Joaquín Albaicín

 

 

 

 

 

CLEOPATRA

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  Un día dijo Rafael de Paula que hubiera querido “ser Marco Antonio y encontrar una Cleopatra”. Qué quería significar con sus palabras es un misterio, como casi todo cuanto aflora de sus labios, y más si pensamos en que Cleopatra se erige antes como un mito multiusos de la industria del entretenimiento occidental que como un carácter de aristas bien definidas. Es la de Lucy Hugues-Hallett la pluma que más recientemente se ha dejado seducir por el imán de la reina del Nilo, plasmando sus reflexiones en una colección de ensayos publicada por Fórcola: Cleopatra. La mujer, la reina, la leyenda.

  Lo ha hecho, claro, sin olvidarse de admitir que lidia con las múltiples ambigüedades inseparables de esta “antigua ciudad, reconstruida una y otra vez” -excelente símil- que es Cleopatra y los muchos juegos de espejos propiciados por la evanescente naturaleza -mayormente, ficticia- de un personaje presentado durante veinte siglos por las artes de Occidente igual como pécora que como arquetipo del amor puro, como tentadora que como víctima. Y sin dejar, por supuesto, de tener presente el aserto de Wilde en el sentido de que: “Todo retrato pintado con sentimiento es un retrato del artista, no del retratado”, algo bien sabido por los artistas que solemos escribir sobre otros artistas.

  En realidad, acerca de Cleopatra contamos con muy escasas certezas históricas: bien por no concederle la importancia que, según la leyenda, tuvo para él o porque extenderse más hubiera sido políticamente incorrecto, César apenas le dedicó una línea. Es, por ello, asombroso que una individualidad a la que no son de anotar hechos grandiosos ni descubrimientos notables -aunque su derrota junto a Marco Antonio en Accio supusiera la consolidación del poder de Augusto- haya cuajado con tal fuerza y tan imperecedera atracción en el imaginario popular. Es cosa que ha sucedido, aunque en mucha menor medida, con Nefertiti y que, sin embargo, ni de lejos puede decirse de Hatshepsut, la más importante de las reinas del Egipto faraónico. Puede aducirse, sí, que Eva la de la manzana está en boca de todos por un simple mordisco a una fruta, pero, aparte de que las secuelas de su transgresión afectaron a todo el género humano, la esposa de Adán no pertenece a la Historia, sino a la Revelación, y su “vida” ha sido narrada en púlpitos, escuelas y hogares, para hacer inteligible el sentido de la existencia, desde que el mundo es mundo. ¡Harina, pues, de otro costal! En el caso de Cleopatra, que no aparece en los Vedas, el Corán o el Antiguo o Nuevo Testamento, pero sí jugó -como Isis entronizada en la Tierra- un papel en la “historia” sagrada de Egipto, es de suponer que todo un sustrato de tradiciones orales olvidadas largo ha debió de actuar a modo de limo en el que, con el correr de los siglos, fertilizarían, plantadas en el jardín de esa egrégora que es el folklore popular, las obras de Shakespeare, Wilde, De Mille, Mankiewicz...

  ¿Qué sabemos de ella? Conspiradora que supone una amenaza contra Roma al haber conducido desde su lecho hasta la perdición al gran hombre que habría podido ser el noble romano Marco Antonio, a quien sometió a sus caprichos aprovechándose de su gusto por “lo extranjero” y de que su esposa, Fulvia, ya le había -según Dión Casio- allanado el camino al convertirle en un calzonazos... Esta leyenda de la Cleopatra ninfómana y maestra en las artes de la obsesión fue en buena medida puesta en circulación por Augusto con el fin de “desrromanizar” y anular la figura de su rival, Marco Antonio, de quien difundió que, en su testamento, había incluso dispuesto que, aun si moría en Roma, su cuerpo fuera enviado a Egipto para que su amada Cleopatra se ocupara de las exequias, “prueba” definitiva de la abducción del cónsul por las artimañas y pócimas de una hechicera oriental.

