Elogio de la revista




José Pazó

A mí me gustaría que esta revista fuera como Aspen, la revista que Phyllis Johnson publicó en Aspen desde 1965 a 1971 y que, según sus editores, fue la primera revista tridimensional. La tridimensionalidad, la lograban entregando cada número en una caja acompañada de otros objetos: algo que ver, que tocar, que oler, que oír; películas en super 8, discos flexibles, trozos de ramas, piedras, postales, cualquier cosa valía.

El subscriptor, no recibía una revista al uso, sino una caja con sorpresas. Una caja mágica en la que colaboraron Warhol, Rauschenberg, Barthes, MacLuhan, Yoko Ono, Richter, John Cale, John Cage, Sontag, etc. Un caleidoscopio cultural y sensorial. En general, sin embargo, las revistas han sido objetos planos. En estos últimos tiempos se han ido aplanando más y más hasta convertirse en blogs. Si usamos un símil vegetal, la revista sería un árbol, mientras que el blog es un tubérculo.

El blog, enterrado en la tierra, fálico, flácido o priápico, muestra una coronilla peluda masturbatoria y solipsista. Facebook y el afán universal que concentra de ser queridos tiene algo similar: un automensaje a un yo colectivo que es yo mismo, un acto reflejo con los problemas de todo acto reflejo, ya que el emisor y el receptor son siempre uno. El mundo post-post-post moderno, esa pesadilla que David Foster Wallace no pudo resistir, tiene cara de blog y red social: fragmentado, autoindulgente, hedonista, eternamente insatisfactorio e insatisfecho. En sus palabras, lo que el individuo del hoy ve como salidas de la jaula de su existencia son en realidad los barrotes. Y en sus palabras también, si alguna obligación vital tiene el pez, es percibir y apreciar el agua que lo envuelva, lo apresa, lo rodea. La virtualidad, ofrece algunas ventajas para una revista. De entrada, una multiplicidad de miradas casi simultánea.

A mí me gustaría que esta revista fuera como un árbol en el que hay muchas ramas, tantas como colaboradores y lectores, y muchos brotes. Algunos de esos brotes durarán mucho, otros menos. No todas las yemas tienen el mismo plan vital, pero hay esplendor en la vida breve. No todas las yemas brotan, ni todos los brotes florecen, ni todas las flores se convierten en fruto, pero hay tanta belleza e interés en la yema como en el fruto. Y una yema, un brote, una flor o un fruto son uno y son infinitos. Una rosa es todas las rosas y todas las rosas son una rosa. Lo que no puede tener esta revista por el momento, es caja. En cierta manera, sería aconsejable que la tuviera. ¿Pero qué meter en la caja? Decidirlo, quizá fuera el momento más interesante de un consejo de redacción.

Una neurona de Wallace, en una probeta, con un taponcito de corcho. Eso, en el primer número. El pitido de un coche de la calle Hortaleza a las 12 y media de la mañana. Hollín de diesel. Astillas del mango de madera de una carretilla. Un trozo de un papel de periódico cortado a mano. Una pizca de sal. La sonrisa de un político. Instrucciones para un truco de magia. El hocico de un perro, para poder oler esquinas. Un bala. Una entrada del diccionario de “Bitter” Bierce. Un rayo de luna.

En este tiempo de no-revistas, sale esta revista. Si las revistas se caracterizan en este país por muchas fotos, muy bonitas, con mucho color y muy poco texto, en un arranque protestante vamos a pedir texto y ruido, y que las fotos estén desenfocadas. Siempre un poco desenfocadas. Y los textos también. Siempre un poco desenfocados, fuera de foco, fuera de campo, cubriendo ese espacio oscuro que quedó atrás, ese ángulo muerto en el que no se ve el pasado ni lo que va a ser futuro, ese ámbito de sombras en el que la luna vino a la fragua y el niño la mira mira.



 

 

 

 

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