ![]()
Frank G. Rubio
Diagnóstico de la enfermedad cultural de nuestro tiempo
Este mundo, a pesar de sus miserias, es demasiado bello para dejarlo hundirse en las tinieblas de la degeneración humana y la ceguera espiritual. No tenemos en cuenta que todo lo temporal camina rápido hacia su fin. Este patrimonio de los siglos, que se llama la cultura occidental, nos ha sido confiado para que nuestras manos mortales lo entreguen a las generaciones venideras tal como lo hemos recibido; aumentado y mejorado, si es posible; mermado y disminuido, si resultase necesario mermarlo; pero tan puro como lo sepa conservar nuestro mejor afán. J H
Resulta muy conveniente, aquí y ahora, la reedición del texto de Johan Huizinga (1872-1945) que pone en nuestras manos Sequitur. Fue publicado en Holanda en 1935 y traducido al español
el año siguiente por la Revista de Occidente. El texto toma como base una conferencia dada en Bruselas por aquellos tiempos. Hoy, nueve décadas después y tras que el vicepresidente de los Estados Unidos haya sacado a la luz en la Conferencia de Seguridad de Munich el quid de la cuestión: “la verdadera amenaza para Europa no es Rusia sino su propio declive”, resulta mucho más actual que entonces.

Apartado por los nazis de la enseñanza en 1942, Huizinga hoy habría resultado “cancelado” como también lo habría sido Ortega (1883-1955). Fue nuestro neerlandés una de las mentes más brillantes de su tiempo, historiador y lingüista (sánscrito), también uno de los críticos culturales más avezados de su época. Autor de obras fundamentales como El otoño de la edad media y Homo ludens, sus intuiciones y diagnósticos nos ayudarán a comprender mejor nuestra execrable deriva política y cultural. Cada día más inquietante por lo demás, como lo fuera la suya en la época de publicación de este trabajo.
Como en el caso de Oswald Spengler (1880-1936) cuya obra admiraba aunque no estaba de acuerdo en algunos detalles, tenía claro que la decadencia había alcanzado dimensiones ciclópeas en la Europa de su tiempo. Su discrepancia en la idoneidad del calificativo de “faústica» para calificar nuestra civilización, como su crítica decidida del esquematismo schmittiano, al que consideraba literalmente “satánico” (pagina 68), son un par de las muchas aportaciones incisivas que el lector encontrará en este texto. Huizinga pensaba su mundo, que abarcaba algo más que la actualidad periodística del cercano presente, desde una conciencia de crisis. Crisis en formato cultural que conjeturaba nos arrastraba a todos a una posible catástrofe. Quedaba lejos la Gran Guerra, con su reconstrucción posterior realizada bajo la expectación optimista (y errada) de un internacionalismo bienhechor. 1929 puso punto final a estos ensueños vaporosos.
La ultima década del siglo XIX y la primera del siglo XX, pensaba el presente y el futuro desde la noción de progreso y percibía el futuro bajo las especies de una concordia y bienestar crecientes. ¿Qué ocurrió entonces? Desarraigar el concepto de servicio en el alma del pueblo ha sido el acto más destructor del racionalismo superficial del siglo XVIII. No basta con descartar los conceptos metafísicos del pasado, por su insuficiente determinación o por que nos resulten “anticuados”, hay que sustituirlos por algo que como mínimo funcione. No vivimos, ahora mucho menos que en la época que hizo su juicio Huizinga, en un tiempo de armonía o equilibrio. Priorizar la vida sobre el pensamiento tiene graves consecuencias porque al nivel animal se desvanece el sentido.
Antes de continuar exponiendo algunos de sus juicios e ideas, recalcar que nuestro autor no fue capaz de imaginar la guerra avasalladora que estallaría muy pronto y dejaría arrasada casi por completo a Europa y otros muchos países. Tal horror no pudo concebirlo, ni imaginarlo. Murió en 1945 y su última obra, terminada el año de su muerte, lleva el significativo titulo de Mundo profanado.
En el pasado los hombres habían afrontado el sentimiento de crisis con el mitema del Fin del Mundo. La Modernidad introdujo, con la noción de progreso y desarrollo, la idea de un “giro” de la sociedad al que denominó “revolución”. Trasladando un concepto astronómico, con una sutil modulación semántica, al arsenal de la comunicación pública. El púlpito se había transformado en redacción de periódico… Triunfaba la civilización secular y con ello el horror cósmico estaba servido.
Ni en 1688 ni en 1789, dos vueltas significativas de la rueda de la historia política, ni tan siquiera en 1914, estaba presente la sensación de que la civilización entera estaba en un peligro inminente de derrumbamiento. Existía el precedente del deslizamiento de la civilización romana hacia la barbarie, entre el 200 y el 600. En cualquier caso los hombres del pasado buscaban, cuando se daba esta circunstancia, restaurar la antigua sabiduría y virtud. Sin embargo, tras el desvanecimiento de la conclusa y armónica cultura medieval (ss XII-XIII), base en la que todavía descansa la civilización moderna, ningún paralelo histórico permite sacar la conclusión de que todo esto acabará por arreglarse. El desequilibrio, por entonces los años 30 del siglo pasado, entre valores espirituales y materiales desembocaría en una conflagración sin precedentes. La decadencia desembocó en ruina y el progreso naufragó. Tras este episodio se produjo una fase de remozamiento, vivida como reconstrucción, que ha durado hasta el día de hoy y a la que no pudo asistir en manera alguna Huizinga.