  Transparece aquí, como bien señala Hughes-Hallett, una patente estrategia de construcción interesada y deformada de la “otredad”, precursora del discurso “orientalista” que con tanto pormenor Edward Said desgranara. ¿Qué son los egipcios? Gente con dioses raros, con música extraña... Además, ¡son monárquicos! Para Augusto y sus voceros, escribe Hughes-Hallett, la corte de Cleopatra, y así lo propagan, es “un país de cucaña poblado por cocineros, augures y peluqueros donde el entretenimiento es la única ocupación”, un mundo de eunucos, cortesanas, desenfreno sexual e inmensas riquezas derrochadas en naderías donde se ordenaba la muerte del desdichado que no lograra satisfacer la avidez erótica de la reina y con el que sólo podía involucrarse un romano que hubiera perdido por completo su dignidad. Más o menos, en fin, lo que en su momento se difundió para justificar, por ejemplo, el derrocamiento y asesinato de Gadaffi. Y resulta difícil eludir la percepción de Roma como precursora también de los Estados Unidos de hoy en anécdotas como la narrada por Dión Casio, según quien, cuando Augusto fue invitado por los egipcios a presentar sus respetos en el templo de Apis, respondió:

  -Yo adoro a los dioses, no al ganado.

  Y es que, si se va -como Hughes-Hallett lo ha hecho- a las fuentes alejandrinas, se constatará que Cleopatra disfrutaba, en su mundo cultural, de fama de sabia y erudita que logró interesar a Marco Antonio en la filosofía, y que sus “orgías” y “derroches” -sin nada que envidiar a los desfiles en triunfo de los cónsules romanos- no eran sino la escenografía ritual puesta en acción para presentar al pueblo su asociación con Marco Antonio como hierofanía de la de Dionisos con Isis, de quien, en su calidad de reina, era considerada encarnación. De ahí que, al nacer el hijo que dio a César, hiciera acuñar monedas con su imagen con el niño en brazos y luciendo ambos los atributos de Isis y Horus. Todo respondía, pues, a una meticulosa e inteligente operación de Estado cuyo éxito vino a frustrar la derrota militar encajada en Accio. De las reflexiones de Hugues-Hallett se desprende, además, que Cleopatra y Antonio pretendieron focalizar en su hijo mayor las esperanzas mesiánicas aventadas por los Oráculos Sibilinos o la Profecía de Histaspe, de las que se beneficiaría después Jesús y de las que se haría eco Virgilio, por cierto que en beneficio de Augusto.

  Por descontado que a Marco Antonio le movieron, seguramente, más la ambición y una planificación -fallida- de conquista del poder que la pasión amorosa. Y si en la costa, derrotado junto a sus hombres, abandonaba continuamente la mesa para ver si vislumbraba en el horizonte las velas de los barcos de Cleopatra, era no tanto por satiriasis o tener sorbido el seso por la reina de Egipto como porque con ella llegaban las armas, el dinero y las provisiones que desesperadamente necesitaba. Tampoco puede desestimarse, claro, un cierto fondo de verdad en la leyenda que le caricaturiza como una marioneta de Cleopatra, pues ni todo en la vida es retórica misógina y manipulación política, ni Plutarco y todos y cada uno los autores de los dos siglos siguientes a la batalla de Accio han de ser considerados necesariamente obnubilados por la propaganda del vencedor. Por supuesto que la historia se escribe como se escribe y a uno le es legítimo preguntarse incluso si Cleopatra en verdad se suicidó o fue ejecutada.

  De cualquier modo, más allá de la imposibilidad de reescribir la historia de modo concluyente y de las inevitables y cansinas diatribas feministas y antipatriarcales, sin las que parece ser que hoy en día ningún libro parece considerarse digno de publicación, el de Hughes-Hallett está lleno de apreciaciones sugerentes, como la de que, para escribir la historia de Eneas y Dido, Virgilio se inspiró en la de César y Cleopatra. También, de anécdotas jugosas, como la de que, para el rodaje de la película de 1945 en que Vivien Leigh encarnó a Cleopatra, fue contratado un astrónomo con el fin de que las estrellas, iluminadas en el plató con luz eléctrica, se encontraran en la posición en que las habría visto un egipcio en el año 48 d. C. El astro de la reina de Egipto no se había apagado aún entonces e, incluso en el ruedo de la mentira que es el cine, se buscaban luminarias que resplandecieran a su lado sin desmerecer de su aura. Y es de prever que las cosas, que en ese sentido no han cambiado desde entonces, tampoco lo hagan en el futuro. ¡Sería difícil lo contrario cuando, al cabo de dos milenios, la vencida sigue siendo más famosa que el vencedor!


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