NACIDOS PARA EL MIEDO

NACIDOS PARA EL MIEDO

9 de febrero de 2025 0 Por Ángulo_muerto
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JOAQUÍN ALBAICÍN

Tengo miedo. No hay que perder la hora exacta. Hoy ando y hablo ya de otro modo”, escribió en enero de 1927 Rafael Alberti a Jose María de Cossío. ¡Pues así no podemos estar! ¡El miedo hay que vencerlo! ¡Aunque sólo sea porque, como en aquella conferencia en Delhi -y en la memoria de todos nosotros- recalcara Abdulai Conteh, ministro de exteriores de Sierra Leona, los no alineados no tenemos amigos naturales, sino enemigos naturales! No podemos permitirnos, pues, andar por ahí atemorizados. Otra cosa es cómo lograrlo. Eso de no tener miedo, digo.

Porque no todos somos tan de natural valientes como Antonio Covarsí, cazador legendario, tótem tribal de la cinegética badajocense a quien los que le conocieron recordaban como poco menos que una manifestación de Hércules recorriendo con perfil de Carlos I de España y V de Alemania la Siberia extremeña –“prognático el mentón con ese aire marcial que Tiziano dio al del César en los días de Mühlberg”- y un rastreador -evoca su descendiente Jaime Covarsí Carbonero- con “locura quijotil” y servido por perros fieles y listos como el de San Roque… Otro de sus tataranietos, Lolo Iglesias, hombre valiente a quien no arredra escribir en nuestra Cultural Flamenca Extremeña, me ha pasado dos volúmenes de sus hazañas y trato de aprender algo de ellos.

Mas quizá habría que recurrir a un autor de relatos de terror, pues, ¿no será un creador y sembrador de pánico alguien más adecuado que nadie para derrotarlo? Pensemos en Thomas Ligotti, de quien Valdemar ha publicado un volumen de entrevistas –Nacido para el miedo– en el que se extiende al respecto sobre ese sentimiento. Además, siempre posee a uno un irrefrenable impulso a conocer las fuentes de inspiración de un escritor del que no sólo no ha leído nada, sino del que tampoco ha escuchado jamás hablar. Pero Ligotti, vaya, confiesa sentir desde muy joven y ya a título crónico agorafobia, angustia vital y ataques de pánico, con lo que no van por ahí los tiros de la pistola que nos hace falta. Tampoco haber leído desde joven, como él, a Lovecraft y Borges vacuna contra el miedo. O que, como a mí, le dé igual la posible existencia de formas de vida inteligente en otros planetas. O ser, también como yo, devoto de las películas y series de espionaje.

Y es que, si uno escribe cuentos de terror, no puede hallarse inmunizado contra el miedo, pues lo que quiere es asustar a la gente, no al revés. Ligotti lo dice bien claro: “Toda mi vida he temido a la muerte y a otras cosas desagradables”. Pero, temeroso o no, su claridad de ideas y honestidad bien valen la adquisición del libro. ¡Cómprenlo y léanlo sin miedo!

También, para lo que nos ocupa, sería bueno recurrir en plan didáctico a la memoria y experiencia de, si quedase alguno, los supervivientes de aquella brava División Española de Voluntarios a la que Carlos Caballero Jurado ha dedicado un nuevo libro, arrojados mozos alistados -nos alecciona el autor para La Esfera de los Libros de Voces de la División Azul– por el anhelo de ajustar cuentas con los comunistas, asesinos de sus familiares y amigos en la guerra de España. Debían, sí, entender de eso de domeñar al miedo, pues nunca lograron las ofensivas soviéticas romper su línea de combate. Para las estepas se fueron, señores, silbando Lili Marleen y Margarita se llama mi amor un Dionisio Ridruejo habituado al frío soriano, el Vicente Gaceo nadador con José Antonio en las gélidas aguas invernales de Guadarrama, Luis García Berlanga, Luis González Vicén, el poeta Demetrio Castro-Villacañas… Quizá, sí, vencer al frío guarde relación con la contención del miedo.

Ya curado de espanto entre aquellas nieves, Dionisio Ridruejo ocupó luego en Austin, en 1968 y 69, parte de su tiempo libre en la confección de collages a base de recortes de Playboy. Seguramente fue por influencia suya que su discípulo y amigo Juan Benet cultivó también ese arte. Aún no cantaba Bambino lo de miedo, tengo miedo ni había Aute compuesto Al alba, que es del 75, ni Lole y Manuel deslumbrado en el amanecer de aquella concentración rockera. Sí sonaban los Beatles y los Bee Gees y, sin miedo al viaje en avión, giraba el Festival Flamenco Gitano por Europa con Camarón, Paco, Lebrijano, María Vargas, Cepero, Pepín Salazar, La Singla… Y, desde luego, proseguía la cosecha de sangre desencadenada para eliminar a base de accidentes, infartos, síncopes y tiroteos de lo más sospechoso a todos los testigos del asesinato de Kennedy incómodos para el FBI y la CIA. ¿Por qué? ¡Pues porque había miedo a que hablaran! Entretanto, en Vista Alegre, una benéfica con Curro Romero, José Fuentes y Curro Vázquez. ¿Quién dijo miedo? Y se llega a la Luna, motivando la recepción en Madrid y el regalo de una montera por Antonio Bienvenida, Camino y El Viti a unos Armstrong, Collins y Aldrin ya libres del pavor cósmico sufrido en el espacio.

Fue por entonces que un pariente de Pedro Juan Gutiérrez, el escritor cubano, fue secuestrado por extraterrestres y paseado por ellos en su ovni, muriendo poco mas de un mes después no por efecto del miedo, sino al serle diagnosticada una enfermedad fulminante. Lo cuenta en Estoico y frugal, su memoria novelada publicada por Anagrama. También a él intentaron abducirle unos trotskistas que le enviaban folletos y, bajo la cobertura de turistas, entraban de vez en cuando clandestinamente en Cuba con las miras y la ilusa esperanza de convencerle de unirse a ellos. No les hizo ni caso, no tanto por miedo como porque seguramente ya entonces procuraba: “Huir de la vulgaridad, de la suciedad, de lo feo. Implementar siempre la estrategia del espíritu, dar la espalda a lo mezquino y miserable. Aunque no es seguro el triunfo total y permanente, al menos lo intento. Y ya esa intención diaria es un atisbo de la felicidad”.

En cierto momento de sus vividurías se encuentra Pedro Juan Gutiérrez, y nos lo cuenta, en un Berlín todavía Oriental con una nave industrial abarrotada de quincalla Goodbye, Lenin de la vieja RDA, una variante socialista y en tres dimensiones de los collages de Ridruejo no a base de ligueros y pezones, sino de latas de galletas, radios, bastones de esquiar, ventiladores, álbumes de fotos familiares… Todo cuanto era útil, aprecia, de 1900 a 1970. Y todo muy cerca de varios silos subterráneos de misiles apenas camuflados cuya visión, diez años antes, le había aterrorizado. Ahora ya no siente aquel miedo. Se percibe, simplemente, algo así como en otro mundo.

Y es que, como leímos a alguien, los mitos no son sino palacios edificados con las ruinas de palacios anteriores. De igual modo, unos collages son sueños compuestos sobre los escombros o las brillantes agujas de otros, los de Berlín sobre los de Austin. Los desechos de la RDA y los collages con páginas de Playboy alejan, pues, el miedo. Esto ya estuvo aquí, esto ya ocurrió, nos dicen, no temas gastar la barra de pegamento… Corta y pega, corta y pega, corta y pega…