Estamos viviendo, con la crisis de la relación trasatlántica entre los Estados Unidos y Europa, que emergió con la intervención decisiva norteamericana en la segunda guerra mundial, un nuevo y radical giro histórico. “Las categorías con que se ha pensado el pensar hasta ahora parecen en trance de descomposición. Los límites se borran”. Esta cita de Huizinga puede perfectamente aplicarse a nuestra circunstancia.
El juicio de Huizinga sobre los Estados Unidos de entonces resulta extremadamente lúcido, considera a América como un niño gigante en la cultura. Ve en cambio graves signos de decadencia y un exceso de puerilidad en las ideologías que contendían en Europa. La reacción de las naciones europeas a la propuesta norteamericana, que me perdone el lector por descender a la sentina de la actualidad política internacional, sobre el conflicto ucraniano, oscila entre lo pueril y lo grotesco. Eso sí con el imprimatur de una clase política y una casta académica, cuya mediocridad resulta ya escandalosa.
Orden, articulación fuerte y vida rítmica son elementos inesquivables en una cultura sana. La cultura, como tendencia y aspiración, exige un ideal colectivo y el mantenimiento de la seguridad y el orden. La dominación de la naturaleza, rasgo básico de la vida auténticamente humana, debe sustentarse sobre una tendencia esencialmente homogénea. Sentido, virtud, sabiduría y justicia son factores unitivos; sin embargo: bienestar, poder y seguridad dividen. Y hay que trabajar y equilibrar todos ellos. Ese fue, en su momento, el genio de Occidente.
El análisis del arte le permite comprender que nuestro tiempo no es un tiempo de armonía y equilibrio. La moda, la publicidad, el interés comercial influyen sobre este aspecto importantísimo de la acción humana. Todo ello cuando la investigación científica obliga a llevar el pensamiento a los límites de la imaginación, hacia horizontes plenamente extrahumanos…Las artes de nuestro tiempo no están a la altura del reto (esto lo digo yo)
La difusión general de la enseñanza y el progreso de la ciencia no han impedido el debilitamiento general del juicio. No hay una nueva y armónica imagen del universo. El orden microfísico y el colapso de la noción de observación conllevan el fin de la objetividad. Del “así es” al “se presenta como”. La sociedad de masas se hace posible por el ejercicio de una pasividad creciente de las multitudes que la conforman. El mecanismo mismo del moderno esparcimiento en Metrópolis constituye un obstáculo a la condensación espiritual. El exceso de ciencia paradójicamente produce una humanidad ígnara, en la que la nivelación espiritual se muestra como lo que es: una profunda degeneración de orden intelectual.
Interrumpamos el curso de esta exposición y miremos alrededor nuestro, 90 años después de que se concibieran estos pensamientos que implicaban un lóbrego diagnostico. En la era de la televisión y las múltiples pantallas, que solicitan una hibridación casi vegetal y continuada de los bípedos implumes. La reproducción mecánica de lo visto y oído impone el reclamo y su reinado omnipotente sobre las multitudes. Dick (1928-1982) y Baudrillard (1929-2007) lo llamarán, mucho tiempo después, “simulacro”.
Por entonces se quejaba Huizinga de la mengua del sentimiento de la verdad de una creciente indiferencia crítica… “No es nuestra meta pensar y saber, sino vivir y hacer” croaba el coro de su tiempo.El progreso naufragó en una guerra aterradora; hoy en cambio, con una ciencia incesantemente renovada y una cultura artística y literaria en caída libre, nos deslizamos hacia la aceptación de un dios microcósmico, solicito y perturbadoramente ubicuo, tras el rotulo de “inteligencia artificial”. De la suprarracionalidad a la infrarracionalidad. Entendemos perfectamente como Huizinga llamaba la atención de como esa ciencia avanzada, que hemos mencionado y que hoy alcanza cumbres abismales, no se había precipitado en la forma de una cultura: la suma del saber no se ha convertido en cultura dentro de nosotros. En lo que estamos ahora, mejor es no mentarlo en este articulo.
Pero es esencial, y con esto termino pues no pretendo en modo alguno sustituir la lectura de este libro, escrito con un estilo ágil y ameno, por una sinopsis periodística, sacar a la luz el carácter decisivo que ha tenido en nuestra decadencia la expresión estética y su alejamiento de la razón y la naturaleza. La sustracción de los criterios de inteligibilidad, no sólo de la poesía también del arte plástico. Sin esto no se habría podido mutilar el imaginario para mejor transferir la realidad diaria a las esferas de lo fantástico. Entendido, aquí hablo yo, no como un romanticismo vulgarizado sino como la apoteosis de una peligrosa locura colectiva que nos mantiene inmersos en un ambiente de extrema fealdad y malevolencia cotidiana.
De lo más interesante del libro son sus análisis sobre el arte y la pérdida del estilo artístico que sitúa en el siglo XVIII
Ya por entonces, volvemos a los años 30, se hablaba de la guerra bacteriológica y su posible uso potencial en escenarios bélicos. La Gran Guerra había extendido lo políticamente licito pero Huizinga descubre en esta posibilidad una completa perversión. Lejos estaba de imaginar que 85 años después seria posible hacer esto contra una población planetaria inerme, y en tiempo de paz, por parte de dos grandes potencias que colaboraron en ello impunemente. La tendencia antinoética y el igualitarismo sólo pueden producir monstruos.
La salvación de la cultura no vendrá por la ciencia o la técnica. Hace falta un nuevo espíritu.




Alezéia y Sofrosine están en el coro del Logos…